PARTE 2: LA PREGUNTA DE SOPHIE

Leí el mensaje de Elías dos veces.

Una parte de mí quería ignorarlo.

La otra sabía que Sophie no tenía culpa de nuestra historia.

Subí a pediatría.

Cuando entré, Sophie estaba acurrucada entre las sábanas, con la muñeca inmovilizada. Elías permanecía sentado junto a ella.

—¡Doctora Adelaide! —sonrió.

Me acerqué.

—Deberías estar durmiendo.

—No puedo.

—¿Te duele?

Negó con la cabeza.

Después señaló mi vientre.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

Sophie miró primero a Elías y después a mí.

—¿Mi hermanita vive ahí?

El rostro de Elías perdió todo color.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué preguntas eso?

Sophie frunció el ceño con inocencia.

—Porque papá tiene una foto tuya.

Giré lentamente hacia él.

Elías cerró los ojos.

—Sophie…

—La guarda en el cajón al lado de su cama —continuó ella—. Una vez lo vi mirándola y llorando.

Mi pecho se apretó.

Durante seis meses había imaginado a Elías continuando tranquilamente con su vida.

No aquello.

—Cariño —dijo él—, intenta dormir.

—Pero quiero saber si el bebé es mi hermana.

El silencio fue insoportable.

Finalmente respondí:

—El bebé es hija de tu papá.

Sophie abrió los ojos de par en par.

Elías dejó de respirar.

—¿Es… una niña? —preguntó.

Lo miré.

—Sí.

Se llevó una mano al rostro.

—Tengo otra hija.

No había triunfo en su voz.

Solo una emoción tan profunda que tuve que apartar la mirada.

Sophie sonrió.

—¡Entonces sí es mi hermana!

Elías soltó una risa rota.

Minutos después, Sophie finalmente se quedó dormida.

Salí al pasillo.

Elías me siguió.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque la última vez que te pedí una familia, me dijiste que no sabías formar una.

—Estaba asustado.

—Y yo estaba embarazada y sola.

Eso lo silenció.

—No quiero quitarte nada —dijo finalmente—. Ni obligarte a volver conmigo. Pero quiero conocer a mi hija.

—Ser padre no significa aparecer cuando descubres que existe.

—Lo sé.

Sacó el teléfono y me mostró algo.

Docenas de mensajes sin enviar.

Todos dirigidos a mí.

“¿Llegaste bien?”

“Adelaide, lo siento.”

“Quiero llamarte, pero probablemente ya sea demasiado tarde.”

“Hoy pasé frente al hospital.”

“Te extraño.”

El último había sido escrito tres días antes.

No lo había enviado.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque pensé que respetar tu silencio significaba dejarte en paz.

Negué lentamente.

—Siempre encuentras una manera elegante de llamar al miedo.

Elías bajó la mirada.

—Entonces déjame hacerlo diferente esta vez.

No respondí.

Durante las semanas siguientes no intentó reconquistarme.

Simplemente apareció.

Primero en una consulta prenatal, después de que yo aceptara.

Luego montó la cuna que llevaba semanas guardada en una caja.

Llevaba a Sophie conmigo a veces.

Ella hablaba con mi vientre como si su hermana pudiera responderle.

Y poco a poco ocurrió algo que me aterrorizaba más que odiarlo.

Empecé a recordar por qué lo había amado.

Pero recordar no significaba perdonar.

Una noche, cuando faltaban tres semanas para el parto, Sophie estaba dibujando en mi apartamento.

De repente levantó una hoja.

Había cuatro personas.

Ella.

Elías.

Yo.

Y una bebé diminuta.

—Esta será nuestra familia.

Elías me miró inmediatamente.

—Sophie, Adelaide no tiene que…

—Está bien —lo interrumpí.

Pero entonces Sophie dijo algo extraño.

—Ahora papá ya no tendrá que casarse con la señora Celeste.

El lápiz cayó de mis dedos.

—¿Quién es Celeste?

Elías palideció.

—Adelaide…

Me levanté.

—¿Quién es?

Sophie nos observó confundida.

—La abuela dijo que papá tenía que casarse con ella porque necesitaba una mamá adecuada para mí.

Miré a Elías.

—¿Estás comprometido?

—No.

—Entonces explícate.

Elías apretó la mandíbula.

—Mi madre organizó un acuerdo con la familia de Celeste después de que tú te fueras. Nunca acepté.

—¿Y pensabas decírmelo cuándo?

—Cuando hubiera terminado con ello definitivamente.

Solté una risa amarga.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Tú decidiendo qué información puedo soportar.

Tomé mi bolso.

—Vete.

—Adelaide…

—Ahora.

Esta vez obedeció.

Pero a la mañana siguiente alguien llamó a mi puerta.

No era Elías.

Era una mujer elegante que jamás había visto.

—Dra. Adelaide —dijo—. Soy Celeste Warren.

Mi mano se tensó sobre la puerta.

Ella me entregó un sobre.

—Antes de que decida si quiere perdonar a Elías, debería saber por qué terminó realmente su relación.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

Celeste sonrió sin alegría.

—Que Elías nunca decidió abandonarla por sí mismo.

Sacó una fotografía del sobre.

Era de la madre de Elías entrando en mi antiguo hospital seis meses atrás.

A su lado caminaba un hombre que reconocí inmediatamente.

El director médico que había intentado transferirme fuera de la ciudad justo después de nuestra ruptura.

Sentí frío.

Celeste sostuvo mi mirada.

—Su separación no fue casualidad, doctora.

Hizo una pausa.

—Alguien se aseguró de que Elías creyera que perderla era la única manera de protegerla.

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