PARTE 2: LA PREGUNTA DE NOAH

En el coche, David evitó mirarme por el retrovisor.

Yo agradecí el silencio. Apoyé una mano sobre mi vientre y esperé a que el temblor de mis dedos se calmara.

Mi teléfono vibró. Era Alexander.

—David me dijo que hubo un encuentro difícil —dijo apenas contesté—. ¿Estás bien?

—El bebé se mueve. Iremos a la revisión.

—Voy para allá en cuanto termine la reunión.

Cerré los ojos. Alexander no preguntó qué había hecho Adrian ni me pidió que explicara mis lágrimas. Sabía que hablaría cuando pudiera.

La revisión salió bien. Esa noche, mientras Alexander preparaba té en la habitación del hotel, recibí un mensaje de un número desconocido.

Soy Noah. Quiero preguntarte algo sin que papá conteste por ti.

Lo leí tres veces antes de responder.

Te escucho.

La respuesta tardó varios minutos.

¿Por qué nunca me llamaste?

Dejé el teléfono sobre la cama.

Podía contarle cuánto me había dolido lo que dijo a los ocho años. Podía recordarle que Adrian me había pedido marcharme. Todo eso era verdad.

También era verdad que yo era la adulta.

Cuando acepté irme al extranjero, pensé que Noah estaría mejor si no aparecía de vez en cuando para alterar la vida que había elegido con su padre. Después pasaron los meses. Cada llamada que no hice volvió más difícil la siguiente, hasta que el silencio pareció imposible de romper.

Tomé el teléfono.

Porque estaba herida y tomé una mala decisión. Tú eras un niño. Yo debí encontrar la forma de seguir presente. Lo siento, Noah.

Vi aparecer los tres puntos. Desaparecieron. Volvieron.

Pensé que no me querías.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Te he querido todos los días. Entiendo que no haya bastado con sentirlo.

Alexander se sentó a mi lado cuando leyó mi expresión. Le mostré el mensaje. Me rodeó los hombros sin decir nada.

Al día siguiente, David llamó para explicarme que Adrian había pedido hablar con Alexander sobre su puesto en la filial. Según él, nuestra historia personal debía quedar fuera de cualquier decisión laboral.

—Tiene razón en eso —dije—. Que Recursos Humanos se ocupe de lo que corresponda. Yo no voy a decidir sobre su trabajo.

Adrian volvió a llamarme más tarde. Esta vez contesté.

—Noah quiere verte —dijo.

—Noah puede decírmelo él mismo.

Se hizo un silencio.

—Le contaste lo del divorcio.

—Le conté lo que me preguntó. También le dije que me equivoqué al perder el contacto.

Adrian tardó en responder.

—Nunca pensé que no volverías a buscarlo.

—Yo tampoco pensé que le pedirías a nuestro hijo que me convenciera de divorciarme.

Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos.

—No podemos cambiar aquel día —dije al fin—. Sí podemos dejar de usar a Noah para hablar el uno con el otro.

Esa tarde, Noah me escribió para pedirme que nos viéramos en una cafetería. Llegó con la capucha puesta y se sentó frente a mí sin saludar. Había crecido tanto que me costó encontrar al niño de mis recuerdos bajo aquel rostro adolescente.

—Tengo un hermano, ¿verdad? —preguntó.

—Una hermana de tres años. Se llama Iris.

Miró su taza.

—Y viene otro bebé.

—Sí.

—No sé qué hacer con eso.

—No tienes que decidirlo hoy.

Por primera vez levantó los ojos hacia mí.

—Estoy enojado contigo.

—Lo sé.

—Y con papá.

Asentí. Noah se frotó las manos, buscando palabras.

—Pero quiero volver a verte.

La garganta se me cerró.

—Yo también. Podemos empezar por eso.

Nos quedamos una hora. Hablamos de su escuela, de la música que le gustaba y de Iris. Al despedirnos, no me abrazó. Me preguntó si estaría libre el jueves.

—Sí —respondí.

—Entonces te escribiré.

Lo vi alejarse por la acera antes de volver al coche. No había recuperado cinco años en una tarde. Noah aún tenía preguntas que podían dolerme, y yo le debía respuestas sinceras.

El jueves, cuando llegó su mensaje, estaba esperando.

¿Podemos ir por un chocolate caliente?

Sonreí a través de las lágrimas y escribí:

Claro. Dime a qué hora.

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