PARTE 2: EL VIAJE QUE NUNCA FUE DE TRABAJO

No habían pasado ni treinta segundos cuando escuché pasos apresurados detrás de mí.

Daniel apareció junto a mi asiento.

—Claire.

Seguí mirando por la ventana.

—Vuelve con tu esposa.

—No digas tonterías.

Finalmente giré la cabeza.

—¿Cuál parte es una tontería? ¿La cabeza sobre tus piernas o cuando aceptaste la manta para “tu esposa”?

Su rostro se tensó.

—La azafata entendió mal.

—Y tú decidiste ayudarla a seguir entendiendo mal.

Daniel bajó la voz.

—Sofia se sentía mal. Casi no durmió anoche.

—Qué considerado eres.

—Claire, estamos viajando por trabajo.

—Entonces trabaja.

Volví hacia la ventana.

Daniel permaneció allí unos segundos.

—Hablaremos cuando aterricemos.

Sonreí.

—No te preocupes. Ya vi suficiente.

Regresó a su asiento.

Sofia no volvió a recostarse sobre él.

Durante el resto del vuelo permanecieron separados por unos centímetros que llegaron demasiado tarde.

Cuando aterrizamos en Guangzhou, no los esperé.

Recogí mi equipaje y salí.

Tenía una reunión con un proveedor a las once.

Mi matrimonio podía derrumbarse después.

Mi trabajo no.

Pero mientras esperaba el coche de la empresa, recibí un mensaje.

Sofia.

“Señora Lin, está entendiendo mal nuestra relación.”

No respondí.

Llegó otro.

“El señor Whitman siempre habla de usted con respeto.”

Aquello casi me hizo reír.

El respeto era una palabra curiosa para describir a un hombre que dejaba dormir a otra mujer sobre sus piernas mientras aceptaba que una desconocida la llamara esposa.

Bloqueé el número.

A las diez y cuarenta llegué a las oficinas de Hengda Electronics.

Mi compañero local, Kevin Zhao, me recibió en recepción.

—Señora Lin, hubo un cambio.

—¿Qué pasó?

—La empresa que competía con nosotros por el contrato mejoró su propuesta esta mañana.

Me entregó una carpeta.

Vi el nombre.

Northstar Technology.

La empresa de Daniel.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

—¿Quién representa a Northstar?

Kevin revisó su tableta.

—Daniel Whitman y Sofia Tan.

Así que no era casualidad.

Íbamos al mismo proveedor.

Por el mismo contrato.

Y Daniel lo sabía.

Porque dos noches antes yo había mencionado durante la cena que mi empresa estaba negociando en Guangzhou.

No le di detalles confidenciales.

Pero sí suficiente información para que supiera dónde estaría.

A las once entré en la sala de reuniones.

Daniel ya estaba allí.

Cuando me vio, su expresión cambió.

Sofia bajó inmediatamente los ojos.

—Qué coincidencia —dije.

Daniel no respondió.

La reunión comenzó.

Durante casi dos horas fuimos competidores.

No marido y mujer.

Daniel presentó una oferta agresiva.

Demasiado agresiva.

Prometió precios que sabía que su empresa tendría dificultades para mantener.

Yo mantuve nuestra propuesta original.

Cuando terminó la sesión, el director del proveedor pidió veinticuatro horas para decidir.

Daniel me siguió al pasillo.

—¿Sabías que nosotros competíamos por este contrato?

—No.

—Claire…

—¿Tú sabías que yo venía?

Su silencio respondió.

—Lo mencionaste en casa.

—Dije Guangzhou. Nunca mencioné Hengda.

Daniel se quedó quieto.

Entonces entendí algo.

—¿Cómo sabías qué proveedor era?

Sofia apareció detrás de él.

Su rostro se puso blanco.

Daniel respondió demasiado rápido.

—Lo deduje.

—¿De qué?

Nada.

Me acerqué.

—Daniel, ¿has revisado mis documentos?

—No seas absurda.

—Entonces explícame cómo llegaste exactamente al proveedor con el que llevo tres meses negociando.

Sofia apretó su bolso.

—Señor Whitman, deberíamos irnos.

La miré.

—¿Por qué tanta prisa?

Ella evitó mis ojos.

Daniel tomó su brazo.

—Vamos.

Y ese gesto terminó de convencerme.

No solo ocultaban una relación.

Ocultaban algo relacionado con mi trabajo.

Esa noche llamé al departamento de tecnología de mi empresa.

Pedí revisar los accesos recientes a mi correo corporativo.

Una hora después me devolvieron la llamada.

—Claire, encontramos varios inicios de sesión extraños.

Me incorporé.

—¿Desde dónde?

—Desde la red doméstica registrada en tu expediente.

Mi casa.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué archivos abrieron?

Hubo una pausa.

—Principalmente documentos relacionados con Hengda Electronics.

Cerré los ojos.

Daniel conocía la contraseña de mi computadora personal.

Pero mi correo corporativo tenía autenticación adicional.

—Eso no debería ser posible.

—Alguien tuvo acceso físico a tu portátil mientras tu sesión seguía abierta.

Recordé una noche de tres semanas atrás.

Me había quedado dormida en el sofá.

Daniel estaba trabajando en la mesa.

Mi portátil había quedado abierto junto a él.

—¿Pueden saber qué descargaron?

—Estamos revisándolo.

A la mañana siguiente, Hengda anunció su decisión.

Nuestra empresa perdió el contrato.

Northstar ganó.

Daniel me llamó cinco minutos después.

No contesté.

Luego recibí un correo del departamento legal de mi empresa.

“Necesitamos hablar inmediatamente.”

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Me acusaban de posible filtración de información comercial.

Mi acceso corporativo fue suspendido temporalmente.

Cuando regresé al hotel, Daniel estaba esperándome en el vestíbulo.

—Claire, déjame explicarte.

—¿Qué hiciste?

—Nada de lo que estás pensando.

—Mi empresa cree que filtré información.

Su expresión cambió.

Ahí lo vi.

Sabía que ocurriría.

—¿Qué le diste a Sofia?

—Claire…

—¿Qué le diste?

Sofia apareció junto a los ascensores.

Estaba llorando.

—Yo se lo diré.

Daniel se giró.

—Cállate.

Fue la primera vez que lo escuché hablarle así.

Sofia abrió su bolso y sacó una memoria USB.

—Él me pidió copiar los archivos.

Daniel palideció.

—¡Sofia!

—Dijiste que nadie descubriría nada.

Tomé la memoria.

—¿Sacaste esto de mi computadora?

Ella asintió.

—Daniel me dio acceso.

Sentí que las piernas me temblaban.

Pero Sofia todavía no había terminado.

—Hay algo más.

Miró a Daniel.

—El viaje tampoco era solo por el contrato.

Daniel dio un paso hacia ella.

—No digas una palabra más.

Sofia retrocedió.

—Me prometiste que se lo contarías.

Los miré a ambos.

—¿Contarme qué?

Sofia respiró profundamente.

—Northstar está a punto de ser investigada.

Daniel cerró los ojos.

—¿Por qué?

—Por contratos manipulados, facturas falsas y pagos a empresas que no existen.

Mi rabia se convirtió en desconcierto.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

Sofia sacó otro documento.

—Porque alguien necesitaba una persona externa a quien culpar cuando comenzara la auditoría.

Me entregó la hoja.

Era un registro de transferencias.

Mi nombre aparecía asociado a una cuenta que jamás había visto.

Debajo figuraban movimientos por cientos de miles.

—Esto es falso.

—Lo sé —dijo Sofia.

Miré a Daniel.

Él ya no intentaba defenderse.

—¿Pensabas culparme?

—Claire, escúchame.

—¿Después de cinco años de matrimonio?

—Las cosas se salieron de control.

Solté una risa vacía.

Entonces Sofia dijo algo que hizo que Daniel levantara la cabeza de golpe.

—Hay una razón por la que elegiste a Claire.

Daniel se volvió hacia ella.

—Basta.

—No.

Sofia me miró.

—Él sabía quién eras antes de conocerte.

Sentí un escalofrío.

—¿De qué estás hablando?

Ella abrió una carpeta digital en su teléfono.

Había una fotografía antigua.

Daniel aparecía en ella.

Mucho más joven.

A su lado estaba un hombre que reconocí inmediatamente.

Mi padre.

La fecha era de siete años antes de que Daniel y yo supuestamente nos conociéramos.

Y debajo de la fotografía había un documento firmado por ambos.

Un documento relacionado con una empresa que mi padre había perdido antes de morir.

Levanté lentamente la mirada hacia mi esposo.

Cinco años de matrimonio acababan de convertirse en una pregunta completamente diferente.

Porque quizá Daniel nunca se había casado conmigo por amor.

Quizá llevaba buscándome desde mucho antes de que yo supiera que existía.

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