PARTE 2: LA PERSIANA ROTA

Gabriel se quedó inmóvil.

La sirena se acercaba.

Mireille perdió la sonrisa.

—¿Qué hiciste?

No respondí.

Alguien golpeó la puerta principal.

—¡Policía!

Gabriel dejó caer la barra.

No porque se arrepintiera.

Porque comprendió que había testigos en camino.

Mireille reaccionó primero.

Recogió los documentos de la mesa y corrió hacia el pasillo.

—¡Esconde esto!

La puerta se abrió antes de que pudiera llegar lejos.

Dos agentes entraron.

Detrás de ellos apareció Julien.

Cuando me vio en el suelo, su rostro cambió.

Pero no atacó a Gabriel.

Se arrodilló junto a mí.

—Estoy aquí. La ambulancia viene detrás.

Gabriel comenzó inmediatamente:

—Se cayó. Está confundida.

—¡Exactamente! —añadió Mireille—. El embarazo la ha vuelto inestable.

Uno de los agentes miró la barra sobre las baldosas.

Después miró el suelo dañado.

—Nadie toca nada.

La ambulancia llegó minutos después.

En el hospital confirmaron que necesitaba atención urgente y vigilancia estrecha.

Julien permaneció conmigo mientras la policía aseguraba la casa y recogía los documentos.

Pensé que lo peor ya estaba descubierto.

Me equivocaba.

Esa tarde llegó la inspectora Camille Moreau.

Colocó una carpeta junto a mi cama.

—Encontramos el poder que querían que firmara.

—¿Para vender mi casa?

—Eso parecía inicialmente.

Abrió la carpeta.

La propiedad heredada de mi padre había sido tasada tres meses antes.

Yo nunca había solicitado una tasación.

Tampoco sabía que Gabriel había negociado su venta.

—¿Quién quería comprarla?

Camille deslizó una página hacia mí.

Mireille Patrimoine SARL.

Miré a Julien.

—¿Su madre creó una empresa para comprar mi casa?

—Hace dieciocho meses —respondió Camille.

Antes incluso de mi embarazo.

El precio pactado era menos de la mitad del valor real.

Pero había algo todavía más extraño.

La empresa ya había pagado un depósito.

Ciento veinte mil euros.

—Gabriel no tiene ese dinero.

—Lo sabemos.

El depósito procedía de una cuenta vinculada a otra sociedad.

Lemaire Héritage Conseil.

Sentí que Julien se tensaba.

Lemaire era nuestro apellido de nacimiento.

—¿Quién es el propietario? —pregunté.

Camille tardó en responder.

—Legalmente, usted.

Me quedé mirándola.

—Nunca he creado una empresa.

—Precisamente.

Alguien había utilizado copias de mi identificación, una firma parecida a la mía y documentos de la herencia de nuestro padre.

Julien tomó la hoja.

—¿Desde cuándo existe?

—Seis años.

Nuestro padre había muerto cinco años atrás.

Camille continuó.

Durante ese tiempo, cientos de miles de euros habían pasado por aquella empresa.

Parte del dinero había terminado pagando gastos de Gabriel y Mireille.

—Entonces esto empezó antes de que conociera a Gabriel.

—Sí.

Aquella respuesta cambió todo.

Julien caminó hacia la ventana.

—Nuestro padre sospechaba algo antes de morir.

Lo miré.

—¿Qué?

Mi hermano cerró los ojos.

—Encontró movimientos extraños relacionados con tu herencia. Me pidió que no te dijera nada hasta tener pruebas.

—¿Y nunca me lo contaste?

—Creí que había terminado.

Camille sacó una última bolsa de pruebas.

Dentro había una pequeña llave encontrada en el despacho de Gabriel.

Llevaba una etiqueta:

BANCO CENTRAL — CAJA 214.

—Obtuvimos autorización para revisar el registro de acceso —dijo.

Gabriel había visitado aquella caja siete veces.

Mireille, cuatro.

Pero ellos no eran las únicas personas autorizadas.

Había un tercer nombre.

Camille colocó el registro frente a nosotros.

Julien dejó de respirar.

Yo tardé varios segundos en comprender por qué.

El tercer autorizado era nuestro padre.

Y según el banco, alguien había utilizado sus credenciales para abrir la caja 214 apenas cuarenta y ocho horas antes.

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