PARTE 2: La otra mujer también fue abandonada

A las 9:06 de la mañana, el teléfono de Natalia Rivas vibró sobre la mesa de un café en Lomas de Chapultepec.

Sonrió al ver el nombre de Sebastián.

Estaba convencida de que, tarde o temprano, él cumpliría la promesa que llevaba meses repitiéndole.

“Solo necesito el momento adecuado. Cuando todo se calme, dejaré ese matrimonio.”

Contestó con una sonrisa.

—Buenos días…

—¿Dónde estás? —la interrumpió Sebastián, con la voz áspera.

Natalia frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

—¿Le dijiste algo a Clara?

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Estás hablando en serio?

—¡Respóndeme!

Los clientes del café voltearon a mirarla.

Natalia bajó la voz.

—No. ¿Por qué tendría que hacerlo?

Del otro lado solo se escuchaba una respiración agitada.

—Se fue.

El corazón de Natalia dio un pequeño salto.

—¿Qué quieres decir con que se fue?

—Desapareció antes del amanecer.

Silencio.

—Está embarazada de siete meses.

Natalia dejó lentamente la taza sobre el plato.

Por primera vez desde que conocía a Sebastián, no escuchó al empresario seguro de sí mismo.

Escuchó a un hombre completamente perdido.

—No sé dónde está.

Ella tragó saliva.

—Sebastián…

—No tengo tiempo.

La llamada terminó sin despedirse.

Natalia permaneció inmóvil varios segundos.

Aquella no era la reacción que había imaginado durante tantos meses.

Siempre creyó que, si Clara descubría la relación, él aprovecharía la oportunidad para divorciarse.

Pero sonaba desesperado.

Desesperado de verdad.


Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Clara observaba por la ventana de un departamento discreto en la colonia Del Valle.

No era un hotel.

No era un escondite improvisado.

Era el departamento de Diana Mercado.

La abogada había cambiado incluso el nombre del buzón para evitar curiosos.

—¿Dormiste algo? —preguntó Diana entrando con una taza de avena caliente.

Clara negó con la cabeza.

—Solo un poco.

—¿La bebé?

Clara colocó ambas manos sobre el vientre.

En ese instante sintió una pequeña patadita.

Una sonrisa apareció por primera vez en varios días.

—Está despierta.

Diana sonrió también.

—Eso es buena señal.

Después dejó una carpeta azul sobre la mesa.

—Ya revisé todo.

Clara levantó la vista.

—¿Y?

—No cometiste ningún error.

Había contratos.

Capturas certificadas.

Estados de cuenta.

Informes del investigador.

Fotografías fechadas.

Todo obtenido legalmente.

—No quiero destruirlo —dijo Clara en voz baja.

Diana la observó durante unos segundos.

—Lo sé.

—Solo quiero que deje de destruirnos a nosotras.

La habitación quedó en silencio.

Diana tomó asiento frente a ella.

—¿Sabes cuál fue la primera pregunta que me hizo cuando llamó?

Clara negó.

—No preguntó si estabas en un hospital.

No preguntó si necesitabas un médico.

No preguntó cómo estaba Valentina.

Preguntó dónde estabas.

Clara cerró lentamente los ojos.

No respondió.

Porque, en el fondo, entendía la diferencia.

Buscar no siempre significa cuidar.

A veces solo significa recuperar el control.


A las once de la mañana, Sebastián llegó directamente a las oficinas de Imagen Ejecutiva Rivas.

La recepcionista apenas alcanzó a ponerse de pie cuando él atravesó la recepción.

—Necesito hablar con Natalia.

—Señor, tiene cita…

Él ya había abierto la puerta.

Natalia levantó la cabeza, sorprendida.

Nunca lo había visto así.

Sin saco.

Con la barba descuidada.

Los ojos completamente rojos.

—¿Qué haces aquí?

Sebastián dejó sobre el escritorio una fotografía.

Era una copia del cuarto de Valentina.

La cuna vacía.

El nombre de madera colgando sobre la pared.

—Se fue.

Natalia guardó silencio.

—Ya lo sé.

Él respiró hondo.

—No encuentro a mi esposa.

Ella desvió la mirada.

—Lo siento.

Sebastián soltó una risa amarga.

—¿Lo sientes?

Natalia sintió un nudo en la garganta.

—Nunca quise esto.

—¿Entonces qué querías?

La pregunta quedó suspendida entre los dos.

Ella abrió la boca.

Pero no encontró ninguna respuesta que no sonara egoísta.

Quería amor.

Quería atención.

Quería creer que algún día él sería completamente suyo.

Pero ahora, frente a ese hombre roto, comprendía algo que nunca quiso aceptar.

Durante meses había competido contra una mujer que seguía siendo la verdadera familia de Sebastián.

Y acababan de perder todos.

Sebastián apoyó ambas manos sobre el escritorio.

La voz le tembló.

—Si alguna vez te dijo algo… cualquier cosa… algún lugar al que pudiera ir…

Natalia negó lentamente.

—No sé dónde está.

Él cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse sin que pudiera detenerlas.

Natalia se levantó por instinto.

Quiso acercarse.

Quiso abrazarlo.

Pero Sebastián dio un paso atrás.

Por primera vez desde que se conocían, evitó que lo tocara.

Miró a Natalia como si la viera realmente por primera vez.

Y comprendió que toda aquella aventura, que durante meses había justificado como un error sin consecuencias, había destruido exactamente aquello que más amaba.

Natalia sintió un vacío insoportable.

Porque entendió que el hombre que lloraba frente a ella no lloraba por haberla perdido a ella.

Lloraba por la mujer que ambos habían ayudado a romper.

Y esa verdad dolía mucho más que cualquier despedida.

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