—Valeria, no digas nada —ordenó Alexander.
Al otro lado de la línea hubo un silencio breve.
—Sofía —dijo ella—, hoy encontré una carpeta en su apartamento. Tiene una copia de tu pasaporte y documentos con tu firma. Alexander va a vender la casa.
Miré al hombre frente a mí. Ya no parecía interesado en explicar las fotografías.
—Nuestra casa no está en venta —dije.
—Los papeles dicen que tú autorizaste la operación. La fecha es del martes pasado.
El martes yo había estado en la presentación escolar de Mateo. Lo recordaba porque Alexander prometió llamarlo antes de salir al escenario y no lo hizo.
—Envíame fotografías —le pedí.
Alexander avanzó hacia el teléfono. Lo aparté de su alcance.
—Está confundida —dijo—. Son documentos preliminares.
Valeria soltó una risa amarga.
—Eso me dijiste de las transferencias. Que eran dinero tuyo y que Sofía conocía nuestra relación.
No sabía si Valeria decía la verdad sobre lo que había creído. Sí sabía que ahora me estaba enviando pruebas. La primera imagen apareció en mi pantalla: una autorización para vender nuestra casa. Al pie figuraba una firma parecida a la mía, pero la última letra de mi apellido tenía un trazo que yo nunca hacía.
Llegó otra fotografía. Era una instrucción para depositar el dinero de la venta en una cuenta que no conocía.
—Hay más —dijo Valeria—. Mañana tiene una reunión para cerrar el trato.
Alexander apoyó ambas manos en la mesa.
—Sofía, puedo explicarlo. La empresa está en problemas. Iba a reponer el dinero antes de que lo notaras.
Lo miré sin reconocer la voz con la que intentaba tranquilizarme. Durante tres años había mantenido otra familia con dinero de nuestra cuenta. Ahora hablaba de la casa como si fuera una cantidad que podía tomar prestada sin preguntar.
—Esa no es mi firma —dije.
No lo negó.
Valeria me dio el nombre de la empresa que preparaba la venta. Le agradecí las fotografías y terminé la llamada. Alexander quiso saber qué iba a hacer.
—Hablar con mi abogada —respondí.
Llamé desde la cocina, lejos de él. Mi abogada me pidió que le enviara los documentos y las fotografías originales de las transferencias. Me explicó que se comunicaría de inmediato con quienes tramitaban la operación para informarles que yo no había firmado ninguna autorización. También me pidió que no discutiera más sobre los papeles y que guardara los mensajes.
Cuando regresé a la sala, Alexander estaba recogiendo las fotografías del suelo.
—Piensa en Mateo —dijo.
—Estoy pensando en él.
Subí para ver a nuestro hijo. Seguía dormido, con el oso azul bajo la barbilla. Cerré su puerta con cuidado. Alexander se marchó esa noche con su maleta; yo permanecí en casa con Mateo.
A la mañana siguiente, la operación se detuvo mientras se revisaban las firmas y la documentación. Presenté una denuncia por el uso de mis datos y seguí adelante con el divorcio. La revisión de las cuentas llevó meses. Algunas transferencias fueron objeto de reclamación; otras exigieron reunir comprobantes que Alexander había creído que nadie buscaría.
No le conté a Mateo los detalles de las fotografías. Le dije que papá y yo viviríamos en casas distintas y que los problemas entre nosotros no eran culpa suya. Lloró y preguntó si Alexander seguiría yendo a sus partidos. Le dije que era una pregunta que su padre debía responder con hechos.
Valeria volvió a llamarme una vez para confirmar que yo había recibido todos los documentos. Su hijo estaba con ella y lo oí pedirle agua al fondo.
—No sabía que sacaba dinero de tu cuenta —dijo.
—Ahora lo sabes.
No nos hicimos amigas. Tampoco necesitábamos serlo para reconocer que Alexander nos había mentido a las dos.
Meses después, Mateo encontró en un cajón el dibujo del avión que había hecho durante el viaje de su padre. Quiso pegarlo en su habitación nueva. Le ayudé a poner cinta en las esquinas.
—¿Crees que papá lo verá cuando venga? —preguntó.
—Puede que sí.
Mateo alisó el papel con ambas manos. Yo me quedé a su lado mientras comprobaba que no se despegara. Ya no podía prometerle que Alexander cumpliría lo que decía. Podía escuchar a mi hijo, responderle con la verdad que fuera capaz de entender y estar allí al día siguiente.
El dibujo permaneció en la pared. Era un avión azul enorme, con dos ventanas y un sol amarillo encima. Mateo me señaló un detalle que nunca había visto: en una de las ventanas había dibujado a los dos sentados juntos.