—Mamá… hay otra niña que se parece exactamente a mí.
Lucía sintió que aquellas palabras le abrían una grieta en el pecho.
Abrazó con más fuerza a la pequeña, como si el hombre del automóvil pudiera arrancársela desde el otro lado de la calle.
La lluvia golpeaba el techo del porche. Gabriel permanecía detrás de ellas, inmóvil, contemplando al desconocido que tenía su mismo rostro.
No era un parecido lejano.
El hombre tenía sus ojos, la misma línea en la mandíbula y una cicatriz casi idéntica sobre la ceja derecha. Solo el cabello más largo y una expresión endurecida permitían distinguirlos.
—¿Quién es? —preguntó Lucía.
Gabriel cerró los ojos.
—Mi hermano.
Ella se volvió bruscamente.
—Nunca me dijiste que tenías un hermano.
—Porque se suponía que estaba muerto.
El hombre del automóvil sonrió al oírlo. Continuaba sosteniendo el teléfono frente a la ventanilla. En la pantalla, la madre de Gabriel seguía atada a una silla.
—Siempre fuiste obediente —dijo—. Incluso para repetir las mentiras de nuestra madre.
La niña se estremeció.
—Él dijo que era mi verdadero papá.
Lucía se agachó frente a ella.
—¿Cuándo lo conociste?
—Hace tres días. Fue a la casa donde vivía con mis padres.
La pequeña abrió la mochila y sacó una fotografía doblada. Aparecía junto a un matrimonio de unos cincuenta años, sonrientes frente a una casa rodeada de árboles.
—Ellos son mis papás, Laura y Esteban. El hombre del automóvil llegó diciendo que sabía cómo encontrar a mi familia verdadera. Después mi papá me escondió en el sótano y me entregó la carta.
—¿Dónde están Laura y Esteban?
Los labios de la niña comenzaron a temblar.
—No lo sé. Escuché gritos. Mi papá vino a buscarme y tenía sangre en la camisa. Me llevó hasta un autobús y me dijo que no hablara con nadie hasta llegar aquí.
Lucía sintió que la rabia se mezclaba con el miedo.
El desconocido volvió a levantar el teléfono.
—Se está acabando el tiempo. Entrégame a la niña y tu suegra seguirá viva.
—No voy a entregarte a mi hija —respondió Lucía.
—Todavía no sabes si es tu hija.
—Lleva mi sangre.
—Las dos la llevan.
El mundo pareció inclinarse.
—¿Qué significa eso?
Gabriel dio un paso hacia el automóvil.
—Darío, termina con esto.
Alma lo miró asustada.
—¿Se llama Darío?
—Sí —respondió Gabriel—. Es mi hermano gemelo.
Darío abrió la puerta del vehículo y bajó lentamente.
Vestía un abrigo negro y sostenía el teléfono en una mano. La otra permanecía dentro del bolsillo.
Lucía retrocedió con Alma.
—No te acerques.
—No vine a hacerte daño.
—Tienes a una mujer atada a una silla.
—Nuestra madre ha hecho cosas mucho peores.
Gabriel se interpuso entre ellos.
—Si la tocas, llamaré a la policía.
Darío soltó una risa breve.
—¿Después de siete años ocultando la venta de una recién nacida? Adelante. Explícales también por qué guardabas su pulsera bajo la cama.
Gabriel apretó los puños.
Lucía lo observó.
—¿Qué más me ocultaste?
—No es el momento.
—Es exactamente el momento.
Darío señaló a su hermano.
—Pregúntale por la clínica de fertilidad.
Lucía sintió un escalofrío.
Antes del embarazo habían pasado casi tres años intentando tener hijos. Después de varios tratamientos fallidos, acudieron a una clínica privada recomendada por la madre de Gabriel.
Dos meses más tarde, Lucía quedó embarazada.
Le dijeron que solo esperaba una niña.
—¿Qué ocurrió en aquella clínica? —preguntó.
Gabriel no respondió.
Darío lo hizo por él.
—Tu esposo tenía una posibilidad mínima de ser padre. Nuestra madre no estaba dispuesta a aceptar que el apellido Fernández terminara con él.
—Cállate —ordenó Gabriel.
—Así que me buscó.
Lucía miró al hombre que tenía frente a ella.
—¿Por qué?
—Porque éramos gemelos. Para ella, mi sangre servía igual que la de Gabriel.
La lluvia continuaba cayendo, pero Lucía ya no sentía el frío.
—¿Utilizaron tu muestra en mi tratamiento?
—Sí.
La respuesta fue directa.
Brutal.
Lucía miró a Gabriel.
—¿Tú lo sabías?
—No al principio.
—¿Cuándo te enteraste?
—La noche del parto.
Ella retrocedió como si le hubiera dado una bofetada.
—Mientras yo estaba inconsciente.
—Lucía, escúchame.
—Mientras me decías que nuestra hija había muerto, ¿ya sabías que habían utilizado material genético de tu hermano?
—Descubrí una parte de la verdad. No todo.
—Pero callaste.
Gabriel bajó la mirada.
—Sí.
Una palabra.
Siete años de mentiras contenidos en una sola palabra.
Darío avanzó un paso.
—Transfirieron dos embriones.
Lucía sintió que la respiración se le detenía.
—No.
—Los dos sobrevivieron.
Alma levantó la cara hacia ella.
—¿La otra niña es mi hermana?
Lucía intentó responder, pero no pudo.
La carta mojada que la niña sostenía cayó al suelo. Gabriel se inclinó para recogerla.
—No la abras —dijo Alma—. Mi papá dijo que solo debía leerla ella.
Señaló a Lucía.
Gabriel le entregó el sobre.
Lucía rompió el borde con dedos temblorosos.
La letra era apresurada.
“Señora Fernández: perdóneme. Durante siete años criamos a su hija creyendo que usted había muerto. Hace una semana descubrí que todo fue una adopción ilegal. También encontré pruebas de que nacieron dos niñas. Una de ellas permaneció en la clínica. Si algo nos ocurre, no confíe en Gabriel, en Darío ni en Mercedes Fernández. Busque a la doctora Elena Salvatierra.”
Lucía leyó el mensaje dos veces.
Después levantó la vista.
—¿Dónde está la segunda niña?
Darío sonrió.
—Nuestra madre lo sabe.
En la transmisión, Mercedes movió la cabeza desesperadamente. Tenía cinta adhesiva sobre la boca.
—¿Dónde la tienes? —preguntó Gabriel.
—En el antiguo pabellón de maternidad de la clínica Santa Irene.
Gabriel palideció.
—Ese lugar cerró hace seis años.
—Oficialmente.
Darío miró el reloj.
—Tienen treinta minutos. Lucía llevará a la niña. Los demás se quedan fuera.
—No —respondió Gabriel.
—Entonces nuestra madre muere sin confesar qué hicieron con las dos recién nacidas.
—No me importa lo que le ocurra a ella —dijo Lucía—. No después de lo que hizo.
Mercedes comenzó a agitarse frente a la cámara.
Darío acercó el teléfono a su rostro.
—Tal vez no te importe salvarla. Pero es la única que conoce la verdadera identidad de cada niña.
Lucía miró a Alma.
La pequeña había comenzado a llorar en silencio.
—¿Yo no soy Alma? —preguntó.
Lucía se arrodilló.
—Eres mi hija. Eso es lo único que importa.
—Pero ¿cómo me llamo?
Aquella pregunta la destrozó.
Una niña de siete años no debería preguntarse si el nombre con el que había vivido le pertenecía.
—Ahora te llamas Alma —respondió—. Nadie va a quitarte eso.
Darío abrió la puerta trasera de su automóvil.
—Suban.
Gabriel se colocó delante de ellas.
—Yo conduciré.
—No estabas invitado.
—Si quieres que Lucía vaya, yo también iré.
Los hermanos se miraron durante unos segundos.
Finalmente, Darío sonrió.
—Siempre quisiste actuar como un héroe cuando ya era demasiado tarde.
Lucía entró en la casa con Alma bajo el pretexto de recoger un abrigo. Al cerrar la puerta, tomó su teléfono y llamó al número de emergencia.
No tuvo tiempo de explicar demasiado.
—Mi hija y yo estamos siendo obligadas a ir a la antigua clínica Santa Irene. Hay una mujer secuestrada. El responsable se llama Darío Fernández.
Dejó la llamada conectada y ocultó el teléfono dentro del bolsillo de la niña.
—No lo saques pase lo que pase —susurró.
Alma asintió.
—¿Van a venir los policías?
—Sí.
Lucía deseó estar diciendo la verdad.
El viaje hasta la clínica duró poco más de veinte minutos.
Darío conducía. Gabriel iba en el asiento del acompañante. Lucía permanecía detrás, abrazando a Alma.
Nadie hablaba.
La ciudad desapareció poco a poco y fue sustituida por calles industriales, fábricas abandonadas y terrenos cubiertos de hierba.
El edificio de la antigua clínica se levantaba detrás de una verja oxidada.
Las letras de SANTA IRENE apenas se distinguían sobre la fachada.
Darío mostró una tarjeta frente a un lector moderno escondido detrás de una columna. La verja se abrió.
—Un hospital abandonado no necesita un sistema de seguridad nuevo —observó Lucía.
—Porque no está abandonado —respondió él.
Entraron por una puerta lateral.
El olor a desinfectante era demasiado intenso. Algunas paredes estaban cubiertas de humedad, pero el suelo había sido limpiado recientemente.
Alma apretó la mano de Lucía.
—Yo estuve aquí.
—¿Cuándo?
—Hace tres días. El hombre me trajo antes de que mi papá me sacara.
Darío se volvió.
—Tu padre adoptivo no tenía derecho a llevarte.
—Es mi papá.
—Te compró.
Alma escondió el rostro contra el abrigo de Lucía.
—No vuelvas a hablarle así —advirtió ella.
Darío no respondió.
Llegaron a un ascensor que necesitaba una clave. Él introdujo seis números y las puertas se abrieron.
Descendieron dos niveles.
Cuando salieron, encontraron un pasillo iluminado y varias habitaciones con equipos médicos modernos.
Lucía observó una puerta de cristal.
Detrás había camas infantiles, juguetes y estanterías llenas de libros.
—¿Han tenido a una niña viviendo aquí?
—Siete años —contestó Darío.
Alma se separó lentamente de Lucía.
Al otro lado del cristal apareció una pequeña figura.
Era una niña.
Tenía el mismo cabello oscuro, la misma altura y la misma marca en forma de media luna sobre la ceja.
Las dos se quedaron mirándose.
Alma colocó una mano sobre el cristal.
La otra niña hizo exactamente lo mismo.
—Se parece a mí —susurró.
Lucía no pudo contener las lágrimas.
Había encontrado a su hija.
Y, al mismo tiempo, comprendía que todavía no sabía cuál de las dos era la niña que había llevado dentro de su vientre con el nombre de Alma.
La puerta se abrió.
Una mujer de bata blanca salió de la habitación.
Tenía aproximadamente sesenta años y el cabello completamente gris.
—Lucía Fernández —dijo—. Esperé siete años para conocerla.
—¿Doctora Salvatierra?
—Sí.
Lucía se lanzó hacia ella.
—¿Por qué me robaron a mis hijas?
La doctora no retrocedió.
—Porque fui una cobarde.
—¡Quiero la verdad!
—La tendrá.
Darío cerró la puerta del pasillo.
—Primero trae a Mercedes.
La médica lo miró con desprecio.
—Nunca debiste regresar.
—Tú nunca debiste mantener a mi hija encerrada.
—No sabemos cuál es tu hija.
La sonrisa de Darío desapareció.
—El análisis de Gabriel demuestra que Alma es mía.
—El análisis fue realizado con una muestra etiquetada de forma incorrecta.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Qué está diciendo?
—Que ninguna prueba realizada durante estos siete años puede considerarse válida.
La doctora condujo a la segunda niña fuera de la habitación.
Vestía un suéter azul y sostenía un pequeño conejo de tela.
—Ella se llama Vera —explicó.
La niña miraba a Lucía con miedo.
—¿Tú eres mi mamá?
Lucía se arrodilló, incapaz de controlar el temblor de sus manos.
—Sí.
Vera la observó con atención.
—La doctora dijo que algún día vendrías.
Lucía abrió los brazos.
No quiso obligarla a acercarse.
Vera dudó.
Después corrió hacia ella.
Lucía la recibió contra su pecho mientras Alma se abrazaba a ambas.
Por primera vez en siete años, sostenía a sus dos hijas.
No sabía qué nombres les habían dado al nacer.
No sabía cuál era hija biológica de Gabriel y cuál de Darío.
No le importaba.
Eran suyas.
—Lo siento —repetía—. Lo siento tanto.
—Tú no hiciste nada —susurró Vera.
Aquellas palabras, pronunciadas por una niña criada entre paredes de hospital, hicieron que Lucía llorara con más fuerza.
Gabriel se acercó.
Vera se escondió detrás de su madre.
Él se detuvo inmediatamente.
—No voy a tocarte.
—¿Tú eres mi papá? —preguntó la niña.
Gabriel miró a Darío.
—No lo sé.
Darío golpeó una mesa metálica.
—¡Basta! Tráiganme a Mercedes.
La doctora Salvatierra pulsó un botón.
Una puerta se abrió al final del pasillo.
Mercedes estaba allí, atada a la silla que aparecía en la transmisión.
Darío se acercó y arrancó la cinta de su boca.
—Diles la verdad.
La mujer respiró agitadamente.
Cuando vio a las niñas juntas, comenzó a llorar.
—No debían encontrarse.
Lucía se levantó.
—¿Por qué?
—Porque una de ellas nunca debió salir de este lugar.
Gabriel se interpuso.
—Madre, ¿qué hiciste?
Mercedes miró a sus hijos.
—Lo necesario para conservar esta familia.
—Vendiste a una recién nacida —dijo Lucía.
—La empresa estaba al borde de la quiebra. Laura y Esteban Vega ofrecieron pagar las deudas a cambio de adoptar a una niña.
—¿Y la otra?
Mercedes volvió el rostro hacia Vera.
—Nació con problemas cardíacos. Los Vega no la quisieron.
Vera apretó con fuerza el conejo de tela.
Lucía sintió que el odio le quemaba la garganta.
—¿La dejaron encerrada aquí porque estaba enferma?
—La clínica se comprometió a cuidarla.
—Una niña no necesita solo médicos. Necesita una familia.
La doctora Salvatierra bajó la mirada.
—Intenté denunciarlo varias veces.
—Pero no lo hizo.
—Mercedes tenía documentos que podían enviarme a prisión por participar en el cambio de identidades.
—Y aun así aceptó.
—Sí.
La médica no intentó defenderse.
—Eso me perseguirá durante el resto de mi vida.
Darío se inclinó hacia su madre.
—Diles quién es mi hija.
Mercedes negó.
—No puedo.
—Tú ordenaste la fecundación de los embriones.
—La clínica cometió un error.
—¡No fue un error!
Gabriel sujetó a su hermano antes de que se acercara más.
—No la mates antes de que hable.
Darío lo empujó.
—Tú tuviste una familia durante siete años.
—Viví creyendo que mi hija estaba muerta.
—Pero dormías junto a Lucía. Yo fui borrado de esta familia antes de poder conocerla.
Lucía los miró a ambos.
—Ninguno de ustedes tiene derecho a convertir a mis hijas en una competencia.
Los hermanos guardaron silencio.
—Quiero saber por qué Darío fue declarado muerto —continuó.
Mercedes cerró los ojos.
—Su padre nunca supo que tuvo gemelos. Cuando nacieron, nuestra situación económica era desesperada. Una familia pagó por adoptar a uno.
Darío soltó una risa amarga.
—También me vendiste.
—Pensé que tendrías una vida mejor.
—Me abandonaron cuando tenía doce años. Pasé mi adolescencia en instituciones mientras Gabriel crecía contigo.
Gabriel miró a su madre con horror.
—¿Cuándo descubriste que estaba vivo?
—Cuando cumplió veinticinco años. Regresó buscando respuestas.
Darío levantó la manga.
Tenía una cicatriz larga sobre el antebrazo.
—Ella me ofreció dinero para desaparecer otra vez.
—Y aceptaste ayudarla con el tratamiento de Lucía —dijo Gabriel.
Darío apretó la mandíbula.
—Me dijo que tú eras estéril y que Lucía deseaba un hijo. Prometió que nunca sabrían mi identidad.
Lucía sintió náuseas.
—Utilizaron mi cuerpo sin mi consentimiento.
Nadie pudo mirarla.
Mercedes comenzó a hablar rápidamente, como si las palabras pudieran justificarla.
—Fecundaron varios óvulos. Un grupo utilizó la muestra de Gabriel y otro la de Darío. Se transfirieron dos embriones porque no sabíamos cuál sería viable.
—Y los dos sobrevivieron —murmuró Lucía.
—Sí.
—¿Cuál es hija de quién?
Mercedes observó a las niñas.
—Las pulseras fueron intercambiadas después del parto.
—¿Por quién?
—Por el padre de Gabriel y Darío.
Todos quedaron inmóviles.
Gabriel frunció el ceño.
—Papá murió antes del nacimiento.
—Eso fue lo que te dije.
Un ruido metálico sonó detrás de ellos.
Darío sacó un arma de su abrigo.
Alma soltó un grito.
Lucía cubrió a las niñas con su cuerpo.
—Baja eso.
—Mi padre está vivo —dijo Darío—. ¿Dónde está?
Mercedes comenzó a temblar.
—No puedo decírtelo.
—Me robaste la vida. Me utilizaste para producir un heredero y ahora quieres seguir protegiéndolo.
La doctora Salvatierra avanzó.
—Las niñas no tienen nada que ver con esto.
Darío apuntó hacia ella.
—Tú cuidaste a Vera. Debes saber quién cambió las pulseras.
—No lo vi.
—Estás mintiendo.
Gabriel se colocó delante de la doctora.
—Baja el arma.
Los hermanos se miraron.
Por un instante, Lucía comprendió que el parecido entre ellos no terminaba en el rostro. Ambos habían aprendido a esconder el miedo detrás de la rabia.
—La policía está en camino —dijo.
Darío giró hacia ella.
—¿Qué hiciste?
—Lo que debí hacer desde el principio. Pedir ayuda.
Él buscó el teléfono.
Alma apretó el bolsillo de su chaqueta.
Darío lo notó.
—Dámelo.
La niña retrocedió.
—No.
—Alma —dijo Lucía—, ven conmigo.
Darío avanzó.
Gabriel se lanzó sobre él.
El disparo golpeó una lámpara.
Los cristales cayeron sobre el suelo y el pasillo quedó parcialmente a oscuras.
Lucía empujó a las niñas dentro de la habitación.
—¡Cierren la puerta!
La doctora Salvatierra activó el seguro electrónico.
Desde el otro lado se escuchaban golpes, gritos y el sonido de una lucha.
Vera se acurrucó en una esquina.
—Él va a entrar.
Lucía se arrodilló entre ambas.
—Mírenme. Nadie volverá a separarnos.
—¿Lo prometes? —preguntó Alma.
—Lo prometo.
Las sirenas comenzaron a escucharse en el exterior.
Después llegaron voces.
—¡Policía! ¡Suelten el arma!
Un segundo disparo resonó.
Lucía cerró los ojos y abrazó a sus hijas.
Cuando la puerta se abrió, Gabriel estaba de pie junto a dos agentes. Tenía sangre en la frente, pero se mantenía consciente.
Darío yacía esposado en el suelo.
Mercedes continuaba atada a la silla.
—Se terminó —dijo Gabriel.
Lucía negó lentamente.
—No. Ahora empieza la verdad.
Laura y Esteban Vega fueron encontrados esa misma noche en una casa abandonada cerca de la clínica. Estaban heridos, pero vivos.
Cuando Alma vio a sus padres adoptivos en el hospital, corrió hacia ellos.
Lucía sintió una punzada de dolor.
Después comprendió que no podía borrar los siete años de amor que aquella pareja había dado a su hija.
Laura abrazó a la niña y miró a Lucía por encima de su hombro.
—No sabíamos que estaba viva.
—Lo sé.
—Nos dijeron que había muerto durante el parto.
—A mí me dijeron lo mismo sobre ella.
Las dos mujeres comenzaron a llorar.
No eran enemigas.
Eran dos madres destruidas por la misma mentira.
Vera permaneció junto a Lucía. Nunca había salido de la clínica y observaba el hospital público como si fuera otro mundo.
—¿Alma se irá con ellos? —preguntó.
Lucía se agachó frente a ella.
—Ellos también son su familia.
—¿Y yo?
—Tú vienes conmigo.
—¿Para siempre?
Lucía sostuvo su rostro entre las manos.
—Para siempre.
Los análisis genéticos tardaron cuatro días.
Durante ese tiempo, Gabriel no intentó acercarse a Lucía. Permaneció en el hospital, respondió a la policía y entregó todos los documentos que había escondido.
También confesó haber sabido durante años que una niña sobrevivió.
—Podría haberla encontrado antes —dijo frente a Lucía—. Pero tuve miedo de que los Vega la ocultaran o que mi madre destruyera las pruebas.
—No la protegiste —respondió ella—. Protegiste tu vida.
Gabriel no discutió.
—Sí.
—Construiste un jardín en memoria de una hija que sabías viva.
—Cada vez que lo miraba quería contártelo.
—Pero nunca lo hiciste.
—No.
Lucía contempló a Vera durmiendo en la cama.
—No sé si algún día podré perdonarte.
—No te lo pediré.
—¿Y si una de ellas es biológicamente tu hija?
Gabriel respiró profundamente.
—Seguiré sin tener derecho a exigirte nada.
La mañana del cuarto día, un médico reunió a todos.
Lucía estaba sentada entre las niñas. Laura y Esteban permanecían al otro lado de Alma. Gabriel esperaba junto a la ventana.
Darío fue trasladado desde la prisión bajo custodia policial. Había exigido conocer el resultado.
Mercedes también estaba presente, esposada.
El médico abrió la carpeta.
—Confirmamos que ambas niñas son hijas biológicas de la señora Lucía Fernández.
Lucía apretó sus manos.
—Los análisis también demuestran que fueron concebidas en el mismo tratamiento y nacieron durante el mismo parto.
—¿Son gemelas? —preguntó Vera.
—Sí.
Las niñas se miraron.
Alma sonrió por primera vez desde que llegó.
—Sabía que eras mi hermana.
El médico continuó:
—Sin embargo, no comparten el mismo padre biológico.
Gabriel y Darío dejaron de respirar.
—Una fue concebida con la muestra de Gabriel Fernández. La otra, con la muestra de Darío Fernández.
—¿Cuál es cuál? —preguntó Darío.
El médico observó los documentos.
—La niña que ha vivido con el nombre de Alma es hija biológica de Gabriel.
Gabriel cerró los ojos.
El aire pareció abandonar su cuerpo.
Alma lo miró desde el otro lado de la habitación.
No corrió hacia él.
No lo llamó papá.

Solo apretó la mano de Esteban, el hombre que la había criado.
El médico miró a Vera.
—Y ella es hija biológica de Darío.
Darío comenzó a llorar.
—Vera…
La niña se escondió detrás de Lucía.
—No quiero ir con él.
—No tendrás que hacerlo —respondió Lucía.
Darío golpeó la mesa con las esposas.
—¡Es mi hija!
Lucía lo miró con frialdad.
—Biológicamente. Nada más.
—Tengo derechos.
—La secuestraste, amenazaste a su hermana y apuntaste un arma frente a ellas.
Los agentes lo obligaron a sentarse.
Mercedes parecía confundida.
—Eso no puede ser.
El médico levantó otra hoja.
—Hay algo más.
Todos volvieron la mirada hacia él.
—Los nombres de las niñas fueron intercambiados después del nacimiento. La pulsera encontrada en la casa de Gabriel no pertenecía originalmente a la niña criada por los Vega.
Lucía sintió un escalofrío.
—Entonces, ¿a quién pertenecía?
El médico señaló a Vera.
—A ella.
La niña observó a su hermana.
—¿Yo era Alma?
—Ese fue el nombre registrado para ti al nacer.
—¿Y yo? —preguntó la otra niña.
El médico buscó otra línea.
—Usted fue registrada con el nombre de Luciana.
Lucía se llevó una mano a la boca.
Luciana.
El nombre que había elegido en secreto antes del parto, por si algún día tenía otra hija.
Nunca se lo había contado a Gabriel.
—¿Quién escribió ese nombre? —preguntó.
Mercedes dejó escapar un sollozo.
—Su padre.
Lucía la miró.
—Mi padre murió cuando yo tenía dieciocho años.
Mercedes negó lentamente.
—El hombre que enterraste no era tu padre biológico.
El silencio cayó sobre la habitación.
Lucía sintió que las manos de las niñas se aferraban a las suyas.
—¿Qué está diciendo?
Mercedes levantó el rostro.
—La persona que cambió las pulseras, ocultó a Vera y pagó para que Luciana fuera adoptada no era el padre de Gabriel.
Hizo una pausa.
—Era el tuyo.
La puerta de la habitación se abrió.
Un hombre anciano entró acompañado por dos abogados.
Lucía reconoció inmediatamente sus ojos.
Eran los mismos que veía cada mañana en el espejo.
El desconocido observó a las dos niñas y después se arrodilló frente a ellas.
—Por fin las encontré —susurró.
Lucía se puso de pie.
—¿Quién es usted?
El hombre levantó la mirada.
—Soy quien lleva siete años intentando corregir lo que hicieron aquella noche.
Sacó de su abrigo un tercer expediente médico.
—Y antes de que decidas cuál de las niñas necesita el trasplante, debes conocer la última verdad.
Colocó el documento sobre la mesa.
En la portada aparecía el nombre de Lucía.
Debajo, una frase marcada en rojo:
“ÚNICA DONANTE TOTALMENTE COMPATIBLE.”