No volví a casa de mis padres.
No quería que mi madre me viera aquella noche con la mejilla aún marcada y pensara que aquel abrigo había destruido mi matrimonio.
En realidad, solo había revelado lo que ya estaba roto.
Tomé un taxi hasta un pequeño apartamento que había alquilado semanas antes.
Dejé la maleta junto a la puerta.
Después fotografié mi rostro, guardé los mensajes de Daniel y envié una copia del acuerdo que acababa de firmar a mi abogada.
Ella me llamó inmediatamente.
—Camila, firmar no significa que puedan quedarse automáticamente con todo. Y después de lo ocurrido esta noche, quiero que conserves cualquier prueba y no vuelvas sola a esa casa.
—No pienso volver.
Me senté frente a la ventana.
—Mañana haz lo que hablamos.
Hubo un breve silencio.
—¿Estás segura?
Miré las luces de la ciudad.
—Completamente.
A las nueve de la mañana siguiente, Daniel llegó a Zhou Technology convencido de que su vida había mejorado.
Yo podía imaginarlo perfectamente.
Sin esposa.
Sin discusiones.
Con su madre satisfecha.
Y con el puesto de director regional que llevaba meses presumiendo ante toda la familia.
A las nueve y diecisiete recibió un correo.
Reestructuración inmediata del Departamento de Grandes Cuentas.
A las nueve y media, Recursos Humanos llamó a tres gerentes.
A las diez, cancelaron dos proyectos.
A las diez y cuarto, Daniel entró furioso en el despacho del vicepresidente.
—¿Qué está pasando?
El hombre cerró la puerta.
—Nuestro principal socio comercial suspendió la cooperación.
—¿Qué socio?
—Jiang Strategic Consulting.
Daniel se quedó inmóvil.
Durante tres años le había dicho que yo hacía “trabajitos con clientes por internet”.
Nunca preguntó quiénes eran esos clientes.
Nunca quiso saber por qué algunas noches trabajaba hasta las dos de la madrugada.
Jiang Strategic no pertenecía a mi padre.
Ni a mi madre.
La había fundado yo dos años antes de casarme.
Mi empresa conectaba fabricantes tecnológicos con compradores internacionales.
Y durante los últimos dieciocho meses, casi un tercio de los contratos gestionados por la división de Daniel habían llegado a través de mis contactos.
Yo nunca le había pedido reconocimiento.
Pero tampoco estaba obligada a seguir sosteniendo profesionalmente a un hombre que acababa de echarme de casa.
A las once, Daniel me llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
Camila, ¿qué hiciste?
Lo leí.
No respondí.
A mediodía llamó Teresa.
—¡Mujer venenosa! ¿Quieres destruir a mi hijo porque te pidió el divorcio?
Bloqueé su número.
A las tres, mi abogada me envió un documento.
—Hay algo que debes ver.
Abrí el archivo.
No era sobre Zhou Technology.
Era sobre Daniel.
Meses atrás, alguien había utilizado mi nombre comercial para justificar ante la empresa varias oportunidades de negocio que nunca habían pasado por Jiang Strategic.
Había correos.
Presentaciones.
Informes internos.
Daniel aparecía como responsable de aquellas operaciones.
Sentí que se me helaban las manos.
Llamé inmediatamente a mi directora financiera.
—¿Nosotros autorizamos esto?
—No.
—¿Daniel tenía permiso para usar nuestro nombre?
—Nunca.
Entonces comprendí algo mucho peor.
Mi marido no solo había construido su puesto gracias a mis contactos.
Al parecer, también había empezado a utilizar mi reputación sin decírmelo.
A las seis de la tarde alguien llamó a mi puerta.
Miré por la mirilla.
Daniel.
Estaba solo.
No llevaba chaqueta.
Tenía el cabello desordenado y una expresión que jamás le había visto.
No abrí.
—Camila —dijo desde el pasillo—. Sé que estás ahí.
Guardé silencio.
—Hoy despidieron a seis personas.
Seguía sin responder.
—Mi puesto está suspendido.
Entonces añadió, casi en un susurro:
—Pero eso no es lo peor.
Miré la carpeta que mi abogada acababa de enviarme.
Daniel apoyó una mano contra la puerta.
—Recursos Humanos encontró documentos con tu empresa y mi firma. Yo no preparé algunos de ellos.
Fruncí el ceño.
—Camila, alguien llevaba meses usando nuestras dos identidades.
Por primera vez abrí la puerta, pero dejé puesta la cadena.
Daniel parecía realmente asustado.
—¿Quién?
Sacó el teléfono.
En la pantalla había un correo enviado desde su cuenta corporativa.
Adjunto aparecía uno de los documentos falsos.
La fecha era de tres meses atrás.
Daniel señaló el registro de acceso.
—Ese día yo estaba contigo en el hospital haciendo unas pruebas.
—Entonces ¿quién entró en tu cuenta?
Daniel tragó saliva.
—Solo hay otra persona que conoce la contraseña que yo usaba en casa.
No necesitó decir el nombre.
Los dos pensamos en Teresa.
Pero Daniel negó lentamente.
—No es eso.
Amplió la parte inferior del informe.
El acceso no se había realizado desde nuestra casa.

Se había hecho desde un ordenador de Zhou Technology.
Y la credencial física utilizada para entrar aquella noche pertenecía a alguien a quien Daniel llevaba meses ayudando en secreto.
Su hermano menor.
El mismo hombre por cuya familia Teresa había convertido mi vida en un infierno.