Mi padre tardó apenas tres segundos en responder.
—Entendido.
No preguntó si estaba segura.
No intentó convencerme.
Solo añadió:
—Elena, a partir de ahora no firmes nada que venga de Adrián.
Abrí los ojos.
—¿Por qué?
—Porque hace dos días su abogado pidió adelantar la transferencia de varios bienes que iban a entrar en vigor después de la boda.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué bienes?
—La villa de Puerto Azul. Tus acciones del hotel Montenegro-Valois. Y el fondo que tu abuelo dejó a tu nombre.
Me apoyé contra la pared.
Así que no era solo Sofía.
Adrián necesitaba la boda.
—Detén todo.
—Ya lo hice.
Mi padre hizo una pausa.
—Tu vuelo sale mañana a las seis.
—¿Ya compraste el boleto?
—No.
Su voz se volvió fría.
—Compré el avión.
Por primera vez aquel día, casi sonreí.
—Gracias, papá.
—Vuelve a casa.
Colgué.
Y regresé a mi habitación como si nada hubiera ocurrido.
Durante los siguientes cuatro días interpreté el papel perfecto.
Tomaba los medicamentos delante de Adrián.
Sonreía cuando me hablaba de nuestra boda.
Incluso fingí recordar una cena romántica en París que jamás había vivido.
—Fue aquella noche en el restaurante junto al Sena, ¿verdad? —pregunté.
Adrián se quedó inmóvil apenas un instante.
Después sonrió.
—Sí.
—Me regalaste un collar de zafiros.
Sus ojos brillaron con alivio.
—Exactamente.
Mentía.
Yo nunca había estado allí.
Pero Sofía sí.
Lo había descubierto revisando fotografías antiguas guardadas en una cuenta privada de Adrián.
Cada recuerdo falso tenía una prueba.
Cada viaje.
Cada cena.
Cada joya.
Todo pertenecía a otra mujer.
Yo solo era el cuerpo donde estaban intentando guardarlo.
La noche anterior a nuestra boda, Adrián apareció con una caja blanca.
—Tengo una sorpresa.
Dentro había un vestido sencillo color marfil.
No era el vestido de novia.
—¿Para qué es?
—Mañana por la mañana quiero que descanses aquí antes de la ceremonia.
Me acarició el cabello.
—Nada de estrés.
Lo entendí inmediatamente.
Planeaba mantenerme lejos mientras Sofía utilizaba mi boda.
—Qué considerado.
Le di un beso en la mejilla.
—Te amo.
Adrián sonrió.
—Yo también.
Por primera vez, decir aquellas palabras no me dolió.
Porque ya no significaban nada.
A las cuatro de la madrugada salí del apartamento.
Una maleta.
Un pasaporte.
Y una copia de todos los registros médicos que había logrado sacar del hospital.
Mi padre había enviado a dos hombres de seguridad.
Uno tomó mi equipaje.
El otro me entregó un sobre.
—Señorita Valois, su padre pidió que leyera esto cuando estuviera segura.
Dentro había resultados de laboratorio.
Leí tres veces.
Las sustancias que me administraban durante las supuestas sesiones de tratamiento no coincidían con los medicamentos registrados oficialmente.
Mi respiración se volvió lenta.
No habían estado tratando mi memoria.
Habían estado alterando mi estado mental.
Guardé los documentos.
—Vamos.
A las cinco y veinte estaba camino al aeropuerto privado.
A las cinco y cuarenta y siete, Adrián me escribió.
¿Ya estás despierta, novia?
No respondí.
A las seis:
Descansa. Hoy será el día más feliz de nuestras vidas.
Miré por la ventana del avión.
Puerto Azul se hacía pequeño debajo de las nubes.
Apagué el teléfono.
—No —susurré—. Será el tuyo.
A las diez de la mañana comenzó la ceremonia secreta.
Adrián había cumplido su promesa.
Sofía llevaba mi vestido.
Mis diamantes.
Mi velo.
Incluso sostenía el ramo que mi madre había diseñado para mí.
Los amigos de Adrián aplaudían mientras ella caminaba por el pasillo.
—Por fin —susurró Sofía al llegar junto a él.
Adrián le tomó la mano.
—Solo por hoy.
—No me importa.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Quiero saber cómo se siente ser tu esposa.
Adrián la miró con una ternura que durante meses había fingido reservar para mí.
—Entonces hoy lo serás.
El oficiante comenzó.
Pero antes de que pudiera continuar, el administrador del lugar apareció corriendo.
—Señor Montenegro.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
El hombre estaba pálido.
—La ceremonia oficial fue cancelada.
Silencio.
—¿Qué?
—La familia Valois retiró la reserva esta mañana.
Adrián soltó la mano de Sofía.
—Imposible.
—También cancelaron el catering, la seguridad y los derechos de uso del recinto.
Uno de sus amigos sacó el teléfono.
—Adrián…
—¿Qué?
—Mira esto.
La pantalla mostraba un comunicado financiero.
VALOIS CAPITAL SUSPENDE TODA NEGOCIACIÓN CON GRUPO MONTENEGRO.
El rostro de Adrián perdió el color.
—Llama a Elena.
Su asistente lo intentó.
Una vez.
Dos.
Cinco.
—Está apagado.
Sofía agarró el brazo de Adrián.
—Tal vez está dormida.
Él la apartó.
—No.
Ya había entendido.
Corrió hacia una de las habitaciones privadas.
Vacía.
La ropa que yo había dejado allí seguía perfectamente doblada.
Encima de la cama había un solo sobre.
Adrián lo abrió.
Dentro estaba el anillo de compromiso.
Y una frase.
“No necesito recuperar mis recuerdos para saber que quiero olvidarte.”
Sus dedos empezaron a temblar.
—No…
Sacó el teléfono.
Llamó a mi padre.
La llamada sí entró.
—Señor Valois, necesito hablar con Elena.
La voz de mi padre fue tranquila.
—Mi hija ya no tiene nada que hablar contigo.
—Esto es un malentendido.
—¿La hipnosis también?
Adrián quedó paralizado.
Al otro lado de la habitación, Sofía palideció.
Mi padre continuó:
—Tenemos los registros médicos.
—Tenemos las grabaciones.
—Y tenemos los documentos donde intentaste adelantar la transferencia de sus propiedades.
La respiración de Adrián se volvió pesada.
—Déjeme explicarlo.
—Explícaselo a los abogados.
La llamada terminó.
Adrián permaneció inmóvil.
Entonces miró a Sofía.
—¿Quién más sabía de las sesiones?
Ella retrocedió.
—¿Por qué me preguntas?
—Porque Elena no debería haber podido descubrirlo.
—Tus amigos hablaban demasiado.
—Tú también.
—¡No me culpes!
Los invitados comenzaron a abandonar discretamente el lugar.
El supuesto día perfecto se desmoronaba frente a ellos.
Sofía arrancó el velo de su cabeza.
—¡Hiciste todo esto porque dijiste que ella jamás tendría valor para abandonarte!
Adrián la miró.
Por primera vez parecía realmente perdido.
—Pensé que no lo tendría.
En Francia, mi madre me esperaba al pie del avión.
Cuando me vio, no hizo preguntas.
Simplemente me abrazó.
Y entonces lloré.
No por Adrián.
Ni por la boda.
Lloré por la mujer que había sido durante años.
La que confundió obsesión con amor.
Control con protección.
Y mentiras con recuerdos.
Mi padre esperaba unos metros más atrás.
Cuando conseguí calmarme, me entregó una carpeta.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Revisamos las cuentas del hospital.
Abrí la carpeta.
Había pagos mensuales.
Todos provenían de una sociedad vinculada a Montenegro.
Pero el primer pago era anterior al accidente.
Mucho anterior.
—Papá…
—Sí.
Me miró seriamente.
—Adrián comenzó a pagar a ese médico seis meses antes de que tú descubrieras a Sofía.
Sentí que el frío recorría mi espalda.
—Eso no tiene sentido.
Mi padre señaló una segunda página.
Era una autorización médica.
Mi nombre aparecía en la parte superior.
Y abajo…
Mi firma.
Solo había un problema.
La fecha correspondía a una semana en la que yo había estado en Londres.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sabemos.
Lo miré.
—Entonces Adrián no empezó a manipularme después del accidente.
Mi padre negó lentamente.

—No.
Cerré la carpeta.
Y comprendí que había cometido un error.
Creí que había cancelado una boda.
Pero en realidad acababa de abrir una historia que Adrián llevaba preparando mucho antes de que yo supiera que Sofía existía.