Roberto tomó a la pequeña entre sus brazos.
Pesaba demasiado poco.
—¿Cómo se llama tu hermana?
La niña corrió detrás de él.
—Sofía.
—¿Y tú?
—Lucía.
—Ven conmigo, Lucía.
Su conductor casi chocó con la puerta al verlo salir del callejón cargando a una niña aparentemente inconsciente.
—¡Al hospital! —ordenó Roberto.
Durante el trayecto, mantuvo dos dedos sobre el cuello de Sofía.
El pulso seguía allí.
Débil.
Pero vivo.
Lucía estaba encogida en el asiento.
—¿Se va a morir?
Roberto la miró.
Tres años antes había hecho esa misma pregunta sobre Clara.
Nadie había podido darle la respuesta que quería.
—Vamos a darle una oportunidad.
Al llegar, un equipo médico esperaba en urgencias.
Se llevaron inmediatamente a Sofía.
Lucía intentó seguirla.
—¡No!
Una enfermera la detuvo.
—Tenemos que trabajar, cariño.
Lucía comenzó a temblar.
Roberto se agachó frente a ella.
—Me quedaré contigo.
—¿Lo promete?
Aquella palabra le dolió.
—Lo prometo.
Cuarenta minutos después apareció la doctora Helena Costa.
—Llegaron justo a tiempo.
Roberto soltó el aire.
—¿Qué tiene?
—Deshidratación severa, infección respiratoria y desnutrición.
Helena miró a Lucía.
—Unas horas más y probablemente estaríamos teniendo otra conversación.
Lucía rompió a llorar.
Roberto la abrazó por puro instinto.
La niña se aferró a su chaqueta.
—Gracias, maestro.
—Roberto.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Llámame Roberto.
Helena pidió información sobre los padres.
Lucía bajó la mirada.
—No tenemos.
—¿Dónde está vuestra madre?
—Se fue.
—¿Y vuestro padre?
La niña negó.
—Nunca lo conocimos.
—¿Quién cuidaba de vosotras?
—La abuela Teresa.
—¿Dónde está?
Lucía señaló hacia arriba.
—Con Dios.
Roberto cerró los ojos.
Dos niñas solas.
Nadie había preguntado dónde dormían.
Nadie había advertido que una niña de ocho años estaba intentando mantener viva a otra de dos.
—¿Desde cuándo estáis en la calle?
—Desde que nos echaron de la habitación.
—¿Cuánto tiempo?
Lucía contó con los dedos.
—Creo que seis semanas.
Roberto sintió rabia.
—Esta noche no volveréis allí.
Lucía retrocedió.
—No queremos problemas.
—No sois un problema.
La frase salió antes de que pudiera pensarla.
Entonces Lucía miró fijamente su rostro.
—Te pareces al hombre de la foto.
Roberto frunció el ceño.
—¿Qué foto?
La niña buscó dentro de su camiseta y sacó una bolsita de plástico atada con un cordón.
Dentro había una fotografía doblada.
—La abuela dijo que nunca la perdiera.
Roberto la abrió.
Y dejó de respirar.
Clara.
Su esposa.
La fotografía tenía al menos diez años.
Clara estaba mucho más joven, sonriendo frente a una pequeña casa.
Junto a ella aparecía Teresa.
—¿Conocías a mi abuela? —preguntó Lucía.
Roberto no respondió inmediatamente.
—Esa mujer era mi esposa.
Lucía abrió mucho los ojos.
—¿La señorita Clara?
—Sí.
—La abuela hablaba de ella.
Roberto sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué decía?
—Que nos había salvado una vez.
Antes de poder preguntar más, algo cayó de la bolsita.
Un sobre pequeño.
En el frente había una frase escrita a mano.
“PARA ROBERTO ACEVEDO.”
Reconoció la letra.
Clara.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Quién te dio esto?
—Mi abuela.
—¿Cuándo?
—Antes de morir.
Roberto abrió el sobre.
Dentro había una carta.
“Roberto:
Si algún día esto llega a tus manos, significa que Teresa no pudo seguir protegiéndolas.
Hay algo que nunca tuve valor para contarte.
Antes de casarnos trabajé como voluntaria en una clínica para mujeres sin recursos. Allí conocí a Teresa y a su hija Mariana.
Años después, Mariana volvió a buscarme embarazada y aterrorizada.
Me pidió ayuda.
Intenté protegerla.
No pude.”
Roberto levantó la mirada.
—¿Tu madre se llamaba Mariana?
Lucía asintió.
Siguió leyendo.
“Si Mariana desaparece, no creas inmediatamente que abandonó a sus hijas.
Busca al doctor Augusto Ferraz.
Él sabe lo que ocurrió.”
Roberto conocía ese nombre.
Todo Recife lo conocía.
Augusto Ferraz dirigía una de las mayores redes privadas de hospitales del nordeste.
También había sido el médico de Clara.
El hombre que tres años antes había salido de una habitación y le había dicho:
“No hay nada más que podamos hacer.”
La puerta de urgencias se abrió.
Helena salió rápidamente.
Su expresión había cambiado.
—Señor Acevedo, necesito hablar con usted.
—¿Sofía está peor?
—No.
Miró a Lucía.
—Encontramos algo durante los análisis.
—¿Qué?
—Una anomalía sanguínea rara.
Roberto frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—Que probablemente sea hereditaria.
Helena bajó la voz.
—Necesitamos encontrar a sus familiares biológicos.
Roberto miró nuevamente la carta.
Había otra página.
“Hay una última razón por la que debes proteger a las niñas.
Mariana nunca supo toda la verdad sobre el padre de sus hijas.
Yo sí.”
Roberto sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
Continuó leyendo.
“Cometí un error terrible al guardar silencio.
Cuando descubrí quién era, ya estaba casada contigo.”
Las letras comenzaron a desenfocarse.
Al final había una instrucción.
“Haz una prueba genética antes de confiar en Ferraz.”
Roberto levantó lentamente los ojos.
—Doctora.
Helena lo miró.
—Quiero hacerme una prueba de ADN.
Lucía frunció el ceño.
—¿Por qué?
Roberto no supo qué contestar.
Horas después, mientras Sofía dormía conectada a líquidos intravenosos, Helena regresó con el resultado preliminar urgente.
Tenía el rostro completamente pálido.
—¿Qué ocurre?
La doctora cerró la puerta.
—Repetimos la prueba dos veces.
Roberto se puso de pie.
—Dígamelo.
Helena dejó el informe sobre la mesa.
—Existe una relación biológica directa entre usted y Sofía.
Roberto sintió que el mundo se detenía.
—¿Soy su padre?
—No.
Aquella palabra le devolvió el aire durante medio segundo.
Entonces Helena continuó.
—La diferencia de edad y los marcadores descartan una relación paterna.
—Entonces ¿qué soy?
La doctora tragó saliva.
—Su hermano.
Roberto se quedó inmóvil.
Lucía levantó la cabeza desde la silla.
—¿Hermano?
—Eso es imposible —susurró Roberto—. Mi madre murió hace treinta y seis años.
Helena señaló el informe.
—Genéticamente, no hay muchas interpretaciones posibles.
En ese instante, el teléfono de Roberto sonó.
Número desconocido.
Contestó.
Una voz masculina habló.
—Señor Acevedo, soy Augusto Ferraz.
Roberto apretó la carta de Clara.
—Justamente estaba pensando en usted.
Al otro lado hubo silencio.
—Entonces ya encontró a las niñas.
Roberto sintió que se le helaba la sangre.
—¿Cómo sabe eso?
Ferraz ignoró la pregunta.
—Escúcheme con atención.
Su voz se volvió urgente.
—No permita que nadie vuelva a tomarles sangre.
—¿Por qué?
—Porque Sofía no está enferma por casualidad.

Roberto miró a la niña detrás del cristal.
—¿Qué le hicieron?
Ferraz respiró profundamente.
—Lo mismo que empezaron a hacerle a Clara antes de que usted descubriera que estaba muriendo.