PARTE 2: EL EMBARAZO QUE CAMBIÓ TODO

Miré a Daniel.

—¿Qué significa que no es normal?

Él giró el monitor hacia mí.

—Hay dos sacos gestacionales.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿Gemelos?

—Sí.

Daniel señaló la pantalla.

—Dos embriones. Ambos con actividad cardíaca.

Cerré los ojos.

Dos.

Había entrado allí convencida de que podía terminar con el último vínculo que me unía a Adrián.

Ahora escuchaba dos latidos.

—Quiero seguir adelante con el procedimiento.

Daniel no discutió.

Solo revisó otra vez mi expediente.

Entonces frunció el ceño.

—Clara, ¿te sometiste a algún tratamiento de fertilidad?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Su expresión me inquietó.

—¿Qué viste?

Daniel amplió una parte del informe.

—Nada concluyente. Pero quiero repetir algunos análisis antes de hacer cualquier procedimiento.

—¿Por qué?

—Porque hay algo extraño en tus resultados hormonales.

Lo miré fijamente.

—Habla claro.

—Tus valores no coinciden del todo con las ocho semanas que calculaste.

—Mi última menstruación fue hace ocho semanas.

—Lo sé.

Pausa.

—Pero el desarrollo parece ligeramente distinto entre ambos embriones.

Mi formación médica hizo que entendiera inmediatamente lo que estaba evitando afirmar.

—¿Estás diciendo que uno es más pequeño?

—Estoy diciendo que necesito confirmar las fechas.

Acepté los análisis.

No por Adrián.

Por mí.

Dos horas después seguía esperando cuando mi teléfono, recién encendido, explotó con mensajes.

Treinta y siete llamadas perdidas.

Veinticuatro de Adrián.

Cinco de mi suegra.

Tres del hospital.

Y uno de Vanessa.

“Clara, tenemos que hablar. Adrián no te ha contado toda la verdad.”

Bloqueé la pantalla.

Daniel regresó.

—Hay otra cosa.

Dejó un informe frente a mí.

—Tu grupo sanguíneo es O negativo.

—Lo sé.

—Adrián figura en tu historial como AB positivo.

—También lo sé.

—Entonces necesito preguntarte algo incómodo.

Me tensé.

—¿Has estado con otro hombre?

Lo miré incrédula.

—No.

—¿Estás segura de la paternidad?

Me levanté.

—Daniel.

—No te estoy acusando.

—Entonces explícate.

Se quitó las gafas.

—Encontré una anotación en tu historial que no debería estar aquí.

Me mostró la pantalla.

Procedimiento de reproducción asistida.

Fecha: cuatro meses atrás.

Paciente: Clara Evans.

—Eso es imposible.

—¿Nunca estuviste en esta clínica?

—Jamás.

Daniel se quedó inmóvil.

—Entonces alguien utilizó tus datos.

Sentí frío.

—¿Para qué?

—Eso tenemos que averiguarlo.

Antes de que pudiera responder, las puertas se abrieron.

Adrián entró.

Estaba pálido.

—Clara.

Daniel se interpuso.

—No puede entrar aquí.

—Es mi esposa.

—No por mucho tiempo —respondí.

Adrián me miró.

Después vio el ultrasonido.

Su expresión cambió.

—¿Ese es…?

—Son dos.

Se quedó completamente quieto.

—¿Dos?

—Gemelos.

Vi cómo se le llenaban los ojos de algo que habría querido ver tres días antes.

Ahora solo me dolía.

—Clara, no hagas nada todavía.

—No decides sobre mi cuerpo.

—Lo sé.

Aquella respuesta me sorprendió.

Adrián tragó saliva.

—Pero tienes que escucharme.

—Ya escuché suficiente esta madrugada.

—El bebé de Vanessa…

Se detuvo.

—¿Qué?

—Puede que no sea mío.

Solté una risa amarga.

—Qué conveniente.

—No estoy intentando salvar nuestro matrimonio.

—Entonces ¿qué estás intentando salvar?

Adrián miró a Daniel.

—¿Podemos hablar solos?

—No.

Daniel permaneció a mi lado.

Adrián sacó el teléfono.

Había mensajes de Vanessa.

Fechados semanas antes.

“Adrián, necesito que vengas. El tratamiento funcionó.”

Otro:

“No puedo explicártelo por teléfono.”

Y otro:

“Si Clara descubre lo de la clínica antes de que podamos hablar, todo se acabará.”

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Qué clínica?

Adrián no respondió.

Daniel sí.

—Esta.

El silencio fue absoluto.

—¿Conocías este lugar? —pregunté.

Adrián cerró los ojos.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Vanessa trabajó aquí durante unos meses después de volver de París.

Miré a Daniel.

Él ya estaba escribiendo algo en el ordenador.

—¿Qué estás buscando?

—Accesos a tu expediente.

Pasaron segundos.

Su expresión se endureció.

—Aquí está.

Giró la pantalla.

Mi historial había sido abierto repetidamente durante cuatro meses.

Usuario:

V. LAURENT.

Me quedé helada.

—Vanessa accedió a mi información médica.

—Eso parece.

Adrián dio un paso atrás.

—No sabía esto.

—Pero sabías que trabajaba aquí.

—Sí.

—Y dormiste con ella.

Su silencio respondió.

Daniel levantó una mano.

—Hay más.

Encontró un consentimiento digital para almacenamiento de material reproductivo.

Mi nombre aparecía arriba.

Mi firma debajo.

Nunca había visto aquel documento.

—Esa no es mi firma.

Daniel acercó la pantalla.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor.

Adrián miró el documento.

De pronto palideció.

—Yo conozco esa firma.

—¿Qué?

—No es de Clara.

Se acercó.

—Es de Vanessa.

Lo miré.

—¿Por qué sabrías cómo firma Vanessa?

—Porque hace años fui su contacto legal cuando comenzó sus tratamientos de fertilidad.

Otra verdad.

Otra habitación secreta dentro de mi matrimonio.

Me senté.

—Quiero que te vayas.

—Clara…

—Ahora.

Adrián salió.

Daniel pidió una revisión interna urgente.

Dos horas después, la directora médica apareció personalmente.

Traía una carpeta sellada.

—Doctora Evans, hemos encontrado irregularidades.

—¿Qué clase de irregularidades?

—Su identidad fue utilizada para registrar un procedimiento que usted no recibió.

—¿Qué procedimiento?

La mujer respiró profundamente.

—Una transferencia embrionaria.

Mi corazón comenzó a golpear.

—¿A quién?

La directora guardó silencio.

Ya sabía la respuesta.

—Vanessa.

Asintió.

Sentí náuseas.

—Entonces ¿el embarazo de Vanessa…?

—No podemos establecer la procedencia genética sin pruebas apropiadas.

—Pero utilizaron mi identidad.

—Sí.

—¿Por qué?

—Eso forma parte de lo que debemos investigar.

Daniel pasó las páginas.

Entonces se quedó quieto.

—Esperen.

—¿Qué?

Señaló un código de muestra.

—Este número aparece también en otro expediente.

Tecleó.

Su rostro perdió color.

—¿Cuál?

No respondió inmediatamente.

—Daniel.

Finalmente giró el monitor.

Mi nombre estaba en la pantalla.

El mismo código de lote aparecía asociado a una muestra utilizada meses atrás.

—¿Qué significa?

Daniel me miró.

—Que el material vinculado al procedimiento de Vanessa también aparece relacionado con tu embarazo.

No entendí.

—Yo concebí naturalmente.

—Eso creías.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Estás diciendo que alguien intervino en mi embarazo?

—Todavía no puedo decir qué ocurrió.

La directora cerró la carpeta.

—Necesitamos reconstruir toda la cadena de custodia.

Mi teléfono vibró.

Vanessa.

Esta vez contesté.

—¿Qué hiciste?

Al otro lado escuché llanto.

—Clara, yo no quería que terminara así.

—¿Qué hiciste con mis datos?

—No fui yo quien empezó esto.

—Entonces dime quién.

Silencio.

—Vanessa.

Su voz se quebró.

—Pregúntale a Adrián por qué congeló material reproductivo hace cuatro años.

Miré hacia la puerta.

Adrián seguía fuera.

—¿Cuatro años?

—Sí.

—¿Por qué?

Vanessa respiró profundamente.

—Porque alguien le dijo que tú nunca podrías darle hijos.

Se me heló la sangre.

Nunca había tenido un diagnóstico de infertilidad.

—¿Quién?

Vanessa tardó varios segundos.

—Su madre.

La llamada terminó.

Salí al pasillo.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Congelaste muestras hace cuatro años?

Su expresión respondió antes que sus palabras.

—Sí.

—¿Por qué?

—Mi madre me mostró un informe médico tuyo.

—¿Qué informe?

—Decía que probablemente eras estéril.

Solté una risa incrédula.

—Nunca me hicieron esas pruebas.

Adrián palideció.

Daniel apareció detrás de mí con otro documento.

—Clara.

Me giré.

—Acabamos de localizar el informe.

—¿Y?

—Es falso.

Adrián se quedó inmóvil.

Daniel continuó:

—Y no es el único documento falsificado.

Me entregó una hoja.

Era una solicitud de análisis genético prenatal registrada aquella misma madrugada.

Paciente:

Vanessa Laurent.

Presunto padre:

Adrián Miller.

Pero debajo había una segunda solicitud.

La mía.

Solicitada tres días antes de que yo descubriera que estaba embarazada.

—¿Cómo podían saberlo antes que yo?

Nadie respondió.

Hasta que Daniel pasó a la última página.

Allí figuraba la persona que había autorizado ambas pruebas.

Margaret Miller.

Mi suegra.

Y junto a su nombre había una nota clínica de hacía cuatro meses:

“Proceder con ambos embarazos. No informar al Dr. Miller hasta confirmar cuál produce el heredero compatible.”

Levanté lentamente la vista.

—¿Compatible con quién?

Daniel abrió el archivo adjunto.

Y entonces entendí que la infidelidad de Adrián quizá era apenas la superficie.

En la pantalla apareció el expediente de un niño de nueve años.

Diagnóstico hematológico grave.

Solicitud urgente de donante genéticamente compatible.

Nombre del paciente:

Lucas Miller.

Adrián miró la pantalla y retrocedió.

—Eso es imposible.

—¿Quién es Lucas? —pregunté.

Su rostro se volvió blanco.

—Mi hijo.

El pasillo entero pareció quedarse sin aire.

Adrián me miró.

—El hijo que mi familia me dijo que murió al nacer hace nueve años.

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