PARTE 2: LA MUJER QUE NO ESTABA DISPUESTA A COMPARTIRLO

A la mañana siguiente, Alexander se marchó temprano.

Antes de salir, me besó la frente.

—Confía en mí. Voy a arreglarlo.

Esperé hasta escuchar cerrarse la puerta.

Luego llamé a mi abogado.

—Quiero el divorcio.

Hubo un breve silencio.

—Natalie, ¿estás segura?

Miré la fotografía de nuestra boda.

—Completamente.

Pero antes de presentar nada, quería saber hasta dónde llegaba la mentira.

El investigador privado me envió una segunda carpeta aquella tarde.

Ivy no solo tenía una casa pagada por Alexander.

También poseía acciones de una empresa creada dieciocho meses atrás.

Monroe Holdings.

El capital inicial había salido de una subsidiaria de Shaw Global.

Más de doce millones de dólares.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

Alexander podía regalar su propio dinero.

Pero aquella subsidiaria no era completamente suya.

La mitad de sus acciones procedía del fideicomiso que mi padre había creado cuando nos casamos.

Llamé inmediatamente al director financiero.

—Quiero revisar todas las transferencias relacionadas con Monroe Holdings.

Su respuesta me sorprendió.

—Señora Shaw… pensé que usted ya las había autorizado.

—¿Yo?

Una hora después tenía los documentos.

Mi firma aparecía en seis transferencias.

Todas falsas.

Cuando Alexander regresó aquella noche, encontró las carpetas extendidas sobre la mesa.

Se quedó inmóvil.

—Natalie…

—¿También necesitabas tiempo para dejar de robarme?

Su rostro perdió el color.

—Yo nunca falsifiqué tu firma.

Me reí.

—¿Esperas que crea eso?

—No fui yo.

Entonces su teléfono sonó.

Ivy.

Alexander rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Esta vez contesté yo.

—¿Qué quieres?

Al otro lado hubo silencio.

Después escuché una respiración temblorosa.

—Natalie, tienes que salir de esa casa.

Alexander me arrebató el teléfono.

—¡Ivy!

Pero ella gritó antes de que pudiera colgar.

—¡Pregúntale por qué estuvo tres años en Europa!

Alexander quedó paralizado.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

Ivy comenzó a llorar.

—Yo nunca fui su amante al principio.

Alexander cerró los ojos.

—Cállate.

—Me contrató para investigar las transferencias.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Ivy continuó.

—Alguien estaba sacando dinero de Shaw Global usando tu identidad. Alexander descubrió que las autorizaciones parecían venir de tu ordenador personal.

Miré a mi marido.

—¿Por eso te fuiste?

—Al principio, sí.

—¿Y después?

No respondió.

Eso bastó.

Había empezado investigando una traición.

Y terminó cometiendo otra.

—¿Quién falsificó mis firmas?

Alexander se sentó lentamente.

—Nunca pude demostrarlo.

Ivy habló desde el teléfono.

—Yo sí.

Alexander levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué dijiste?

—Encontré el archivo original esta mañana.

Escuchamos teclas.

Un correo apareció en mi teléfono.

Abrí el documento adjunto.

Las transferencias habían sido preparadas desde una dirección IP vinculada a nuestra propia casa.

Pero la fecha de la primera falsificación era imposible.

Alexander estaba en Londres.

Yo estaba ingresada acompañando a mi padre durante sus últimos días.

Solo una persona había vivido aquí durante aquella semana.

La mujer a quien había confiado las llaves.

La misma mujer que durante años me había dicho que Alexander era demasiado importante para una esposa como yo.

Levanté la mirada.

—Tu madre.

Alexander no respondió.

Entonces Ivy dijo algo todavía peor.

—Natalie, hay otra cosa.

—¿Qué?

—Monroe Holdings nunca fue creada para mí.

Hizo una pausa.

—Está registrada a nombre de un beneficiario oculto.

Abrí la última página.

Y cuando vi el nombre, comprendí que la aventura de Alexander era apenas la superficie de algo mucho más antiguo.

El beneficiario era mi padre.

El hombre que llevaba dos años muerto.

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