—No —respondí.
Nathaniel me observó fijamente.
—¿No estás enojada?
—Ya no.
Durante unos segundos pareció aliviado.
No comprendía que la ira desaparece cuando también desaparece la esperanza.
Dos días después recibí el alta.
Nathaniel quiso llevarme a casa, pero el comisario Reynolds ya me esperaba.
—El avión sale pasado mañana —me informó—. Tus documentos para la gira están listos.
Nathaniel se detuvo.
—¿Qué gira?
Lo miré.
—La internacional.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos años. Quizá tres.
Su rostro cambió.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Ahora.
—Soy tu esposo, Lina.
Saqué un sobre del bolso.
—Precisamente.
Se lo entregué.
Nathaniel abrió los papeles.
Solicitud de divorcio.
Por primera vez vi desaparecer completamente su calma militar.
—No voy a firmar.
—Entonces lo resolverán los abogados.
Intentó acercarse.
—Estás tomando decisiones después de perder al bebé. Necesitas tiempo.
Lo miré directamente.
—Perdí a nuestro hijo cuando Clara me empujó.
Mi voz no tembló.
—Te perdí a ti cuando me encerraste por defenderme.
Nathaniel quedó inmóvil.
Entonces Clara apareció al final del pasillo.
Llevaba su cámara colgada al hombro.
La misma que Nathaniel había rescatado antes que a mí.
Reynolds la vio y frunció el ceño.
—Señorita Morgan, necesitamos esa cámara.
Clara retrocedió.
—¿Por qué?
—Porque las cámaras exteriores de la casa quedaron destruidas durante el terremoto. La suya estaba grabando.
Nathaniel giró hacia ella.
—¿Grabando?
Clara palideció.
Reynolds tomó la cámara.
Minutos después vimos el vídeo.
Primero apareció el salón.
Después las escaleras.
Y finalmente, tres días antes del terremoto, yo caminando delante de Clara.
Su mano salió claramente hacia mi espalda.
Me empujó.
Nathaniel dejó de respirar.
Pero la grabación continuó.
Clara bajó corriendo y se arrodilló junto a mí.
No para ayudarme.
Para recoger algo del suelo.
Mi amuleto.
El mismo que había llevado durante mi secuestro.
Nathaniel la miró.
—Dijiste que lo encontraste durante el operativo de rescate.
Clara no respondió.
Reynolds avanzó el vídeo.
Entonces escuchamos su voz hablando por teléfono mientras yo permanecía inconsciente.
—Funcionó. Perdió al bebé.
El rostro de Nathaniel se volvió blanco.
Pero la siguiente frase fue peor.
—Ahora solo falta que firme el divorcio. Después podremos contarle a Hayes quién organizó realmente el secuestro de Lina.
Nathaniel se lanzó hacia la pantalla.
—¿Qué acabas de decir?
Clara corrió hacia la puerta.
Dos soldados la detuvieron.
Yo apenas podía respirar.
Reynolds me miró.
—Lina, tenemos que reabrir tu expediente de secuestro.
Nathaniel negó lentamente.
—Clara me dio las coordenadas para rescatarte.
—Exactamente —respondió Reynolds.
Sacó un documento.
—Y acabamos de descubrir que conocía esas coordenadas seis meses antes de entregártelas.
El pasillo quedó en silencio.
Miré a Clara.
Por primera vez, su dulzura había desaparecido.
Y entonces entendí la verdad más aterradora.
Nathaniel llevaba años creyendo que Clara había salvado mi vida.
Pero quizá Clara era la razón por la que había tenido que ser salvada.
