Adrián miró a su padre con incredulidad.
—¿Qué ocurre?
Mi suegro dejó una carpeta sobre la mesa.
—Anoche utilizaste mi nombre para exigir que liberaran a Clara.
Adrián palideció.
—Solo intentaba evitar que exageraran el asunto.
—No —intervine—. Intentabas borrar las consecuencias.
Él me lanzó una mirada fría.
—Valeria, esto es entre mi familia y yo.
Su madre soltó una risa amarga.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Abrió la carpeta.
Había transferencias bancarias, autorizaciones de acceso y registros internos de Fuentes Pharma.
Mi suegro señaló una página.
—Clara no entró sola al área restringida.
Adrián guardó silencio.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién autorizó su tarjeta?
Mi suegro lo miró.
—Él.
Volví los ojos hacia mi marido.
—¿Le diste acceso a mi laboratorio?
—Solo temporalmente.
—¿Para qué?
No respondió.
Entonces su padre deslizó otra hoja hacia mí.
Era un correo enviado desde la cuenta corporativa de Adrián tres semanas antes.
Necesito una muestra biológica de la cohorte V-17 antes del cierre del trimestre.
V-17.
El conejo pertenecía precisamente a esa cohorte.
—Adrián —susurré—. ¿Qué estabas haciendo?
—Nada ilegal.
—Entonces explícame.
Clara apareció de pronto en la entrada.
Seguía pálida después del hospital.
—Yo puedo explicarlo.
Adrián se levantó.
—Cállate.
Ella se estremeció.
Aquella reacción me confirmó que había algo mucho más grande detrás del supuesto cumpleaños.
Clara empezó a llorar.
—Me dijiste que solo necesitabas sacar al animal del laboratorio.
—¡Clara!
—¡También dijiste que después fingiríamos que yo lo había cocinado por accidente!
El salón quedó completamente inmóvil.
La miré.
—¿El conejo no terminó en la cazuela?
Clara negó.
—No.
Sentí que se me helaba la espalda.
—Entonces ¿qué comiste?
—Carne que Adrián compró.
Mi suegro cerró los ojos.
Yo apenas conseguí formular la siguiente pregunta.
—¿Dónde está el animal?
Clara señaló a Adrián.
—Él se lo entregó a alguien.
Me puse de pie.
Los cinco millones dejaron de importarme.
Aquel conejo no era simplemente material costoso.
Contenía los últimos datos biológicos de un programa experimental que todavía no había sido patentado.
Si alguien quería robar nuestra investigación, necesitaba exactamente aquello.
Mi suegro dejó una última fotografía sobre la mesa.
Mostraba a Adrián saliendo del estacionamiento del laboratorio con una caja refrigerada.
Junto a él había un hombre que reconocí inmediatamente.
El director científico de nuestra principal competidora.
Adrián perdió toda expresión.
Mi teléfono sonó.
Era el responsable de bioseguridad.
—Doctora Fuentes, tenemos otro problema.
—¿Cuál?
—Revisamos el inventario completo después del incidente.
Hizo una pausa.
—V-17 no es lo único que falta.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Qué más desapareció?
—Tres años de muestras.
Miré a Adrián.
Pero el hombre al otro lado todavía no había terminado.
—Y todas las extracciones fueron autorizadas con su identificación, doctora.
—Eso es imposible.
—Lo sabemos.
Su voz descendió.
—Porque algunas autorizaciones fueron registradas mientras usted estaba fuera del país.
Adrián dio un paso hacia la puerta.
Su padre se interpuso.
Entonces comprendí que aquella noche yo no había descubierto una infidelidad.
Había descubierto que alguien llevaba años utilizando mi matrimonio para entrar en mi laboratorio.
