—¿Una boda? —pregunté.
Gabriel no respondió.
Renata sonrió antes que él.
—En tres semanas —dijo—. Aunque supongo que Gabriel olvidó mencionarlo.
Sentí que el café que llevaba en la mano se enfriaba entre mis dedos.
Miré a Gabriel.
—¿Es cierto?
—Valeria, puedo explicarlo.
—No hace falta.
Dejé el vaso sobre la mesa.
Durante dos semanas había permitido que aquel hombre apareciera cada mañana junto a la cama de su padre. Había aceptado sus cafés, sus preguntas, incluso aquella manera silenciosa de mirarme cuando creía que yo no lo veía.
Y todo ese tiempo tenía una boda preparada.
—Mi padre está vivo gracias a ti —dijo Gabriel—. Pero lo de Renata es más complicado.
Renata cruzó los brazos.
—No es complicado. Nuestras familias tienen un acuerdo empresarial y el matrimonio forma parte de la fusión.
La miré.
—Entonces felicidades.
Me di la vuelta.
—Valeria.
No me detuve.
Aquella noche llegué a casa mucho más tarde de lo habitual. Dejé el bolso sobre la mesa y me quedé mirando el techo durante varios minutos.
No estaba enamorada de Gabriel.
Me repetí aquello varias veces.
Pero algo dentro de mí se había acostumbrado a su presencia.
A sus mensajes.
A sus cafés.
A aquella mirada que parecía decir que, por primera vez en mucho tiempo, alguien me veía más allá de mi bata blanca.
Dos días después, Rogelio pidió hablar conmigo a solas.
—Doctora Torres, ¿Gabriel le hizo daño?
Me sorprendí.
—No.
El anciano suspiró.
—Entonces déjeme contarle algo antes de que sea demasiado tarde.
Me habló de la fusión.
De las empresas.
De Renata.
Y finalmente de una cláusula que me dejó sin palabras.
—Mi hijo no está obligado a casarse con ella —dijo Rogelio—. Cree que debe hacerlo para salvar la empresa familiar.
—¿Y usted quiere que yo lo convenza de lo contrario?
Rogelio sonrió.
—No. Quiero que usted sepa que Gabriel no está con ella por amor.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Gabriel estaba allí.
Había escuchado todo.
—Papá, basta.
Rogelio cerró los ojos.
—Entonces díselo tú.
Gabriel entró lentamente.
Me miró durante varios segundos.
—La boda se cancelará.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Por qué?
—Porque ayer descubrí algo sobre Renata.
Sacó una carpeta del interior de su chaqueta.
La dejó sobre la mesa.
—La fusión no salvará nuestra empresa.
Abrí la carpeta.
Había transferencias bancarias, correos y contratos.
Levanté la mirada.
—¿Qué es esto?
Gabriel respondió con una voz completamente distinta.
—Renata y su familia llevan meses intentando quedarse con el control de Santillán Medical.
Sentí un escalofrío.
—¿Y la boda?
—Era la última pieza del acuerdo.
Cerré la carpeta.
—Entonces ya sabes qué hacer.
Gabriel asintió.
Pero antes de marcharme, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Doctora Torres, si Gabriel rompe el compromiso, su padre perderá mucho más que una empresa.”
Debajo había una fotografía.
Rogelio saliendo del hospital.
Y una segunda línea:
“Usted también está involucrada.”
Levanté lentamente la mirada hacia Gabriel.
Él notó mi expresión.
—¿Qué ocurre?
Guardé el teléfono.

—Creo que tu problema acaba de convertirse en el mío.
Y por primera vez, Gabriel dejó de parecer un empresario poderoso.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que alguien llevaba mucho tiempo observándolos.