PARTE 2: LA VERDAD SALE A LA LUZ

Mi padre cerró la puerta detrás de él.

Nadie habló.

Daniel todavía tenía la mano levantada.

Mi padre miró primero a Daniel.

Después a Nora.

Finalmente me miró a mí.

—Baja esa mano.

Daniel obedeció.

Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en sus ojos.

—Señor Gu… esto no es lo que parece.

Mi madre corrió hacia mí.

—Sofia.

Me sostuvo antes de que pudiera perder el equilibrio.

—Mamá…

—No hables.

Mi padre ya estaba sacando el teléfono.

—Voy a llamar a emergencias.

Daniel dio un paso adelante.

—No hace falta. Ella solo tiene un resfriado.

Mi padre lo miró.

—Mi hija tiene fiebre, acaba de ser golpeada y acaba de decir que podría estar embarazada.

Daniel tragó saliva.

—Yo puedo llevarla.

—Tú no vas a llevar a ninguna parte a mi hija.

Nora cruzó los brazos.

—Están exagerando. Sofia siempre ha sido demasiado sensible.

Mi madre se volvió hacia ella.

—¿Tú la golpeaste?

Nora guardó silencio.

—Fue un accidente —intervino Daniel.

Mi madre soltó una risa amarga.

—¿Un accidente?

Entonces levantó su teléfono.

—Porque yo tengo algo que quizá quieras explicar.

Daniel palideció.

—¿Qué es eso?

—Los mensajes que le enviaste a mi hija durante estos últimos meses.

Me quedé inmóvil.

Mi madre había encontrado mi teléfono anterior.

En él estaban los mensajes de Daniel.

Las acusaciones.

Las publicaciones que había compartido.

Las conversaciones con Nora.

Todo.

Mi padre abrió una de las capturas.

—Aquí dice que una mujer debe obedecer a su prometido.

Deslizó el dedo.

—Aquí dices que querías que Sofia entregara su departamento.

Otro movimiento.

—Y aquí Nora te explica cómo presionarla para que devolviera la dote.

Nora perdió la sonrisa.

—Eso está fuera de contexto.

—Entonces explícalo.

Ella no respondió.

Daniel intentó acercarse a mí.

—Sofia, podemos hablar.

Retrocedí.

—No.

Fue una sola palabra.

Pero esta vez no tembló.

Mi padre tomó mi bolso.

—Nos vamos.

Daniel bloqueó la puerta.

—No pueden llevársela así. Es mi prometida.

Mi padre se quedó frente a él.

—Precisamente por eso.

—¿Qué significa?

—Que el compromiso acaba hoy.

Daniel abrió los ojos.

—No puedes decidir eso.

—Ella sí.

Todos me miraron.

Respiré profundamente.

—El compromiso terminó.

Daniel negó con la cabeza.

—Estás enferma. No sabes lo que estás diciendo.

—Lo sé perfectamente.

Mi madre me abrazó.

—Nos vamos a casa.

Daniel volvió a mirar mi abdomen.

Su expresión cambió.

—¿Y el bebé?

No respondí.

—Sofia, si estás embarazada, ese niño es mío.

Lo miré.

—El bebé no es una razón para quedarme contigo.

Daniel se quedó sin palabras.

En ese momento llegó una llamada.

Era la clínica.

Había pedido una consulta urgente después de recordar el retraso.

Contesté.

—¿Sí?

La voz al otro lado me pidió que acudiera inmediatamente para una evaluación.

Colgué.

Mi padre tomó las llaves.

—Nos vamos ahora.

Daniel intentó seguirnos.

—Sofia, espera.

Me detuve junto a la puerta.

Lo miré por última vez.

—Durante tres años creí que estaba construyendo una familia contigo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Hoy descubrí que solo estaba construyendo una vida de la que necesitaba escapar.

Salí.

No miré atrás.

En la clínica, los médicos confirmaron que necesitaba reposo y seguimiento.

Y también confirmaron algo más.

Estaba embarazada.

Mi madre lloró cuando escuchó la noticia.

Mi padre permaneció en silencio durante varios segundos.

Luego me tomó la mano.

—Este bebé tendrá una familia que lo quiera.

Asentí.

Pero mientras miraba la pantalla, mi teléfono comenzó a vibrar.

Daniel.

Una llamada.

Otra.

Otra.

Después llegó un mensaje.

“Necesitamos hablar. Nora me dijo algo que no sabía.”

Fruncí el ceño.

No respondí.

Llegó otro.

“Ella me dijo que el embarazo no puede ser mío.”

Sentí que el corazón se me detenía.

Mi padre vio mi expresión.

—¿Qué pasó?

Le mostré el teléfono.

Mi madre se quedó helada.

—¿Ahora también quiere negar al bebé?

Negué lentamente.

—No.

Miré el mensaje otra vez.

Porque había algo extraño.

Daniel no había escrito:

“¿El bebé es mío?”

Había escrito:

“Nora me dijo que el embarazo no puede ser mío.”

Eso significaba que Nora sabía algo.

Algo que yo desconocía.

Entonces llegó un tercer mensaje.

Esta vez de Nora.

“Si quieres saber por qué Daniel está dispuesto a perderte, pregunta quién pagó realmente los doscientos mil de la dote.”

Me quedé mirando la pantalla.

Mi padre se puso serio.

—No respondas.

Pero ya había entendido algo.

El dinero nunca había sido el verdadero problema.

La dote.

El embarazo.

Nora.

Las publicaciones.

Todo estaba conectado.

Y mientras guardaba el teléfono, recibí un último mensaje de un número desconocido:

“Señorita Sofia, tenemos documentos que demuestran que Daniel y Nora llevan meses preparando algo a sus espaldas.”

Debajo aparecía una fotografía.

Era un contrato.

Y en la parte inferior estaba mi firma.

Una firma que yo jamás había puesto.

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