Los golpes en la puerta continuaron durante casi diez minutos.
—¡Mamá! ¡Abre de una vez!
Dolores permaneció inmóvil.
No respondió.
Del otro lado, Ernesto cambió de estrategia.
—¡Solo me voy a quedar unos días!
Silencio.
—¡No tengo adónde ir!
Ella cerró los ojos.
Había escuchado esa frase demasiadas veces.
“Solo una semana.”
“Solo hasta que encuentre trabajo.”
“Solo mientras arreglo un problema.”
Siempre terminaba igual.
Meses viviendo a su costa.
Cuentas sin pagar.
Promesas incumplidas.
Y una casa cada vez más silenciosa.
Cuando comprendió que la puerta no se abriría, Ernesto lanzó una última amenaza.
—¡Te vas a arrepentir!
Después se escuchó cómo arrastraba las maletas por la banqueta.
Doña Chelo observó desde la acera.
—¿Necesita ayuda, Ernesto?
Él respondió con amargura.
—Mi madre ya perdió la cabeza.
Dolores alcanzó a escuchar cada palabra.
No abrió.
Media hora después, salió al patio.
Pancho seguía allí.
El enorme pastor mestizo movió la cola apenas la vio.
No ladró.
No rompió nada.
Solo se acercó despacio y apoyó el hocico sobre su mano.
—Tú no tienes la culpa de nada, ¿verdad?
El perro levantó las orejas.
Dolores suspiró.
Le sirvió agua limpia y buscó un poco de pollo hervido que había preparado para su propia comida.
Pancho comió con una desesperación que le llamó la atención.
—¿Hace cuánto no te alimentan bien?
Mientras el perro terminaba, Dolores descubrió algo extraño.
Debajo del collar había una marca rojiza.
Como si hubiera llevado una correa demasiado apretada durante mucho tiempo.
Le acarició el cuello con cuidado.
—Pobrecito…
Aquella noche casi no durmió.
No por Ernesto.
Por Pancho.
El animal lloraba bajito cada vez que escuchaba un automóvil pasar frente a la casa.
Parecía esperar a alguien.
A las seis de la mañana salió a barrer la entrada.
Doña Chelo cruzó la calle inmediatamente.
—¿Cómo amaneció?
—En paz.
La vecina sonrió.
—Hiciste bien.
Dolores negó lentamente.
—No fue fácil.
Chelo miró hacia el patio.
—¿Y el perro?
—Aquí sigue.
La vecina frunció el ceño.
—Qué raro.
—¿Por qué?
—Porque ayer escuché a Ernesto decirle a un muchacho que ese perro valía muchísimo dinero.
Dolores dejó de barrer.
—¿Muchísimo?
—Sí. Dijo algo de un criadero… y de un dueño que estaba desesperado buscándolo.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Una hora después, mientras Pancho descansaba bajo el limonero, alguien llamó a la puerta.
Dolores abrió con precaución.
No era Ernesto.
Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con uniforme azul y una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Aquí se encuentra un perro llamado Pancho?
Dolores sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Sí…
El hombre mostró una credencial.
—Soy médico veterinario del Centro Municipal de Bienestar Animal.
Ella abrió un poco más la puerta.
—¿Pasó algo?
El veterinario observó al perro desde la entrada.
Pancho, al verlo, comenzó a mover la cola con entusiasmo.
—¿Es suyo?
Dolores respondió con sinceridad.
—No.
Es de mi hijo… o eso me dijo.
El veterinario guardó silencio unos segundos.
Luego preguntó:
—¿Su hijo se llama Ernesto Ramírez?
Dolores asintió.
El hombre respiró hondo.
—Señora…
Abrió la carpeta.
Dentro había varias fotografías.
La primera mostraba a Pancho mucho más limpio, con un lazo rojo en el cuello, junto a una pareja de adultos mayores.
La segunda era un cartel.
“SE BUSCA. PANCHO. RECOMPENSA: 10,000 DÓLARES.”
Dolores sintió que el mundo se detenía.
—No entiendo…
El veterinario levantó lentamente la vista.
—Este perro desapareció hace cuatro días de una propiedad privada.
Los dueños llevan días buscándolo.
Y ayer alguien reportó haber visto a un hombre muy parecido a su hijo intentando venderlo por internet.
Dolores llevó una mano al pecho.
—No…
El veterinario continuó con voz tranquila.
—Por eso necesito hacerle una pregunta muy importante.
Señaló a Pancho.
—¿Está completamente segura de que Ernesto era el dueño… o simplemente llegó aquí con un perro que nunca le perteneció?
Dolores miró al animal.
Pancho seguía moviendo la cola, ajeno a la conversación.

Y por primera vez comprendió que las dos maletas, la ropa sucia y aquella llegada inesperada quizá nunca habían sido el verdadero problema.
Su hijo no estaba escondiéndose de una mala racha.
Podía estar huyendo de algo mucho más grave.