PARTE 2: LA MARCA BAJO LA OREJA

La sonrisa de Rodrigo desapareció en cuanto vio la expresión del médico.

No era la mirada tranquila de quien acaba de atender un parto.

Era la de un hombre que acababa de reconocer algo imposible.

Beatriz dio un paso al frente.

—Doctor, ¿hay algún problema con el bebé?

El médico no respondió de inmediato.

Seguía observando la pequeña marca oscura bajo la oreja izquierda del recién nacido.

Le temblaban las manos.

Mariana intentó incorporarse otra vez.

—Por favor… dígame si mi hijo está bien.

Entonces el doctor reaccionó.

Acercó al bebé a su madre y lo colocó con cuidado sobre su pecho.

—Su hijo está estable.

Respiró hondo antes de continuar.

—Pero necesito hacerle una pregunta.

Miró directamente a Rodrigo.

—¿Su padre se llamaba Alejandro Alcázar?

Rodrigo frunció el ceño.

—Sí.

—¿Murió hace aproximadamente treinta años?

El silencio cayó sobre la sala.

Beatriz palideció.

—¿Cómo sabe eso?

El doctor cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a hablar, tenía la voz quebrada.

—Porque yo fui el residente que recibió a Alejandro Alcázar la noche en que nació.

Nadie dijo una palabra.

El médico señaló con delicadeza la pequeña marca bajo la oreja del recién nacido.

—Los hombres de esa familia nacen con la misma marca desde hace generaciones.

Vi nacer a su padre con ella.

Después vi nacer a Rodrigo.

Y ahora…

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—Ahora acabo de recibir a su hijo.

Rodrigo quedó inmóvil.

Recordó todas las veces que había repetido que aquel bebé no podía ser suyo.

Las acusaciones.

Los rumores.

La campaña para convencer a todos de que Mariana lo había engañado.

Todo se derrumbó en unos segundos.

Beatriz fue la primera en reaccionar.

—Una marca no demuestra nada.

El médico la miró con firmeza.

—No estoy hablando de una prueba legal.

Estoy hablando de algo que jamás habría podido inventar.

Yo estuve presente en los tres nacimientos.

Rodrigo sintió un vacío en el estómago.

—Mariana…

Ella no respondió.

Solo abrazó un poco más a su hijo.

El pequeño dejó escapar un suave llanto antes de quedarse tranquilo entre sus brazos.

Fue entonces cuando uno de los abogados que esperaba fuera de la habitación asomó la cabeza.

—Señor Alcázar, necesitamos que firme unos documentos.

Rodrigo ni siquiera volteó.

Seguía mirando al bebé.

Mariana habló por primera vez desde que él había entrado.

—¿Venías a que firmara algo?

Él bajó lentamente la mirada.

No encontró palabras.

Ella respiró despacio.

—Qué curioso.

Hace catorce minutos ese niño “ya no era tu problema”.

Ahora quieres verlo.

Sacó el teléfono que estaba sobre la mesa auxiliar.

Todavía seguía abierto el último mensaje recibido.

“No vuelvas a buscarme. Ese bebé ya no es mi problema.”

Lo giró para que Rodrigo pudiera leerlo.

Él sintió que la garganta se cerraba.

Mariana bloqueó la pantalla.

Después levantó la vista con una serenidad que él nunca le había conocido.

—Llegaste demasiado tarde.

No para el parto.

Para ser su padre.

En ese momento llamaron suavemente a la puerta.

Una mujer de traje oscuro entró acompañada por un hombre con un portafolios.

Mariana sonrió apenas al verla.

—Licenciada Herrera.

La abogada asintió.

—Ya está todo preparado.

Traigo la documentación que revisamos anoche… y también las copias de los correos, las transferencias, los contratos y las firmas presuntamente falsificadas que usted resguardó.

Rodrigo giró lentamente hacia Mariana.

Solo entonces comprendió que, mientras él dedicaba meses a destruir su reputación, ella había estado reuniendo pacientemente cada prueba.

Y que el nacimiento de su hijo no sería el inicio de la derrota de Mariana.

Sería el comienzo del día en que todas sus mentiras tendrían que enfrentarse a la verdad.

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