Manuel llevó a Alvin hasta el viejo taller detrás del cobertizo.
Apartó una estantería y dejó al descubierto una pequeña caja de hierro empotrada en la pared.
La llave oxidada encajó perfectamente.
Dentro había documentos, fotografías y un sobre amarillento con el nombre de Alvin.
—¿Qué es todo esto?
Manuel bajó la mirada.
—La razón por la que Derek todavía no ha podido vender la casa.
Sacó la escritura original.
Treinta y ocho años atrás, Manuel y Carmen habían comprado la propiedad, pero una parte del terreno había quedado protegida mediante un antiguo acuerdo familiar.
Sin ciertas firmas originales, ninguna transferencia podía completarse.
—Derek nos hizo firmar un poder —confesó Manuel—. Dijo que era para pagar impuestos y administrar nuestras cuentas.
—¿Y después?
—Verónica empezó a controlar el dinero. Luego nos quitaron las tarjetas. Después dijeron que la casa ya era suya.
Alvin sintió que le ardía la mandíbula.
Su teléfono vibró.
Era Inez.
—Encontré algo —dijo la abogada—. Derek intentó transferir la propiedad hace seis semanas.
—¿Lo consiguió?
—No. Pero hay algo peor. Han retirado más de ciento ochenta mil dólares de las cuentas de tus padres.
Alvin miró a Manuel.
—Congélalo todo.
—Ya lo estoy haciendo.
En ese instante se encendieron las luces de la casa.
Verónica apareció en el patio.
—¿Manuel?
Luego vio a Alvin.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué haces aquí?
Alvin cerró la caja.
—Visitando a mis padres.
Derek salió detrás de ella.
—No puedes aparecer aquí y empezar a dar órdenes.
—Curioso —respondió Alvin—. Pensaba decirte exactamente lo mismo.
El teléfono de Derek sonó.
Miró la pantalla.
Después volvió a sonar el de Verónica.
Sus tarjetas acababan de ser bloqueadas.
—¿Qué hiciste? —preguntó Derek.
Alvin no respondió.
Manuel sí.
—Lo que debí hacer hace meses.
Entonces sacó del fondo de la caja otro sobre.
—Pero todavía no le has enseñado esto, hijo.
Alvin lo abrió.
Dentro había una copia de un documento firmado por Derek.
No era sobre la casa.
Era una solicitud para declarar legalmente incapaces a Carmen y Manuel.
Y la fecha de presentación era el lunes siguiente.
Pero el nombre del médico que supuestamente había evaluado a sus padres hizo que Alvin se quedara inmóvil.
Conocía aquel nombre.
Era uno de los invitados que, apenas unas horas antes, había visto bebiendo tranquilamente en la sala de sus padres.