Teresa apareció en la puerta.
Por primera vez desde que Lena había llegado, aquella mujer impecable parecía asustada.
—Nico —dijo—. Dame esa llave.
El niño retrocedió inmediatamente y se escondió detrás de Lena.
Matteo levantó la mirada.
—¿Por qué?
Teresa se detuvo.
—Porque el niño está confundido. Después de lo que ocurrió con su madre inventó muchas cosas.
—No estoy inventando —susurró Nico.
Matteo extendió la mano.
—Dámela, hijo.
Nico dudó.
Después depositó la pequeña llave en la palma de su padre.
Lena vio algo extraño en el rostro de Matteo.
No miedo.
Culpa.
Subieron al segundo piso.
El despacho de su esposa permanecía exactamente como la noche de su muerte.
Matteo introdujo la llave.
El cajón se abrió.
Dentro había documentos, fotografías y una memoria USB.
Teresa palideció.
—Matteo, antes de mirar eso deberías saber que ella estaba enferma. No pensaba con claridad.
Él conectó la memoria al ordenador.
Había varios videos.
En uno aparecía su esposa, Bianca.
Estaba sentada exactamente en aquel despacho.
—Matteo, si estás viendo esto, significa que no conseguí entregarte las pruebas personalmente.
Teresa dio un paso hacia el ordenador.
Uno de los hombres de Matteo bloqueó su camino.
Bianca continuó:
—Teresa lleva meses robando dinero de las cuentas de la casa y utilizando información privada para beneficiar a personas externas.
Matteo quedó inmóvil.
Pero el último archivo fue peor.
Una grabación mostraba el pasillo superior la noche en que Bianca sufrió la caída que terminó provocando su muerte.
Bianca discutía con Teresa.
No se veía todo con claridad.
Pero sí se escuchaba a Bianca decir:
—Mañana se lo contaré a Matteo.
Después, Teresa intentó arrebatarle algo de las manos.
Hubo un forcejeo.
Bianca perdió el equilibrio.
La grabación terminó segundos después.
Matteo cerró lentamente la computadora.
—Dos años —murmuró.
Miró a Teresa.
—Durante dos años dejé que cuidaras de mi hijo.
Teresa comenzó a llorar.
—Fue un accidente.
—Entonces ¿por qué escondiste la verdad?
No respondió.
Matteo llamó a sus hombres.
—Que nadie destruya nada. Llamen a mi abogado y entreguen las grabaciones a las autoridades.
Teresa intentó acercarse a Nico.
El niño se aferró a Lena.
Matteo se interpuso inmediatamente.
—No vuelvas a acercarte a mi hijo.
Cuando Teresa desapareció por el pasillo acompañada por seguridad, Nico comenzó a llorar en silencio.
Matteo se arrodilló frente a él.
—¿Por qué nunca me dijiste lo de la llave?
—Porque Teresa dijo que si hablaba, Lena también se iría.
Matteo cerró los ojos.
Aquella respuesta pareció dolerle más que todo lo demás.
Lena se agachó junto al niño.
—Yo no me voy por culpa de Teresa.
Nico levantó la cabeza.
—¿Promesa?
Lena sonrió.
—Promesa de panecillo de canela.
Por primera vez, Matteo soltó una pequeña risa.
Pero a la mañana siguiente Lena encontró un sobre sobre la mesa.
Dentro había dinero suficiente para pagar varios meses de renta y los medicamentos de Margot.
Debajo había una nota:
“Esto no es caridad. Es lo que debimos pagarte desde el principio.”
Lena fue directamente al despacho.
—No puedo aceptar esto.
Matteo levantó la vista.
—Puedes.
—Mi contrato no dice esa cantidad.
—Tu contrato tampoco decía que tendrías que descubrir lo que nadie en esta casa fue capaz de ver durante dos años.
Lena dejó el sobre sobre su escritorio.
—Yo no descubrí nada.
—Nico confió en mí.
—Hay una diferencia.
Matteo la observó durante unos segundos.
Entonces preguntó:
—¿Por qué bailabas anoche?
Lena parpadeó.
—¿Qué?
—En la cocina.
Sus mejillas se encendieron.
—Creía que estaba sola.
—Eso ya lo sé.
—Nico estaba triste.
Matteo bajó la mirada.
—Antes esa casa tenía música.
Lena comprendió que hablaba de Bianca.
No dijo nada.
Él tampoco.
Desde aquella noche, sin embargo, Matteo comenzó a regresar antes.
Primero a las once.
Después a las diez.
Una semana más tarde llegó antes de la cena.
Nico casi dejó caer el tenedor.
—¿Te despidieron?
Lena se atragantó intentando contener la risa.
Matteo miró seriamente a su hijo.
—No.
—Entonces estás enfermo.
—Come.
La casa comenzó a cambiar.
No porque Matteo dejara de ser el hombre al que media ciudad temía.
Sino porque empezó a recordar que, antes de proteger un imperio, tenía un hijo esperando en casa.
Meses después, Lena volvió a bailar en la cocina.
Esta vez escuchó pasos detrás.
Se giró inmediatamente.
Matteo estaba apoyado en la puerta.
—Continúa.
Lena levantó la cuchara.
—¿Va a despedirme?
—Nico duerme mejor desde que llegaste.
Miró la harina esparcida por todas partes.
—Mi cocina, en cambio, está sufriendo consecuencias graves.
Lena sonrió.
—Entonces descuéntelo de mi sueldo.
Matteo recordó las primeras palabras que ella había pronunciado en aquella casa.
Y negó lentamente.
—No.
Desde debajo de la mesa apareció Nico.
—¡Papá, tienes que bailar!
Matteo lo miró horrorizado.

Lena comenzó a reír.
Y aquella noche, por primera vez en años, la mansión Duca dejó de parecer una fortaleza.
Porque la llave había abierto el escritorio de Bianca.
Pero Lena había abierto algo mucho más difícil:
una casa que llevaba demasiado tiempo cerrada por el miedo.