Durante tres segundos no respondí.
Vivian seguía mirándome con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque conozco esos trazos.
Señaló mi pantalla.
—Bai Xia dibuja las manos exactamente así.
Miré la ilustración abierta.
Había cometido un error.
Sin darme cuenta, había utilizado el mismo pequeño detalle que llevaba años apareciendo en mis trabajos: una línea doble casi imperceptible en los nudillos.
Sonreí.
—¿Y si fuera ella?
Vivian abrió la boca.
Luego se tapó la cara con ambas manos.
—No puede ser.
—Baja la voz.
—¡¿Eres Bai Xia?!
Media oficina se giró.
—Vivian.
Ella bajó inmediatamente el volumen.
—Dios mío.
Acercó la silla.
—Tengo tres libros ilustrados por ti.
—Técnicamente, no son míos.
—No me importa.
Sonreí por primera vez en semanas.
Aquella tarde le conté la verdad.
No toda.
Solo la parte profesional.
Vivian prometió guardar el secreto.
Y lo hizo.
Los meses siguientes fueron sorprendentemente tranquilos.
Trabajaba en Greenwood durante el día.
Por las noches seguía publicando como Bai Xia.
Mis ingresos crecieron.
Una plataforma de videojuegos me ofreció 1,2 millones de yuanes por diseñar la identidad visual de una nueva franquicia.
Después llegó una editorial de Shanghái.
Luego una marca internacional.
Por primera vez comprendí que quizá había pasado años haciendo pequeña mi vida para que Ethan pudiera sentirse grande dentro de ella.
Seis meses después de llegar a Shenzhen, Greenwood recibió su contrato más importante.
Una empresa tecnológica de Beijing abriría una nueva división en el sur y necesitaba una campaña completa de identidad visual.
El jefe reunió a todos.
—El cliente viene mañana.
Vivian miró el nombre del proyecto.
—Reed Digital.
Sentí que algo se detenía dentro de mí.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada.
Pero sí pasaba.
Reed Digital era la empresa de Ethan.
A la mañana siguiente llegaron cuatro ejecutivos.
Ethan entró el último.
Traje oscuro.
Reloj nuevo.
La misma forma de caminar.
Yo estaba sentada al fondo.
Él no me vio hasta que comenzaron las presentaciones.
Entonces nuestros ojos se encontraron.
Se quedó inmóvil.
—Nora.
Toda la sala nos miró.
Yo asentí.
—Señor Reed.
Su expresión cambió.
No esperaba aquello.
Durante cuatro años yo había sido “Nora”.
Su novia.
Su futura esposa.
La mujer que esperaba en casa.
Ahora era una diseñadora sentada frente a él como parte del equipo que su empresa necesitaba contratar.
Después de la reunión me encontró junto al ascensor.
—¿Podemos hablar?
—Tenemos cinco minutos.
—¿Cinco?
—Tengo trabajo.
Ethan soltó una risa incrédula.
—Sigues enfadada.
—No.
—Entonces ¿por qué hablas conmigo así?
Lo miré.
—Porque ya no tenemos una relación que justifique hablar de otra manera.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Antes de entrar pregunté:
—¿Cómo está Lucía?
Su rostro se tensó.
—No estamos juntos.
Aquello sí me sorprendió.
—Pensé que la amabas.
—También yo.
—Entonces supongo que ambos aprendimos algo.
Entré.
Ethan sujetó la puerta.
—Nora, espera.
—¿Qué?
—Lucía renunció tres semanas después de que te fueras.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Sí tiene.
Bajó la voz.
—Porque descubrí que nunca estuvo interesada en mí.
Lo observé.
—¿Entonces?
—Estaba interesada en ti.
Las puertas intentaron cerrarse.
Ethan retiró la mano.
—¿Qué significa eso?
—Lucía preguntaba constantemente por tu trabajo, tus horarios, tus dibujos.
Sentí un ligero escalofrío.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Esa noche revisé mis antiguos correos.
Encontré algo que había olvidado.
Cuatro meses antes de nuestra ruptura, una agencia llamada Grant Cultural Management me había enviado tres propuestas de representación para Bai Xia.
Nunca contesté.
Grant.
Lucía Grant.
Al día siguiente, Vivian llegó corriendo.
—Nora, tenemos un problema.
Me mostró el teléfono.
Una cuenta de entretenimiento acababa de publicar:
“LA VERDADERA IDENTIDAD DE BAI XIA PODRÍA HABER SIDO DESCUBIERTA.”
Debajo aparecía una fotografía mía entrando en Greenwood.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Nadie fuera de un círculo muy pequeño sabía quién era.
Treinta minutos después llamó mi agente.
—Alguien está intentando registrar “Bai Xia” como marca comercial.
—¿Quién?
—Una empresa de Beijing.
—¿Nombre?
Hubo una pausa.
—Grant Creative Holdings.
Sentí frío.
Aquello ya no parecía una coincidencia.
Ethan regresó esa misma tarde.
Esta vez venía solo.
Puso una carpeta sobre mi escritorio.
—Encontré esto en los archivos de Lucía.
Dentro había capturas de mis publicaciones.
Contratos.
Estimaciones de ingresos.
Incluso fotografías tomadas durante los años en que Ethan y yo vivíamos juntos.
—¿Ella me investigaba?
—Sí.
Pasé otra página.
Había una valoración.
“BAI XIA — POTENCIAL COMERCIAL ESTIMADO A CINCO AÑOS: 80-120 MILLONES DE YUANES.”
Me quedé helada.
Ethan también.
—Nunca supe cuánto ganabas —dijo.
—Porque nunca preguntaste.
—Creí que hacías pequeños trabajos por internet.
—Lo sé.
Su rostro mostró algo parecido a vergüenza.
Entonces encontré una fotografía.
Yo estaba en una cafetería.
Fecha:
cinco meses antes de nuestra boda cancelada.
Lucía estaba sentada tres mesas detrás.
—Ella ya me seguía antes de entrar en tu empresa.
Ethan palideció.
—Eso significa que…
—Que acercarse a ti probablemente era parte del plan.
La última página contenía una frase:
“FASE DOS: generar separación antes del registro matrimonial.”
Levanté lentamente la mirada.
Ethan parecía incapaz de respirar.
—¿Lucía provocó nuestra ruptura?
—No.
Cerré la carpeta.
—Tú la provocaste.
—Nora…
—Ella pudo acercarse. Pudo manipularte. Pudo hacerte creer cosas.
Lo miré directamente.
—Pero tú decidiste decirme que amabas a otra mujer.
No discutió.
Por primera vez, Ethan simplemente bajó la cabeza.
Aquella noche recibí una llamada.
Número desconocido.
—¿Nora Chen?
—Sí.
—Soy abogado de Grant Cultural Management.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
—Creo que sí.
Su siguiente frase me dejó inmóvil.
—Lucía Grant desapareció hace cuatro meses.
—¿Desapareció?
—Y antes de desaparecer dejó una carpeta para usted.
A la mañana siguiente fui acompañada por Vivian a un despacho de abogados.
El abogado colocó sobre la mesa una caja sellada.
Dentro estaba el contrato que Grant Cultural me había ofrecido años atrás.
Pero había algo extraño.
La primera propuesta estaba fechada seis años antes.
Yo todavía estaba en la universidad.
Todavía no existía Bai Xia.
—Esto es imposible.
—Siga leyendo.
Había bocetos.
Mis bocetos.
Dibujos que jamás había publicado.
Algunos los había hecho cuando tenía diecisiete años.
—¿De dónde sacaron esto?
El abogado me entregó una carta escrita por Lucía.
“Nora:
Si estás leyendo esto, significa que no conseguí detenerlos.
Yo no entré en Reed Digital porque quisiera quitarte a Ethan.
Entré porque necesitaba acercarme a él sin que sospechara que estaba buscando algo que su familia había escondido durante años.”
Miré a Ethan, que había insistido en acompañarnos pero esperaba al otro lado de la sala.
Seguí leyendo.
“Bai Xia nunca fue un nombre que inventaste tú.”
Mis dedos se detuvieron.
Eso era absurdo.
Recordaba perfectamente haber elegido el seudónimo.
O al menos creía recordarlo.
El abogado sacó un documento amarillento.
Registro de propiedad intelectual.
Fecha:
veintidós años atrás.
Marca:
BAI XIA.
Titular original:
LIN MEI ART STUDIO.
—¿Quién es Lin Mei? —preguntó Vivian.
Yo conocía aquel nombre.
Pero no entendía qué hacía allí.
—Era mi madre.
Mi madre había muerto cuando yo tenía nueve años.
El abogado abrió otra carpeta.
Dentro había contratos de ilustración, diseños y personajes.
Todos firmados por ella.
Y todos llevaban aquel mismo nombre.
Bai Xia.
—Mi madre era ilustradora.
—Era mucho más que eso —respondió el abogado.
Colocó una valoración sobre la mesa.
Antes de morir, Lin Mei había creado una biblioteca de personajes y diseños que años después había sido utilizada por varias empresas sin reconocer públicamente su autoría.
Entre ellas aparecía una que conocía demasiado bien.
Reed Media Group.
La empresa fundada por el padre de Ethan.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—¿Qué tiene que ver la familia Reed con mi madre?
El abogado me entregó la última carta de Lucía.
“Ethan no sabía nada cuando te conoció.”
Respiré.
“Pero su padre sí.”
Miré hacia Ethan.
Él se había puesto de pie.
“Cuando descubrieron que la hija de Lin Mei había comenzado a publicar bajo el mismo seudónimo que su madre, alguien decidió vigilarte.”
La siguiente línea estaba subrayada.
“Tu relación con Ethan no fue planeada.”
Sentí un extraño alivio.
Duró exactamente dos segundos.
“Pero vuestra boda sí se convirtió en un problema.”
—¿Por qué? —pregunté.
El abogado abrió el último documento.
Era una cláusula de un antiguo acuerdo entre mi madre y Reed Media.
Si Lin Mei fallecía, los derechos permanecerían temporalmente administrados por la empresa.
Hasta que su heredera legal cumpliera treinta años.
O contrajera matrimonio.
Lo que ocurriera primero.
Me quedé inmóvil.
—Yo iba a casarme al día siguiente.
—Sí.
—Entonces, si me hubiera casado…
—La administración de esos derechos habría terminado automáticamente.
Vivian se tapó la boca.
—¿Cuánto valen?
El abogado tardó en responder.
—Con las licencias actuales, probablemente más de doscientos millones de yuanes.
El silencio fue absoluto.
Entonces Ethan habló detrás de mí.
—Mi padre sabía que Nora era la heredera.
El abogado lo miró.
—Desde el principio.
—¿Y Lucía?
—Fue contratada para retrasar el matrimonio.
Ethan perdió el color.
—¿Por mi padre?
El abogado no respondió.
En lugar de eso, sacó una fotografía tomada la noche anterior a nuestra boda cancelada.
Ethan estaba entrando en nuestro edificio.
Lucía esperaba dentro de un automóvil al otro lado de la calle.
Y en el asiento del conductor había un hombre.
El padre de Ethan.
Pero aquello no era lo que me dejó sin respiración.
Era la fecha escrita detrás.
Porque la fotografía había sido tomada a las 11:48 de la noche.
Exactamente doce minutos después de que Ethan me confesara que amaba a Lucía.
Debajo, con la letra de ella, había una frase:
“Él hizo lo que querían. Nora cancelará la boda.”
Y una segunda:
“Pero cometieron un error.”
Volteé la fotografía.
Allí continuaba:
“Nora no necesita casarse para recuperar los derechos.”
Miré al abogado.
—¿Qué significa?
Él abrió lentamente un sobre rojo.
—Que cumplió treinta años hace seis días.
Colocó frente a mí un certificado.
—Desde la medianoche de su cumpleaños, Reed Media perdió legalmente la administración de toda la obra de su madre.
Ethan se quedó inmóvil.
—Mi padre no sabe esto.
El abogado negó.
—Todavía no.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un correo urgente de Greenwood.
Reed Media acababa de presentar una oferta para comprar el estudio completo.
Y la persona que llegaría esa misma tarde a Shenzhen para cerrar la adquisición era el padre de Ethan.
El hombre que llevaba años administrando en secreto el legado de mi madre.
El hombre que creía que Bai Xia seguía siendo solo una ilustradora anónima.
Y que todavía no sabía que, desde hacía seis días, todo aquello que su empresa había construido utilizando los dibujos de mi madre acababa de volver legalmente a mis manos.
