Marqué el número de mi padre.
Una vez.
Dos veces.
La llamada no entró.
Miré la pantalla.
Sin señal.
El barco se alejaba demasiado de la costa.
Entonces recordé algo.
El sistema de comunicación de emergencia del salón de navegación.
Mi padre me lo había enseñado durante la primera noche.
—Si alguna vez ocurre algo con el barco, pulsa este botón y la señal irá directamente al capitán.
Me arrodillé frente al panel.
Mis dedos temblaban tanto que casi no acerté al botón.
Lo presioné.
Una luz roja comenzó a parpadear.
Afuera, los pasos de Lucas se detuvieron.
—Valeria.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Dónde estás?
No respondí.
La manija comenzó a moverse.
—Amor, abre.
Cerré los ojos.
—No.
Silencio.
Después una risa baja.
—¿Qué has escuchado?
Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que podía oírlo.
—Todo.
La manija dejó de moverse.
Durante unos segundos no hubo ningún sonido.
Luego Lucas habló.
—Valeria, estás confundida.
—Sé lo que dijiste.
—Los medicamentos pueden provocarte alucinaciones.
—No estoy alucinando.
—Abre la puerta.
—No.
Su tono cambió.
—Si sales por tu cuenta, puedes caerte.
—¿Como cuando me lleves a popa?
Silencio.
Aquello fue suficiente.
Había escuchado demasiado.
Lucas dejó de fingir.
—Dame el teléfono.
Me aparté del panel.
—No.
—Dámelo.
Su voz ya no era la del hombre que me había besado frente al altar.
Era fría.
Impersonal.
La voz de alguien que estaba calculando cuánto tiempo tenía antes de que apareciera un problema.
Entonces escuché otra voz.
—Lucas.
Roderick.
—No podemos esperar.
—Lo sé.
—La tormenta se acerca.
—Primero necesito el teléfono.
Me llevé una mano a la boca.
Estaban discutiendo qué hacer conmigo como si yo no estuviera detrás de aquella puerta.
Entonces escuché un sonido diferente.
Un pitido.
La señal de emergencia había sido recibida.
Una voz salió del altavoz.
—Puente a salón de navegación. ¿Todo está bien?
No respondí inmediatamente.
Lucas golpeó la puerta.
—¡Valeria! ¡Abre ahora!
La voz del capitán volvió a escucharse.
—Señora Montes, si está ahí, responda.
Respiré profundamente.
—Capitán…
La puerta recibió otro golpe.
—Necesito ayuda.
Silencio.
Después:
—Entendido.
Escuché pasos corriendo por el pasillo.
Lucas se apartó.
—¿Qué hiciste?
Por primera vez escuché miedo verdadero en su voz.
No respondí.
El capitán llegó acompañado por dos miembros de la tripulación.
—Señora Montes, abra la puerta.
Deslicé el seguro.
La puerta se abrió.
El capitán me vio y su expresión cambió.
—Dios mío.
—Necesito un médico.
—Ahora mismo.
Uno de los tripulantes me sostuvo mientras salíamos.
Lucas estaba al final del pasillo.
Su rostro había recuperado aquella expresión amable.
—Mi esposa está enferma —dijo rápidamente—. Está teniendo una reacción al medicamento.
El capitán lo miró.
—¿Qué medicamento?
Lucas abrió la boca.
No respondió.
El capitán miró al médico de a bordo.
—Revise qué ha tomado.
El médico entró al camarote.
Encontró el pastillero.
Luego encontró mi vaso.
Después abrió la sopa que había quedado sobre la mesa.
Su expresión se volvió seria.
—Capitán, quiero que la señora Montes permanezca lejos de su esposo.
Lucas dio un paso adelante.
—Esto es ridículo.
—No se acerque.
—Soy su marido.
—Y yo soy el capitán de este barco.
Roderick apareció detrás de él.
—Esto es un malentendido.
Entonces sonó otro teléfono.
El del capitán.
Respondió.
—Sí.
Escuchó.
Su mirada pasó lentamente hacia mí.
—Entendido.
Colgó.
—La autoridad portuaria está enviando una embarcación para interceptarnos.
Lucas se quedó completamente inmóvil.
—¿Por qué?
El capitán no respondió.
Yo sí.
—Porque mi padre acaba de recibir la alerta de emergencia.
Lucas palideció.
Pero todavía quedaba algo.
La grabación.
Antes de salir del salón de navegación, había activado el sistema de audio interno.
No sabía si había registrado toda la conversación.
El capitán revisó el panel.
Un archivo apareció en la pantalla.
17:32.
17:33.
17:34.
Las voces estaban allí.
Claras.
Perfectamente audibles.
“Dos pastillas cada noche.”
“Hoy le puse un poco más en la sopa.”
“A medianoche no va a poder ni mantener los ojos abiertos.”
Y después:
“Cuando la declaren desaparecida en el mar, movemos todo a las cuentas de Suiza.”
Lucas cerró los ojos.
Roderick se quedó blanco.
Gertrude comenzó a llorar.
Yo los miré desde el otro lado de la habitación.
Hasta ese momento había tenido miedo de morir.
Ahora tenía otro miedo.
Que mis padres todavía estuvieran en peligro.
—Capitán —dije—, hay algo más.
—¿Qué?
—Escuché a Lucas decir que alguien provocaría un accidente a mis padres la próxima semana.
El capitán tomó inmediatamente el teléfono.
—Necesitamos comunicarlo a tierra.
Lucas levantó la cabeza.
—¡Eso es mentira!
El capitán lo ignoró.
—Señora Montes, ¿puede identificar la ruta que tomarían sus padres?
Asentí.
—Salt Lake City.
—Entonces informaremos a las autoridades.
Me senté.
Las piernas ya no podían sostenerme.
El médico se arrodilló frente a mí.
—El medicamento que tomó puede explicar buena parte de su debilidad. Necesito trasladarla al hospital en cuanto lleguemos a puerto.
Miré hacia Lucas.
Él ya no intentaba acercarse.
Estaba rodeado por dos miembros de la tripulación.
Su rostro parecía el de un desconocido.
Entonces mi teléfono vibró.
Una llamada entrante.
Mi padre.
Contesté.
—Papá…
Su voz sonó alterada.
—Valeria, ¿qué está pasando?
Miré a Lucas.
Después a sus padres.
—Papá, escucha con atención.
—¿Qué?
—No viajes a Salt Lake City.
Silencio.
—¿Por qué?
Cerré los ojos.
—Porque acabo de descubrir que mi matrimonio nunca fue una historia de amor.
Miré el pastillero sobre la mesa.

—Fue un plan.
Y mientras el barco comenzaba a cambiar de rumbo, comprendí que aquella noche no solo había sobrevivido a un intento de asesinato.
Había descubierto una conspiración que llevaba preparándose mucho antes de que Lucas me pusiera el anillo en el dedo.