No respondí a su pregunta.
Guardé el teléfono y pasé todo el fin de semana intentando convencerme de que aquellas dos líneas podían estar equivocadas.
El lunes, la doctora confirmó lo contrario.
—Seis semanas aproximadamente.
Miré la pantalla del ultrasonido.
Allí estaba.
Una pequeña vida que había comenzado justo cuando mi matrimonio terminaba.
—¿Está bien?
La doctora sonrió.
—Por ahora, todo parece normal.
Salí de la clínica con la fotografía dentro del bolso y una decisión.
No llamaría a Ethan todavía.
Necesitaba tiempo.
Pero Ethan Blackwood nunca había sido un hombre paciente.
Aquella tarde apareció frente a mi antiguo apartamento.
—No enviaste el reloj.
Lo había olvidado completamente.
—Lo siento.
Entré en el dormitorio, abrí la caja fuerte y se lo entregué.
Ethan no se marchó.
Me observó.
—Estás pálida.
—Estoy cansada.
—¿Has estado enferma?
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—Ya no eres mi marido.
Aquello lo hizo callar.
Finalmente tomó el reloj.
—Tienes razón.
Cerré la puerta.
Creí que había terminado.
Tres semanas después, estaba vomitando en el baño de un restaurante cuando escuché una voz conocida afuera.
—Emma.
Me quedé inmóvil.
Ethan.
Había asistido a la misma cena benéfica.
Salí y me lavé las manos.
Sus ojos descendieron hacia mi abdomen.
Todavía no se notaba nada.
Pero Ethan siempre había sido aterradoramente bueno con los números.
—¿Cuándo fue tu última menstruación?
Lo miré incrédula.
—No te atrevas.
—Estás embarazada.
No era una pregunta.
—No es asunto tuyo.
Su rostro cambió.
—Si es mío, sí.
—Curioso.
Me acerqué.
—Cuando era tu esposa, mis cumpleaños no eran asunto tuyo.
—Mis cenas tampoco.
—Ni mis noches sola.
—Pero ahora mi cuerpo sí te interesa.
Ethan apretó la mandíbula.
—Quiero una prueba de paternidad.
Aquella frase terminó cualquier duda que aún pudiera tener sobre contárselo.
—Perfecto.
Saqué del bolso la ecografía.
Se la puse en la mano.
—Quédate con eso.
Sus dedos temblaron al mirar la imagen.
Era la primera vez que veía a Ethan Blackwood perder completamente el control.
—Emma…
—No confundas ser el padre biológico con volver a ser mi marido.
Me marché.
A la mañana siguiente recibí una llamada de mi abogado.
—Emma, necesito que vengas.
—¿Qué ocurrió?
—Encontramos un problema con el acuerdo de divorcio.
Sentí frío.
—¿Qué problema?
—Ethan transfirió mucho más dinero del que figuraba originalmente.
Fui inmediatamente.
Mi abogado colocó los documentos frente a mí.
El acuerdo decía una cifra.
La transferencia real era casi diez veces mayor.
—¿Por qué haría eso?
—Eso intentamos averiguar.
Entonces encontramos una cláusula adicional.
Había sido incorporada por los abogados de Ethan cuarenta y ocho horas antes del divorcio.
Hablaba específicamente de cualquier hijo concebido antes de la disolución matrimonial.
Leí la fecha.
Luego otra vez.
Ethan había añadido aquella cláusula antes de nuestra última noche juntos.
Sentí que se me helaba la sangre.
Lo llamé.
Respondió inmediatamente.
—¿Sabías que podía estar embarazada antes de firmar?
Silencio.
—Ethan.
—Sí.
Casi dejé caer el teléfono.
—¿Cómo?
Su respiración cambió.
—Porque aquella noche no fue la primera vez que sospeché que estabas embarazada.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Tres meses antes del divorcio encontré una prueba positiva en nuestro baño.
El mundo pareció detenerse.
—Eso es imposible.
Yo nunca había hecho aquella prueba.
Entonces Ethan pronunció el nombre de una mujer que no había visto desde hacía meses.
—Era de mi hermana.
Se me cortó la respiración.
Porque Ethan no tenía ninguna hermana.
Al menos, no una que estuviera viva.
