—¿Qué encontraste?
Teresa miró a Leo antes de responder.
—Una cámara.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Una cámara?
—Escondida dentro del detector de humo.
Sacó su teléfono.
Había tomado fotografías antes de retirarla.
El dispositivo apuntaba directamente hacia la cuna.
—¿Por qué Adrian vigilaría a Leo?
—Eso no es lo peor.
Teresa abrió otra imagen.
Dentro del aparato había una tarjeta de memoria.
—Hice una copia.
La llevé inmediatamente a una habitación privada del hotel.
Mi abogado, Marcus Reed, llegó quince minutos después.
Conectamos la tarjeta a un portátil.
Había semanas de grabaciones.
Leo durmiendo.
Teresa cambiándole los pañales.
Yo entrando por las noches para comprobar que respiraba.
Entonces apareció Adrian.
La fecha correspondía a tres semanas atrás.
Entró solo en la habitación y sacó varios documentos de su chaqueta.
Los colocó sobre la cómoda mientras hablaba por teléfono.
—Después de casarnos, presentaré la petición.
Hubo una pausa.
—Elena firmará lo que sea si cree que protege a Leo.
Marcus detuvo el vídeo.
—¿Qué petición?
Seguimos mirando.
Adrian levantó uno de los documentos.
La imagen era borrosa, pero pude distinguir dos palabras.
ADOPCIÓN LEGAL.
Sentí náuseas.
No quería convertirse en el padre de Leo por amor.
Quería derechos legales sobre mi hijo.
Marcus llamó inmediatamente a su equipo.
—Cancela cualquier autorización pendiente relacionada con Hayes.
Luego me miró.
—Y cambia las claves corporativas ahora.
Lo hice desde allí mismo.
Acceso bancario.
Documentos societarios.
Propiedades.
Fideicomiso de Leo.
Todo quedó bloqueado antes de que Adrian supiera que la boda había terminado.
Veinte minutos después comenzó a llamarme.
No respondí.
Finalmente apareció en el pasillo.
Todavía llevaba el esmoquin.
—Elena, ¿por qué están diciendo que la ceremonia se retrasa?
Lo miré.
—No está retrasada.
—¿Qué?
—Está cancelada.
Su rostro cambió.
—¿Qué demonios estás diciendo?
Le mostré mi teléfono.
Reproduje su propia voz.
“No amo a Elena como ella cree.”
Adrian quedó blanco.
—Puedo explicarlo.
—No hace falta.
Entonces escuchó la siguiente grabación.
La de la habitación de Leo.
Por primera vez perdió completamente la compostura.
—¿Dónde conseguiste eso?
Marcus apareció detrás de mí.
—Esa debería ser la menor de sus preocupaciones.
Adrian intentó acercarse.
Teresa tomó a Leo y retrocedió.
—Elena, escucha. La adopción era para protegerlo.
—¿De quién?
No respondió.
Y aquel silencio me inquietó más que todas sus mentiras.
Entonces Marcus recibió un mensaje.
Lo leyó dos veces.
—Tenemos otro problema.
Me enseñó la pantalla.
Su equipo había revisado los documentos de adopción.
Adjunto al expediente había un informe de paternidad.
—Eso es imposible —susurré.
Marcus negó lentamente.
—No si alguien llevaba meses preparándolo.
Tomé el teléfono.
El informe afirmaba que el padre biológico de Leo no era el hombre que me había abandonado durante el embarazo.
Había otro nombre.
ADRIAN HAYES.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Qué hiciste?
Adrian ya no intentó defenderse.
Solo miró a Leo.
Entonces Teresa habló detrás de mí.
—Elena, hay algo que nunca te conté sobre la noche en que nació tu hijo.
Me giré.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Adrian estuvo en el hospital.
—Eso no puede ser. Yo todavía no lo conocía.
Teresa negó con la cabeza.
—Tú no lo conocías.
—Pero él ya te conocía a ti.
