Iván quiso llamar a la policía de inmediato. Yo también, pero antes marqué a la doctora Valeria Montes, pediatra especializada en atención infantil, cuyo número conservaba desde un reportaje.
No le pedí que confirmara nada por teléfono. Le conté lo que Sofía me había dicho y pregunté qué debíamos hacer.
—No la interrogues ni la obligues a repetirlo —respondió—. Asegúrate de que esté en un lugar seguro y avisa a las autoridades de protección infantil. Yo puedo valorar las lesiones, pero esto requiere profesionales y un reporte formal.
Iván contactó a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Un equipo nos indicó que no volviéramos a la casa ni enfrentáramos a Rodrigo. La prioridad era localizar a Sofía y evitar que quedara a solas con él.
A las siete de la mañana, llamé a Elisa.
—¿Sofía está bien?
—No llames aquí —susurró.
—Necesito saber si está segura.
Oí una puerta cerrarse al otro lado.
—Rodrigo cree que te conté algo.
—¿Se lo dijiste?
—No. Pero anoche revisó la cámara del pasillo. Te vio entrar en la cocina con ella.
Se me helaron las manos.
—Elisa, escucha. Hay personas que pueden ayudar. Podemos llevar a Sofía con una doctora y pedir protección.
—No entiendes. Si se la llevan, él va a decir que yo lo permití.
La llamada se cortó.
Minutos después, Iván encontró un correo enviado desde una cuenta anónima a la redacción. Solo contenía una frase: “La niña no fue la primera”.
Debajo había una fotografía borrosa de un informe médico, fechado dos meses antes. El nombre de Sofía aparecía parcialmente cubierto, pero el motivo de consulta se leía con claridad: “Lesiones compatibles con caída”.
Llamé a la doctora Valeria y le envié la imagen. Su respuesta llegó casi de inmediato:
—No puedo verificar ese documento ni hablar de pacientes por mensaje. Pero ya activé el protocolo de protección con la información que me diste.
Entonces mi teléfono volvió a sonar. Era Elisa.
—Miguel, Rodrigo sabe que hay una denuncia —dijo entre sollozos—. Se llevó a Sofía y me dejó encerrada.
—¿Dónde están?
Hubo un golpe seco al otro lado.
Luego, una voz infantil susurró:
—Tío… papá encontró el teléfono.