Durante unos segundos nadie habló.
Yo seguía con el teléfono pegado al oído.
Alexander también guardó silencio.
Solo escuchaba nuestra respiración.
Ethan dio un paso hacia mí.
—Contesta.
Su voz era baja.
Mucho más peligrosa que un grito.
—¿A quién llamaste?
No retrocedí.
Por primera vez en años, no sentí necesidad de justificarme.
—A alguien que contestó.
La frase cayó entre nosotros como una piedra.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Lo miré directamente.
—Significa que eran las dos de la mañana, yo estaba llorando… y la primera persona que respondió fue tu mejor amigo.
Al otro lado de la llamada escuché la voz de Alexander.
—Sofía.
Ethan reconoció inmediatamente quién era.
Su rostro cambió por completo.
—¿Grant?
Tomó un paso más hacia mí.
—¿Estás hablando con Alexander Grant?
No respondí.
No hacía falta.
Él ya lo sabía.
Ethan extendió la mano para quitarme el teléfono.
Lo aparté antes de que pudiera tocarlo.
Entonces Alexander habló con absoluta calma.
—Ethan.
El cuarto quedó inmóvil.
Mi esposo respiró con fuerza.
—¿Qué haces hablando con mi mujer?
La respuesta llegó sin vacilar.
—Lo mismo que tú no hiciste.
Silencio.
—Escucharla.
Nunca había oído a Ethan quedarse sin palabras.
Alexander continuó.
—Está agotada.
Está sola.
Acaba de decirme que no está bien.
¿Tú lo sabías?
Ethan apretó la mandíbula.
—Eso no es asunto tuyo.
—Lo fue en el momento en que una mujer con un bebé de tres meses tuvo que llamar a un extraño antes que a su propio marido.
Vi cómo las manos de Ethan empezaban a temblar.
No de culpa.
De rabia.
—Cuelga ahora mismo.
Alexander ignoró la orden.
—Sofía.
—¿Sí?
—¿Puedes salir de esa habitación con la bebé y cerrar la puerta?
Ethan dio otro paso.
—Ni se te ocurra.
Lo miré.
Ya no veía al hombre con quien me había casado.
Veía a alguien que necesitaba controlar hasta la última conversación.
Tomé la cuna portátil donde dormía mi hija.
La levanté con cuidado.
Ethan intentó detenerme sujetándome del brazo.
Antes de que pudiera hacerlo, Alexander habló otra vez.
—Ethan.
Su voz sonó completamente distinta.
Fría.
—No la toques.
Mi esposo soltó una carcajada amarga.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Venir a rescatarla?
Hubo una pausa.
Después Alexander respondió con una serenidad que hizo que incluso yo dejara de respirar.
—Voy en camino.
Ethan volvió a reír.
—Estás a cuarenta minutos.
—Veintisiete.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Alexander conocía exactamente la distancia.
Conocía mi dirección.
Eso desconcertó a Ethan.
—¿Cómo sabes dónde vivimos?
Alexander no respondió esa pregunta.
En cambio dijo algo mucho peor.
—Porque hace seis meses Ethan me pidió que guardara una copia de la llave de tu casa… “por si alguna vez había una emergencia”.
Mi esposo abrió mucho los ojos.
Había olvidado por completo aquella llave.
Yo también.
—Y esta noche —continuó Alexander—, creo que sí hay una emergencia.
La llamada terminó.
Miré la pantalla.
Veintidós minutos.
Ese era el tiempo estimado de llegada.
Ethan permanecía inmóvil.
Después sacó su propio teléfono.
Marcó el número de Alexander.
Directo al buzón.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Entonces empezó a caminar de un lado a otro.
Era la primera vez desde que lo conocía que lo veía nervioso.
Muy nervioso.
Cinco minutos después sonó el timbre de la casa.
Ethan sonrió con desprecio.
—Imposible. No pudo llegar tan rápido.
Se acercó a la puerta principal.
La abrió de golpe.
No era Alexander.
Eran dos personas.
Un hombre de traje oscuro.
Y una mujer con un portafolio de cuero.
Ambos mostraron sus credenciales al mismo tiempo.
—Buenas noches, señor Walker.
El hombre habló primero.
—Soy Michael Reeves.
La mujer dio un paso adelante.
—Y yo soy Jennifer Collins.
Ethan frunció el ceño.
—¿Quiénes son ustedes?
Jennifer sostuvo su credencial unos segundos más.

—Abogados.
El color abandonó lentamente el rostro de mi esposo.
Porque los dos trabajaban para el mismo despacho que llevaba años representando a Alexander Grant.
Y, por la expresión de ambos, no habían ido a aquella casa únicamente para recoger a una mujer que necesitaba ayuda.