PARTE 2: LA HIJA QUE ÉL DESECHÓ

Los primeros meses en casa de mi tía fueron extraños.

No porque me trataran mal.

Precisamente por lo contrario.

Cada mañana había desayuno para mí.

Cada noche alguien preguntaba:

—Alba, ¿hiciste la tarea?

Si enfermaba, mi tía cancelaba reuniones.

Si tenía pesadillas, Nico aparecía en mi puerta fingiendo estar molesto.

—Mamá dice que no puedes dormir. Muévete, voy a quedarme aquí un rato.

Después se dormía antes que yo.

Mi tía cumplió otra promesa.

Me matriculó en la misma escuela privada que Nico.

El primer día me dio vergüenza.

Los demás niños hablaban inglés, tocaban instrumentos y habían viajado a lugares cuyos nombres yo apenas conocía.

Yo llevaba meses de retraso académico.

Aquella tarde llegué llorando.

—Soy tonta.

Mi tía dejó inmediatamente su computadora.

—¿Quién te dijo eso?

—Nadie.

—Entonces no repitas tonterías inventadas por ti misma.

Se sentó frente a mí.

—No eres menos inteligente. Tuviste menos oportunidades.

Señaló mis libros.

—Eso podemos arreglarlo.

Y lo arreglamos.

Profesores particulares.

Clases de idiomas.

Música.

Natación.

Pero nunca me obligó a ser perfecta.

Cuando obtenía un siete, decía:

—¿Hiciste tu mejor esfuerzo?

—Sí.

—Entonces come.

Cuando obtenía un diez:

—Muy bien. Come.

Para ella, aparentemente, todos los problemas terminaban alimentándome.

Pasaron diez años.

A los dieciocho recibí una carta de admisión de una de las mejores universidades del país.

Mi tía lloró.

Mi tío abrió champaña.

Nico gritó:

—¡Por fin se larga!

Después dejó sobre mi escritorio una computadora nueva con una nota:

“Para que no me llames diciendo que la tuya va lenta.”

Aquella noche ocurrió algo que no esperaba.

Mi padre llamó.

Diez años.

Ni una visita.

Ni un cumpleaños.

Ni una pregunta sobre si estaba viva.

Y de repente:

—Alba, soy papá.

Me quedé en silencio.

—Escuché que entrarás a una universidad importante.

—Sí.

Su voz se volvió cálida.

—Sabía que eras inteligente. Siempre estuve orgulloso de ti.

Casi me reí.

Entonces llegó la verdadera razón.

—Tu hermano pequeño también está creciendo.

El hijo que había tenido con mi madrastra.

—Quiere estudiar en la ciudad donde vives. Tu tía tiene contactos, ¿verdad?

Cerré los ojos.

Ahí estaba.

No me había llamado porque me extrañara.

Me había llamado porque necesitaba algo.

—¿Qué quieres?

—Somos familia. Podrías pedirle a tu tía que ayude a tu hermano con la escuela.

—No.

Hubo silencio.

—Alba, él es tu hermano.

Miré alrededor de mi habitación.

La misma habitación que habían preparado para mí diez años atrás.

El oso gigante todavía estaba en una esquina.

—Yo también era tu hija.

Mi padre respiró con fuerza.

—Las circunstancias eran diferentes.

—Tenía ocho años.

No respondió.

—Me diste cien yuanes y un boleto de tren.

—¡Pero terminaste viviendo mejor!

Aquella frase borró cualquier resto de esperanza.

Como si haber encontrado una familia después justificara que él me hubiera abandonado.

—Eso no fue gracias a ti.

Colgué.

Pensé que había terminado.

Me equivocaba.

Dos semanas después, mi padre apareció frente a nuestra casa.

Traía a mi madrastra y a su hijo.

Mi tía abrió la puerta.

Él sonrió inmediatamente.

—Hermana, ha pasado mucho tiempo.

Ella no sonrió.

—Diez años.

Mi padre miró hacia dentro.

—Vengo a ver a mi hija.

Mi tía cruzó los brazos.

—¿Cuál?

Su expresión se endureció.

—Alba.

—Curioso. Pensé que aquella niña había dejado de ser tu hija cuando la mandaste sola en un tren.

Mi padre levantó la voz.

—¡Es un asunto entre ella y yo!

Entonces aparecí detrás de mi tía.

Él cambió inmediatamente de expresión.

—Alba.

Me miró de arriba abajo.

Ropa buena.

Universidad prestigiosa.

Una vida que él jamás imaginó que tendría.

Sonrió orgulloso.

Como si hubiera participado en ella.

—Has crecido.

—Sí.

—Ven con papá.

No me moví.

—Esta también es tu familia.

Señaló a su hijo.

—Tu hermano necesita tu ayuda.

Mi madrastra intervino:

—No estamos pidiendo demasiado. Tu tía tiene dinero de sobra.

Mi tía soltó una risa.

—Ah.

Se volvió hacia mí.

—Entonces para esto vinieron.

Mi padre perdió la paciencia.

—Tú me quitaste a mi hija.

Mi tía dejó de reír.

—¿Te la quité?

Entró en casa y regresó con una pequeña caja.

La abrió.

Dentro estaba mi viejo boleto de tren.

Y junto a él, el billete arrugado de cien yuanes.

Los había guardado durante diez años.

Mi tía se los puso en la mano.

—Aquí tienes.

Mi padre quedó inmóvil.

—Te devuelvo exactamente lo que invertiste en mandarla conmigo.

Después señaló la puerta.

—Ahora desaparece.

Mi padre me miró.

—Alba, ¿vas a permitir que me trate así?

Caminé hacia él.

Por un segundo vi al hombre que había esperado durante toda mi infancia.

Pero ya no era aquella niña.

Tomé el billete de cien yuanes de su mano.

Se lo puse otra vez en el bolsillo.

—Guárdalo.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Tu hijo quizá lo necesite algún día.

Cerré la puerta.

Detrás de mí, Nico comenzó a aplaudir.

Mi tía le dio un golpe en el brazo.

—No hagas teatro.

—Pero estuvo increíble.

Me reí.

Mi tía me miró.

—¿Estás bien?

Miré aquella casa.

A mi tío preparando té.

A Nico robando fruta de la cocina.

A la mujer que diez años atrás había llegado a una estación, había visto a una niña abandonada y había dicho:

“Esa niña viene conmigo.”

Asentí.

—Sí.

Porque aquel día finalmente entendí algo.

Mi padre me había dado cien yuanes para deshacerse de mí.

Mi tía no me había dado simplemente dinero, una habitación o una educación.

Me había dado algo que durante ocho años pensé que debía ganarme.

Un lugar en una familia.

Y eso jamás tendría que devolverlo.

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