Cuando entré en cuidados intensivos, Dante estaba pálido, conectado a monitores y rodeado por dos hombres de traje.
—Fuera —ordenó con voz débil.
Los hombres obedecieron inmediatamente.
Eso me recordó quién era ahora.
Cerré la puerta.
Dante me observó durante varios segundos.
—Clara.
—No pronuncies mi nombre como si hubieras pasado seis años buscándome.
Su expresión se tensó.
—Pensé que te habías marchado de Seattle.
—Eso habría sido conveniente para ti.
Intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a detenerse.
—Te dejé porque iban a matarte.
Solté una risa amarga.
—Qué considerado.
—Mi padre descubrió nuestra relación. Me dio una elección: desaparecer de tu vida o convertirte en una forma de llegar hasta mí.
Lo miré fijamente.
Durante seis años había imaginado cientos de explicaciones.
Ninguna cambiaba lo esencial.
—Podrías habérmelo dicho.
—No podía arriesgarme.
—Entonces decidiste por mí.
Dante guardó silencio.
Me acerqué a la cama.
—¿Sabes qué fue lo último que hiciste antes de desaparecer?
Frunció ligeramente el ceño.
—Me besaste mientras dormía.
Mi garganta se cerró.
—Y por la mañana descubrí que estaba embarazada.
El monitor aceleró.
Dante dejó de respirar por un instante.
—¿Qué?
—Tengo una hija.
Su rostro perdió todavía más color.
—¿Cuántos años?
—Seis.
Sus ojos se llenaron de algo que jamás había visto en Dante Moretti.
Miedo.
—Clara…
—Se llama Mía.
Cerró los ojos.
Una lágrima apareció en su mejilla.
—¿Es mía?
—Sí.
Dante giró lentamente el rostro hacia mí.
—Tengo una hija.
No era una pregunta.
Parecía un hombre intentando comprender que seis años de su vida acababan de aparecer de golpe.
Entonces la puerta se abrió.
Gabriel Moretti, hermano menor de Dante, entró sin pedir permiso.
—Tenemos un problema.
Al verme, se detuvo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dante.
Gabriel dejó un teléfono sobre la cama.
En la pantalla aparecía una fotografía tomada aquella misma tarde.
Yo saliendo de una escuela primaria.
Mía caminaba a mi lado.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Quién tomó eso?
Gabriel me miró.
—Los hombres que atacaron a Dante.
Dante tomó el teléfono.
Observó a Mía.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Tiene mis ojos —susurró.
Después su expresión cambió por completo.
El paciente herido desapareció.
Apareció el hombre al que toda Seattle temía.
—¿Saben quién es?
Gabriel negó.
—Todavía creen que simplemente es la hija de la doctora que te atendió. Pero alguien lleva días vigilando a Clara.
Miré a Dante.
—¿Por qué?
Gabriel respondió antes que él.
—Porque el ataque de esta noche no pretendía matarlo.
Dante levantó lentamente la mirada.
—Querían obligarme a venir a este hospital.
El silencio llenó la habitación.
Entonces comprendí.
—Sabían que yo trabajaba aquí.
Gabriel asintió.
—Alguien conoce la relación que tuvieron.
Mi teléfono vibró.
Kate.
Contesté inmediatamente.
—¿Mía está bien?
No respondió Kate.
Una voz masculina desconocida habló al otro lado.
—Doctora Callahan, su hija está perfectamente.
Dejé de respirar.
Dante vio mi rostro y trató de levantarse.
—¿Quién habla?
La voz continuó:
—Dígale a Dante Moretti que tenemos algo que le pertenece.
La llamada terminó.
Mis piernas casi cedieron.
Pero entonces llegó un mensaje.
Era de Kate.
Solo cuatro palabras:
Mía está conmigo. Segura.
Miré confundida la pantalla.
Gabriel tomó el teléfono de la cama.
—Entonces están mintiendo.
Dante negó lentamente.
—No.
Sus ojos volvieron hacia la fotografía de Mía.
—Están comprobando si reacciono como su padre.
Y comprendí la verdad.

Quien había ordenado disparar contra Dante no acababa de descubrir a nuestra hija.
Llevaba años buscándola.