PARTE 2: La herencia que nunca perteneció a los Foster

Lucas se detuvo frente a Damian.

—Quiero verla.

—No.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

Damian sonrió.

—Te casaste ayer con su hermana y amaneciste buscando a mi esposa. Diría que tiene bastante que ver conmigo.

Lucas apretó los puños.

—Valeria está confundida.

—Curioso. Cuando la expulsaste de su casa parecía suficientemente lúcida para perderlo todo.

Yo escuchaba desde el ascensor.

No quería bajar.

Pero tampoco necesitaba esconderme.

—Damian.

Ambos se volvieron.

Lucas dio un paso hacia mí.

—Valeria.

—Felicidades por tu boda.

Aquello lo detuvo más que cualquier insulto.

—¿De verdad te casaste con él?

Levanté la mano.

La alianza estaba allí.

—Sí.

—¿Para vengarte de mí?

—No todo gira alrededor de ti, Lucas.

Su rostro se endureció.

—Los Foster quieren hablar contigo.

—Ellos dejaron claro que ya no soy familia.

—Tu padre estaba furioso. No pensaba con claridad.

Casi me reí.

—Entonces tendrá tiempo para tranquilizarse.

Damian puso una carpeta en mis manos.

—Tu abogada llamó.

Lucas reconoció inmediatamente el sello.

Foster Holdings.

—¿Qué estás haciendo?

—Recuperando lo que es mío.

La expresión de Lucas cambió.

Durante años todos habían asumido que, al descubrirse que Elena era la hija biológica, las acciones familiares terminarían concentradas alrededor de ella.

Pero mi abuela había preparado algo distinto.

Su testamento no me llamaba “nieta biológica”.

Me llamaba por mi nombre.

Valeria Foster.

Y me dejaba directamente sus participaciones.

No por sangre.

Por decisión.

—Eso es imposible —murmuró Lucas.

—También pensaban que podían expulsarme y conservar mis acciones.

Damian añadió con calma:

—Esta mañana solicitamos una revisión formal de cualquier transferencia realizada después del regreso de Elena.

Lucas me miró.

—¿Le cediste tus votos a Blackwood?

—Temporalmente.

—¿Te das cuenta de lo que puede hacer con ellos?

—Sí.

—¡Es nuestro competidor!

—Tuyo. No mío.

El teléfono de Lucas sonó.

Era Elena.

Contestó.

—¿Dónde estás?

Su voz llegó suficientemente alta para que pudiéramos escucharla.

—Lucas, vuelve ahora mismo. Mi padre está reuniendo a los abogados.

Lucas me sostuvo la mirada.

—Luego hablamos.

—No.

—Valeria…

—Ya terminamos hace una semana. Tú mismo lo dijiste.

Se marchó sin responder.

Creí que aquello sería todo.

Me equivocaba.

Dos horas después recibí una videollamada de mi antigua madre.

Tenía los ojos hinchados.

—Valeria, necesitamos que regreses.

—¿Por qué?

Mi padre apareció detrás.

—Hay un problema con el testamento de tu abuela.

Damian levantó la vista desde el sofá.

—¿Qué clase de problema?

Mi padre palideció al escucharlo.

—Esto es un asunto familiar.

—Entonces explíquemelo a mí —respondí.

Hubo silencio.

Finalmente mi madre habló.

—Tu abuela dejó una segunda carta.

Sentí un extraño presentimiento.

—¿Qué dice?

Mi padre cerró los ojos.

—Que sabía que no eras nuestra hija biológica.

Me quedé inmóvil.

Ellos habían afirmado durante semanas que mi presencia en aquella familia había sido producto de un error ocurrido al nacer.

Pero mi abuela lo sabía.

Desde hacía años.

—¿Y aun así me dejó las acciones?

—No solo las acciones —dijo mi madre.

Mi padre intentó detenerla.

—¡Basta!

Demasiado tarde.

—Te dejó el control del fideicomiso fundador.

Damian se puso de pie.

Hasta él perdió la sonrisa.

Foster Holdings podía tener cientos de accionistas.

Pero aquel fideicomiso conservaba derechos especiales sobre decisiones fundamentales de la compañía.

—¿Dónde está la carta? —pregunté.

Mi madre comenzó a llorar.

—Desapareció esta mañana.

—¿Quién la tenía?

Silencio.

Entonces escuché una puerta abrirse detrás de ellos.

Elena apareció.

Seguía llevando parte del peinado de novia.

—Yo sé dónde está.

Lucas entró detrás de ella.

No la miraba como un recién casado.

La miraba como si acabara de descubrir a una desconocida.

Elena sostuvo un sobre amarillento frente a la cámara.

—Pero antes de entregártelo, Valeria, deberías preguntarle a Damian por qué su apellido aparece en la última página.

Giré lentamente hacia mi nuevo marido.

Por primera vez desde que había entrado en su mansión con una maleta, Damian Blackwood dejó de sonreír.

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