Alejandro no durmió.
A las cinco de la mañana ya conducía rumbo a la universidad que aparecía en la fotografía.
Durante todo el trayecto sostuvo el teléfono sobre el asiento del copiloto.
Leía una y otra vez el mensaje.
“Papá, no llegues tarde.”
Marcos viajaba a su lado.
Ninguno hablaba.
Los dos entendían que, si aquello era una mentira, alguien había preparado el engaño durante años.
Y si era verdad…
Toda la vida de Alejandro estaba construida sobre un funeral falso.
La ceremonia comenzaría a las diez.
El campus estaba lleno de estudiantes con toga negra y familias cargando flores.
Alejandro caminó entre la multitud buscando desesperadamente aquella pulsera de plata.
No encontraba nada.
Hasta que una joven salió del edificio de Derecho.
Tenía el cabello recogido.
La toga negra.
Y los mismos ojos color avellana que Elena, la madre de Valeria.
Alejandro dejó de respirar.
Cuando ella levantó el brazo para acomodarse el birrete, la pulsera brilló bajo el sol.
Una luna de plata.
Con una pequeña grieta junto al borde.
La misma que él había reparado cuando Valeria tenía catorce años.
—Valeria…
La joven giró lentamente.
Sus ojos se encontraron.
El tiempo dejó de existir.
Ella no sonrió.
Solo comenzó a llorar.
—Papá…
Alejandro corrió hacia ella.
Pero, antes de alcanzarla, dos hombres vestidos de traje aparecieron entre la multitud.
Uno sujetó a la joven del brazo.
El otro bloqueó el paso.
—Señor Santillán.
No puede acercarse.
Marcos mostró inmediatamente su credencial.
—¿Quiénes son ustedes?
El hombre respondió sin alterarse.
—Seguridad privada.
La señorita pidió protección.
Alejandro sintió que el corazón se rompía.
—¿Protección…
…de mí?
La joven negó con lágrimas en los ojos.
—No.
De ellos.
Señaló hacia la entrada principal.
Alejandro siguió la dirección de su dedo.
Beatriz acababa de llegar.
Julián caminaba a su lado.
Los dos se quedaron completamente inmóviles al ver a la muchacha.
El rostro de Beatriz perdió todo el color.
—Eso…
Eso es imposible.
Julián retrocedió un paso.
Como si hubiera visto un fantasma.
Valeria respiró profundamente.
—No debieron venir.
Beatriz comenzó a acercarse.
—¿Quién eres?
La joven levantó lentamente la manga de la toga.
Mostró la pulsera.
Después sacó del bolsillo una fotografía antigua.
Ella tenía ocho años.
Estaba sentada sobre los hombros de Alejandro durante unas vacaciones.
En el reverso aparecía una dedicatoria escrita por Elena antes de morir.
“Para que nunca olvides quién eres.”
Beatriz dejó caer el bolso al suelo.
Sabía que aquella fotografía había desaparecido dos años antes del supuesto accidente.
Marcos dio un paso adelante.
—Necesito una explicación.
Valeria lo miró.
Después volvió los ojos hacia Alejandro.
—Nunca estuve en ese automóvil.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
Preguntó Alejandro con la voz quebrada.
—El día del accidente me drogaron.
Cuando desperté ya estaba en otro lugar.
Me dijeron que tú habías firmado mi cremación.
Que nadie me buscaría.
Alejandro sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
—¿Quién te dijo eso?
Ella levantó lentamente la mano.
Señaló directamente a Beatriz.
—Ella.
Y luego señaló a Julián.
—Él organizó todo.
La multitud comenzó a guardar silencio alrededor.
Muchos ya grababan con sus teléfonos.
Beatriz intentó recuperar el control.
—Está loca.
No es Valeria.
Es una impostora.
Marcos sonrió por primera vez.
Sacó una carpeta.
—Precisamente por eso traje esto.
Abrió el expediente.
Era el informe del supuesto accidente.
Había algo que nadie había revisado durante dos años.
El registro odontológico.
—Curiosamente…
Nunca existió comparación dental.
Nunca hubo prueba de ADN.
Nunca hubo identificación visual.
Solo un ataúd cerrado.
Beatriz comenzó a respirar con dificultad.
Julián dio un paso hacia atrás.
En ese instante sonó el teléfono de Marcos.
Escuchó unos segundos.
Luego levantó lentamente la mirada.
—Acaban de encontrar al conductor de la ambulancia que trasladó el cuerpo aquella noche.
Todos permanecieron inmóviles.
—¿Qué dijo?
Preguntó Alejandro.
Marcos cerró el teléfono.
—Que jamás transportó a una joven fallecida.
Transportó a otra mujer.
Y recibió dinero para firmar documentos donde aparecía el nombre de Valeria Santillán.
Beatriz comprendió que todo había terminado.

Pero todavía nadie sabía la verdad más aterradora.
Porque la mujer que ocupó el lugar de Valeria en aquel ataúd tampoco había muerto en el accidente.
Había sido asesinada horas antes para construir una mentira que llevaba dos años enterrada junto con una fortuna de miles de millones de pesos.