PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE HIZO CAER LA MÁSCARA

A las siete de la mañana, doña Adela ya estaba sentada en la silla del comedor.

Con el cabello despeinado.

La bata mal abrochada.

Y la mirada perdida.

Si Santiago no hubiera conocido la verdad, también habría creído que su madre estaba completamente desorientada.

Renata apareció sonriendo.

—Buenos días, doña Adela.

No hubo respuesta.

Doña Adela tomó una cuchara y comenzó a remover una taza vacía durante casi un minuto.

Renata miró a Santiago con expresión de tristeza.

—¿Ves? Cada día está peor.

Él bajó la vista.

—Sí…

Por dentro, cada palabra le revolvía el estómago.

La grabadora seguía escondida bajo la mesa.

Renata se acercó a la anciana.

—Doña Adela, ¿se acuerda de quién soy?

Ella frunció el ceño.

—¿La señora que vende tamales?

Renata suspiró teatralmente.

—Otra vez igual…

Sacó el teléfono.

—Voy a avisarle al doctor que hoy está mucho más confundida.

Santiago fingió preocupación.

—¿Todavía alcanzamos la cita?

—Sí.

Le acarició el brazo.

—Después de la evaluación podremos tramitar la tutela definitiva.

Tutela.

Esa palabra volvió a sonar como una alarma.

Media hora más tarde, Renata salió hacia la farmacia.

—Voy por las recetas.

En cuanto la puerta se cerró, Santiago apagó la grabadora.

La reprodujo de inmediato.

Durante casi veinte minutos solo se escuchaban platos, pasos y conversaciones normales.

Hasta que apareció la voz de Renata.

Creía estar sola.

—Ya casi, Adela.

Su tono había cambiado por completo.

Ya no era dulce.

Era frío.

—Hoy firmas… aunque sea con el dedo.

Silencio.

Después un golpe seco.

La voz de doña Adela sonó apenas.

—Déjame…

Renata volvió a hablar.

—Nadie te va a creer.

Otro golpe.

Luego la frase que hizo que Santiago apretara los puños hasta clavarse las uñas.

—Cuando tenga la tutela, venderé esta casa y te mandaré a una residencia donde nadie vuelva a verte.

El silencio posterior pesó como una losa.

Doña Adela respiraba con dificultad.

Renata soltó una pequeña risa.

—Y Santiago nunca descubrirá nada.

Santiago detuvo la reproducción.

No hacía falta escuchar más.

Su madre permanecía inmóvil.

—¿Ya la oíste?

Él asintió.

—Sí.

Ella respiró hondo.

—Eso no es lo peor.

Abrió lentamente el cajón de su buró.

Sacó una libreta de tapas verdes.

Estaba llena de fechas.

Horas.

Cantidades.

Nombres.

—Llevo ocho meses escribiendo todo.

Santiago empezó a pasar las páginas.

“12 de enero. Me quitó la tarjeta.”

“3 de febrero. Cambió mis medicamentos.”

“18 de marzo. Dijo a los vecinos que olvidé quién era.”

“27 de abril. Firmó un retiro de dinero diciendo que yo lo autoricé.”

Cada página era una prueba.

Cada línea destruía una mentira.

Entonces encontró una hoja doblada al final.

Era una copia de una promesa de compraventa.

La dirección era la de la casa familiar.

Comprador:

Grupo Aranda Desarrollos.

Representante:

Víctor Aranda.

Precio pactado.

Fecha prevista de firma.

Y una nota escrita a mano.

“Solo falta conseguir la incapacidad legal.”

Santiago sintió un escalofrío.

No querían cuidar de su madre.

Querían declararla incapaz para vender la casa.

En ese instante sonó el timbre.

Tres veces.

Firmes.

Santiago miró por la ventana.

Un automóvil negro acababa de detenerse frente a la casa.

Dos hombres con traje descendieron.

Detrás de ellos apareció un tercero llevando un portafolio.

Renata regresaba de la farmacia caminando junto a ellos, sonriendo.

Al ver el coche, aceleró el paso.

Entró directamente al recibidor.

—¡Qué bueno que ya llegaron!

Santiago bajó lentamente las escaleras.

—¿Quiénes son?

Renata respondió sin vacilar.

—El psiquiatra que evaluará a tu mamá…

Hizo una breve pausa antes de completar la frase.

—…y el notario que formalizará los documentos si el diagnóstico confirma que ya no puede tomar decisiones por sí misma.

El supuesto psiquiatra dio un paso al frente.

Pero antes de que pudiera presentarse, Santiago reconoció su rostro.

No era médico.

Lo había visto años atrás durante una investigación en la Fiscalía.

Era un perito suspendido por falsificar dictámenes judiciales.

Y comprendió que aquella evaluación nunca había tenido como objetivo ayudar a su madre.

Había sido preparada para arrebatarle toda su vida en una sola firma.

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