Abrí la puerta diez centímetros.
—Enséñame tu teléfono.
Ethan ni siquiera intentó entrar.
Lo desbloqueó y me lo entregó.
Abrí la galería.
La captura estaba allí.
Sentí que me ardían las orejas.
—Bórrala.
—Hazlo tú.
La eliminé. Después abrí la papelera y también la borré de ahí.
—¿Alguna copia?
—No.
Le devolví el teléfono.
—Perfecto. Adiós.
Intenté cerrar.
Ethan puso la bolsa de farmacia entre la puerta y el marco.
—Emma.
—No uses mi nombre como si todavía tuvieras derechos sobre mí.
Su expresión cambió apenas.
—No tengo ninguno.
Eso me hizo detenerme.
Ethan levantó la bolsa.
—Crema para la irritación. Nada más.
La tomé.
—Gracias.
—Y falta la otra conversación.
—No existe ninguna otra conversación.
—Para mí sí.
Solté una risa.
—Qué curioso. Cuando éramos novios nunca tenías tiempo para conversar.
Aquello sí le dolió.
Lo vi.
—Lo sé.
—¿Sabes cuántas veces cené sola?
—Sí.
—¿Cuántas veces cancelaste nuestros planes?
—Demasiadas.
—¿Y ahora apareces porque recibiste una foto por accidente?
—No vine por la foto.
—Entonces ¿por qué?
Ethan respiró profundamente.
—Porque anoche descubrí que sigues sola y sentí alivio.
Lo miré incrédula.
—Eso no es romántico, Ethan. Es egoísta.
—También lo sé.
Por primera vez desde que lo conocía, no intentaba justificarse.
—Cuando terminamos —continuó— pensé que estaba haciendo lo correcto. Tú querías una relación real. Yo te daba las horas que me sobraban.
—Exactamente.
—Pensé que dejarte ir era mejor que pedirte que siguieras esperando.
Apreté la bolsa entre los dedos.
—¿Y no se te ocurrió preguntarme qué quería yo?
Ethan guardó silencio.
Ahí estaba nuestro verdadero problema.
Él siempre decidía solo.
Qué podía soportar yo.
Cuándo debíamos vernos.
Cuándo debía comprenderlo.
Incluso cuándo debíamos terminar.
—Vete —dije.
Esta vez no intentó detenerme.
Antes de girarse, sacó algo del bolsillo.
Una pequeña caja.
Mi corazón dio un salto absurdo.
—No es lo que piensas.
La abrió.
Dentro estaba una llave.
Reconocí inmediatamente el llavero azul.
Era la llave de mi antiguo apartamento.
La que le había dado cuando empezamos a salir.
—¿Todavía la tienes?
—Nunca pude tirarla.
—Eso no significa nada.
—Lo sé.
Dejó la llave sobre el mueble de la entrada.
—Por eso te la devuelvo.
Y se marchó.
Durante las siguientes tres semanas no volvió a escribirme.
Ni flores.
Ni llamadas.
Ni apariciones dramáticas.
Nada.
Hasta que Mia me invitó a comer.
Apenas nos sentamos, me miró sospechosamente.
—¿Por qué estás tan rara?
—Mandé una fotografía destinada a ti a Ethan.
Mia casi escupió el café.
—¿Qué fotografía?
Le expliqué lo imprescindible.
Cuando terminé, estaba riéndose.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
—Mia.
—Está bien. Perdón.
Después su expresión se volvió seria.
—¿Y qué pasó?
—Dijo que todavía me extraña.
Mia dejó la taza.
—Eso ya lo sabía.
Me congelé.
—¿Qué?
—Emma, trabajo en el mismo hospital.
Entonces me contó algo que Ethan nunca había mencionado.
Después de nuestra ruptura había solicitado reducir varias guardias extraordinarias.
Había rechazado un puesto administrativo que habría aumentado todavía más sus horas.
Incluso había empezado terapia.
—¿Por mí?
Mia negó.
—No conviertas todo eso en una prueba de amor. Lo hizo porque finalmente entendió que no sabía tener una vida fuera del hospital.
Aquella respuesta me gustó más.
Porque cambiar solamente para recuperarme habría sido otra forma de presión.
Cambiar porque había reconocido su propio problema era diferente.
Dos meses después volví a verlo.
No en mi apartamento.
En una cafetería.
Yo elegí el lugar.
Yo elegí la hora.
Y cuando su teléfono vibró sobre la mesa, Ethan lo miró.
Después lo puso boca abajo.
—Puedes contestar —dije.
—No es urgente.
Casi sonreí.
—Antes todo era urgente.
—Antes utilizaba el trabajo para evitar cualquier cosa que no supiera controlar.
Lo observé durante unos segundos.
—No voy a volver contigo porque me extrañes.
—No te lo estoy pidiendo.
—¿Entonces qué quieres?
Ethan apoyó las manos sobre la mesa.
—Conocerte otra vez.
Aquello me sorprendió.
—¿Desde cero?
—Desde donde tú quieras.
Así empezamos.
Sin llaves.
Sin promesas.
Sin fingir que ocho meses malos podían borrarse con una confesión bonita.
Primero café.
Después una cena.
Luego otra.
Y seis meses más tarde, cuando finalmente le devolví una llave de mi apartamento, Ethan la miró y sonrió.
—Esta vez intentaré merecerla.
—Más te vale.
Se inclinó para guardarla.
Entonces añadí:
—Y si vuelvo a enviarte una foto médica por accidente…
Levantó ambas manos.
—La borro inmediatamente.
—Exacto.
—Aunque sigo recomendando dermatología.
Le lancé una servilleta.
Ethan se rio.

Y por primera vez entendí que aquella fotografía no nos había reconciliado.
Solo había abierto una puerta.
Lo que hizo que volviera a confiar en él fue que, esta vez, Ethan aprendió a esperar hasta que yo decidiera cruzarla.