Adrian tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Con quién vas a casarte?
—Con Daniel Foster.
Su rostro cambió.
Daniel había sido mi amigo desde la universidad. También era el hombre que, dos años atrás, me había dicho:
—Si algún día te cansas de esperar a alguien que no sabe elegirte, llámame.
Yo había pensado que bromeaba.
No lo hacía.
La mañana siguiente a la cena, Adrian apareció frente a mi apartamento.
—Cancela lo del registro.
—No.
—Emma, llevamos cinco años juntos.
—Precisamente.
Intentó explicarme que Vanessa solo era una empleada eficiente, que quitarme el asiento había sido una decisión práctica y que yo estaba convirtiendo una tontería en el final de nuestra relación.
Lo escuché hasta que terminó.
—No te dejo por una silla, Adrian.
Su expresión se endureció.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque durante años siempre hubo algo más importante que yo. Tu trabajo. Tus proyectos. Tus ascensos. Y últimamente, Vanessa.
—Puedo cambiar.
—Claro.
Abrí la puerta.
—Pero ya no necesito esperar para comprobarlo.
Dos días después, Daniel me esperaba frente al Registro Civil.
Llevaba una camisa blanca sencilla y sostenía dos cafés.
—Todavía puedes arrepentirte —dijo.
—¿Tú quieres arrepentirte?
Sonrió.
—Llevo años esperando que me hagas esta pregunta.
Entramos.
Cuando salimos, cuarenta minutos después, tenía un certificado de matrimonio en la mano.
Daniel miró el documento como si fuera algo extraordinario.
—Ahora tengo una pregunta importante.
—¿Cuál?
—¿Dónde quieres sentarte para celebrar?
Me reí.
—Donde sea.
Negó con la cabeza.
—No. Esta vez tú eliges.
Aquella frase sencilla me hizo llorar.
No por Daniel.
Por todos los años que había pasado creyendo que pedir un lugar junto a la persona que amas era exigir demasiado.
Mi teléfono empezó a sonar.
Adrian.
Lo ignoré.
Después llegó una fotografía enviada por Julia.
Vanessa estaba vaciando su escritorio.
Debajo escribió:
“Adrian descubrió que ella fue quien pidió cambiar tu tarjeta de sitio. Acaba de despedirla.”
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
Aquella noche Adrian apareció nuevamente.
Daniel abrió la puerta.
Los dos hombres se quedaron frente a frente.
—Quiero hablar con Emma —dijo Adrian.
Salí detrás de Daniel.
Adrian levantó una pequeña caja.
Dentro había un anillo.
—Lo compré esta mañana.
Lo miré en silencio.
—Podemos casarnos esta semana. Sin esperar al próximo año. Sin gran ceremonia. Como tú quieras.
Entonces vio mi mano.
El anillo sencillo que Daniel me había puesto horas antes.
Adrian dejó de respirar.
—No…
Le mostré el certificado.
—Te lo dije.
—¿De verdad te casaste con él?
—Sí.
Adrian bajó lentamente la caja.
—Cinco años, Emma.

—Lo sé.
—¿Y los tiraste por una cena?
Negué.
—Tú desperdiciaste cinco años haciéndome esperar. La cena solo fue el momento en que finalmente entendí que jamás debía suplicar por un lugar en tu mesa.
Cerré la puerta.
Meses después, Daniel y yo celebramos una pequeña boda con familiares y amigos.
Cuando entré al salón, vi mi tarjeta sobre la mesa principal.
Emma Foster.
Daniel estaba sentado junto a ella.
Al verme, se levantó y apartó mi silla.
—Te estaba esperando.
Sonreí.
Porque finalmente comprendí la diferencia.
Adrian siempre me pedía esperar por él.
Daniel simplemente había guardado mi lugar.