PARTE 2: LA FOTO QUE NADIE DEBÍA ENCONTRAR.

Adrián permaneció inmóvil junto a la ventana de la habitación.

Miró a Nicolás dormir bajo el efecto de los medicamentos.

Después habló en voz baja.

—Explícame.

Julián respiró hondo al otro lado de la llamada.

—Hace ocho años investigábamos una red de lavado de dinero ligada a contratos de construcción pública.

Adrián cerró los ojos.

Hacía años que no pronunciaban aquel tema.

—Nunca encontramos a los verdaderos responsables.

—Porque alguien destruyó el expediente antes de que llegáramos a ellos.

Adrián sintió un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver Octavio Landa?

—Mucho más de lo que imaginas.

La llamada terminó sin más explicaciones.

Cinco minutos después recibió un mensaje cifrado.

Solo contenía una fotografía.

Era una imagen tomada nueve años atrás.

Él aparecía saliendo de un edificio gubernamental.

A unos metros, casi fuera del encuadre, estaba Octavio Landa.

Observándolo.

Mucho antes de conocer a Marcela.

Adrián apretó el teléfono.

No había sido una coincidencia.

Alguien lo había acercado deliberadamente a aquella familia.

En ese momento entró la agente Inés Salgado.

—Necesitamos hablar.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—El médico terminó el primer dictamen.

Adrián abrió el documento.

Leyó en silencio.

Contusión craneal.

Hematomas compatibles con inmovilización por varias personas.

Excoriaciones en ambas muñecas.

Lesiones incompatibles con una caída accidental.

Su mandíbula se tensó.

—Entonces mintieron.

—Sí.

Pero eso no es todo.

Inés colocó tres fotografías impresas junto al informe.

—Las tomaron los paramédicos antes de mover a Nicolás.

En una de ellas se distinguía claramente una huella de zapato sobre la camiseta del niño.

Otra mostraba marcas simétricas en los brazos.

Como si alguien lo hubiera sujetado con fuerza.

La tercera congeló a Adrián.

Era la mano de Nicolás.

Cerrada con tanta fuerza que todavía conservaba algo dentro.

Una pequeña esquina de papel.

—¿Qué es eso?

Inés negó con la cabeza.

—Cuando abrió la mano ya no estaba.

Adrián recordó inmediatamente la llamada de Marcela.

“Mamá intentó darle una carta a Nico y ahora nadie la encuentra.”

Levantó la vista.

—Mi suegra intentó entregarle algo antes del ataque.

La agente tomó nota.

—¿Qué clase de carta?

—No lo sé.

—Entonces necesitamos encontrarla.

En ese instante sonó otro teléfono.

Era el de la agente.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Está seguro?

Guardó silencio.

Finalmente colgó.

—Acaban de localizar a su suegra.

Adrián dio un paso adelante.

—¿Dónde?

—No en la casa de Octavio.

Está en urgencias de otro hospital.

Presenta una fractura en la muñeca y múltiples golpes.

Según declaró, intentó impedir que atacaran a Nicolás.

Adrián sintió que todo empezaba a cambiar.

—¿Está dispuesta a declarar?

—Dice que solo hablará con usted.

Sin nadie más presente.

Mientras salían de la habitación, Nicolás abrió lentamente los ojos.

Movió apenas los labios.

—Papá…

Adrián volvió inmediatamente junto a la cama.

—Aquí estoy.

El niño respiró con dificultad.

—La carta…

—¿La viste?

Nicolás asintió muy despacio.

—La abuela… la escondió…

Hizo una pausa, intentando recordar.

—Dentro… del caballo…

Antes de que pudiera decir una palabra más, volvió a quedarse dormido.

Inés frunció el ceño.

—¿Qué caballo?

Adrián sintió un golpe de memoria.

En el despacho de Octavio había una enorme escultura de un caballo de madera.

Nicolás la había visto decenas de veces.

Si la carta estaba allí…

Entonces el motivo del ataque nunca fue una fotografía.

Fue impedir que un niño sacara del despacho la única prueba que podía destruir a toda la familia Landa.

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