PARTE 2: LA FIRMA QUE PODÍA DESTRUIRLO TODO

El silencio duró apenas unos segundos.

Chen Hao miró alternativamente a Héctor y a Mariana.

—¿Ocurre algo? —preguntó en mandarín.

Antes de que Mariana pudiera responder, Héctor sonrió con absoluta seguridad.

—Solo una historia del pasado.

Volvió la vista hacia los inversionistas.

—Mi exesposa era muy talentosa con los idiomas, pero no supo respetar la confidencialidad de la empresa.

Mariana no reaccionó.

Ni lo contradijo.

Ni siquiera levantó la voz.

Simplemente tomó su copa de agua y bebió un pequeño sorbo.

Alejandro la observó de reojo.

Sabía que aquella calma no era normal.

—¿No vas a responder? —preguntó Héctor con una sonrisa burlona.

Ella dejó la copa sobre la mesa.

—No hace falta.

Aquella respuesta desconcertó incluso a su exmarido.

Durante ocho años había aprendido que Mariana siempre defendía la verdad.

Pero esa noche permanecía completamente tranquila.

Chen Hao frunció el ceño.

—Señor Villaseñor, ¿qué ocurrió exactamente?

Héctor respondió sin dudar.

—Descubrimos que compartía información estratégica con competidores.

—Por respeto al matrimonio, nunca presentamos cargos.

—Solo le pedimos que se fuera.

Mariana siguió en silencio.

Alejandro intervino.

—Qué extraño.

—Porque hace unos minutos la vi traducir tres dialectos distintos con absoluta precisión.

—No parece alguien que desperdicie su carrera por algo así.

Héctor soltó una risa breve.

—La inteligencia no impide la deshonestidad.

Los platos comenzaron a servirse.

La conversación cambió hacia cifras, exportaciones y proyecciones financieras.

Mariana traducía cada palabra con una profesionalidad impecable.

Ni una sola emoción aparecía en su rostro.

Pero mientras hablaban, sus ojos se detuvieron varias veces sobre la carpeta negra que Héctor había colocado junto a su computadora.

La conocía perfectamente.

Era el formato interno que él utilizaba para cerrar adquisiciones importantes.

Cuando estuvieron sirviendo el plato principal, Héctor recibió una llamada.

—Disculpen un momento.

Se levantó y salió al pasillo.

Al hacerlo dejó la carpeta abierta.

Alejandro notó que Mariana no apartaba la vista.

—¿Qué sucede?

Ella respondió casi en un susurro.

—La tercera hoja.

—¿Qué tiene?

—No debería estar ahí.

Alejandro observó discretamente.

Solo veía tablas financieras.

—No entiendo.

Mariana respiró hondo.

—Porque no estás viendo la firma.

Él volvió a mirar.

En la esquina inferior aparecía una rúbrica.

Mariana cerró los ojos durante un instante.

—Esa firma es falsa.

Alejandro giró lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Estás segura?

—La escribí yo… durante ocho años.

Él permaneció inmóvil.

—Conozco cada trazo de la firma del señor Ignacio Beltrán.

—Esa no es la suya.

Mariana recordó perfectamente aquella mañana.

Ignacio Beltrán había sido el fundador de una empresa logística.

Un hombre obsesionado con firmar siempre usando una antigua pluma estilográfica azul.

Nunca utilizaba tinta negra.

Jamás.

Sin embargo, el documento sobre la mesa llevaba una firma negra.

Perfectamente imitada.

Excepto por un pequeño detalle.

La letra “B”.

Ignacio siempre cerraba la última curva hacia arriba.

El falsificador la había cerrado hacia abajo.

Nadie más lo habría notado.

Ella sí.

Porque durante años fue quien traducía todos sus contratos internacionales.

Héctor regresó a la mesa.

—Disculpen la demora.

Chen Hao sonrió.

—Podemos continuar.

Héctor abrió nuevamente la carpeta.

Sacó el contrato principal.

—Si todo está en orden, mañana transferiremos los primeros cuatro millones ochocientos mil dólares.

Mariana sintió un escalofrío.

No por la cifra.

Sino porque ese dinero se apoyaba sobre un documento falsificado.

Y si los inversionistas firmaban…

No solo perderían millones.

También quedarían involucrados en un fraude internacional.

Alejandro notó cómo ella apretaba lentamente la servilleta.

Se inclinó apenas hacia su oído.

—¿Qué necesitas?

Mariana respondió sin apartar la vista del contrato.

—Cinco minutos.

—¿Para qué?

Lo miró por primera vez desde que comenzó la cena.

—Para decidir si esta noche salvo a mi exmarido…

O permito que firme el documento que puede enviarlo a prisión durante veinte años.

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