PARTE 2: La firma que nunca debía existir

Renata sintió que el pulso le golpeaba en las sienes.

La carpeta negra permanecía bajo el brazo de Mauricio.

Los dos hombres de seguridad cerraron la puerta con absoluta naturalidad.

Como si aquella habitación ya no perteneciera a los recién casados.

Sino a ellos.

Mauricio sonrió.

—Espero no interrumpir la mañana.

Su mirada recorrió la habitación.

La cama.

Las sábanas.

El sofá donde aún permanecía la manta que Renata había usado durante la noche.

Se detuvo apenas un instante en su madre.

—Mamá… ya puedes dejar de dramatizar.

Doña Beatriz no respondió.

Solo dio un paso casi imperceptible, colocándose ligeramente delante de Renata.

Era un gesto pequeño.

Pero claramente protector.

Mauricio dejó la carpeta sobre la mesa.

—Solo necesitamos una firma.

Después podrán disfrutar tranquilamente de su luna de miel.

Renata frunció el ceño.

—¿Qué documento es?

Él respondió con demasiada rapidez.

—Un trámite patrimonial de la familia.

Nada importante.

Doña Beatriz habló por primera vez.

—Si no es importante…

Puede esperar.

Mauricio sonrió sin perder la calma.

—No.

Debe firmarse hoy.

Antes de las nueve.

Renata sintió un escalofrío.

—¿Por qué tanta prisa?

Mauricio abrió lentamente la carpeta.

Sacó varias hojas perfectamente ordenadas.

La primera llevaba un título elegante.

Convenio Complementario de Administración Patrimonial.

Él deslizó los papeles hacia Renata.

—Solo confirma que aceptas el régimen administrativo de los bienes familiares.

Ella comenzó a leer.

Las primeras líneas parecían normales.

Pero en la tercera página encontró una cláusula que hizo que el aire se detuviera en sus pulmones.

En caso de fallecimiento, incapacidad o ausencia prolongada del señor Emiliano Varela, la administración temporal de todos los bienes matrimoniales recaerá en el señor Mauricio Varela.

Levantó lentamente la vista.

—¿Qué significa esto?

Mauricio mantuvo la sonrisa.

—Es una formalidad que existe desde hace generaciones.

Doña Beatriz respondió con una voz helada.

—Mientes.

El silencio cayó sobre la habitación.

Mauricio dejó de sonreír.

—Mamá…

—Ese documento no existía cuando me casé con tu padre.

Tampoco cuando se casó tu tío.

Lo inventaste hace tres meses.

Los dos hombres de seguridad intercambiaron una breve mirada.

Mauricio respiró profundamente.

—No compliques las cosas.

Renata volvió a mirar el contrato.

Había otra cláusula.

Mucho más abajo.

En caso de disolución del matrimonio durante los primeros doce meses, la cónyuge renuncia expresamente a cualquier derecho económico derivado del patrimonio familiar.

Sintió un vacío en el estómago.

Aquel documento no protegía a la familia.

La dejaba completamente indefensa.

Miró a Emiliano.

Seguía profundamente dormido.

Ni siquiera se movía.

—¿Por qué él no firma?

Mauricio respondió sin dudar.

—Ya firmó anoche.

Doña Beatriz cerró los ojos durante un segundo.

—Imposible.

—Claro que no.

Mostró una copia.

La firma de Emiliano aparecía al pie de la página.

Renata la reconoció inmediatamente.

Pero algo no encajaba.

La fecha.

02:47 a. m.

Ella recordó perfectamente aquella hora.

A las dos y cuarenta y siete había escuchado pasos en el pasillo.

Y el murmullo de una voz masculina.

No había visto salir a Emiliano de la habitación.

Porque nunca salió.

Entonces…

¿Dónde había firmado?

Antes de que pudiera formular la pregunta, llamaron nuevamente a la puerta.

Tres golpes secos.

Todos giraron la cabeza.

Uno de los guardias abrió.

Era el gerente de la hacienda.

Traía el rostro completamente pálido.

—Señor Mauricio…

Necesito hablar con usted.

Ahora mismo.

Mauricio frunció el ceño.

—Estoy ocupado.

El gerente tragó saliva.

—Es sobre las cámaras de seguridad.

La expresión de Mauricio cambió apenas un instante.

Muy poco.

Pero suficiente para que Renata lo notara.

—¿Qué pasó?

El gerente bajó aún más la voz.

—No sabemos cómo ocurrió…

Pero alguien recuperó las grabaciones que habían sido eliminadas durante la madrugada.

Por primera vez desde que entró en la habitación…

…Mauricio dejó de parecer un hombre que tenía el control.

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