Mi abogado llegó cuarenta minutos después.
Gabriel Moreno no hizo preguntas innecesarias.
Vio el video, fotografió el estado del Ferrari y pidió que cualquier declaración relacionada conmigo se hiciera en su presencia.
Adrián perdió la paciencia.
—Clara, estás exagerando.
Lo miré.
—Me pediste asumir la responsabilidad por un accidente que no causé.
—Quería proteger a Valeria.
—Ya lo noté.
Valeria permanecía sentada al fondo, abrazándose las rodillas.
Entonces Gabriel me mostró algo que había encontrado dentro del vehículo.
Una carpeta.
No era mía.
En la portada aparecía el nombre de Ferrer Capital, la empresa que heredé de mi padre.
La abrí.
Había una autorización para transferir temporalmente mis derechos de voto sobre determinadas participaciones.
Al final aparecía mi nombre.
Y un espacio vacío para mi firma.
—¿Qué hacía esto en mi coche?
Adrián palideció.
—No tengo idea.
Valeria levantó la cabeza.
—Él sí sabe.
—Cállate —dijo Adrián.
Gabriel intervino.
—Déjela hablar.
Valeria comenzó a llorar.
—El accidente no debía ser así.
Sentí que el aire desaparecía.
—Explícate.
—Yo debía conducir tu coche hasta un hotel. Adrián dijo que después te llamaría, te asustaría con las consecuencias y conseguiría que fueras a resolverlo.
Miré a mi marido.
—¿Resolver qué?
Valeria señaló la carpeta.
—Firmar.
Adrián negó inmediatamente.
—Está mintiendo.
Pero Gabriel ya revisaba las páginas.
—Este documento tiene hora límite.

Me mostró una cláusula.
Las autorizaciones debían quedar formalizadas antes de las ocho de la mañana para una votación extraordinaria de accionistas.
—¿