A las nueve de la mañana, Adrian volvió a preguntar por mí.
—¿Sofía contestó?
Su asistente negó con la cabeza.
—No, señor.
Adrian frunció el ceño.
—Ve a buscarla.
—Ya envié a alguien a su apartamento.
—¿Y?
El hombre dudó.
—No estaba.
Yo permanecía junto a la ventana, invisible.
El sistema llevaba horas sin hablar.
Quizá ya no había nada que decir.
Mi cuerpo había muerto.
Pero mi conciencia seguía allí.
Mi castigo final.
Valeria apareció con su vestido blanco.
—Adrian, los invitados están llegando.
Él suavizó inmediatamente la expresión.
—Estás hermosa.
Sentí algo extraño.
No dolor.
Ya no.
Solo cansancio.
Entonces sonó un teléfono.
El asistente respondió.
—¿Sí?
Su rostro cambió.
Miró a Adrian.
—Señor…
—¿Qué?
—La policía encontró a una mujer esta mañana.
Adrian permaneció inmóvil.
—¿Y?
—En la costa.
Algo cambió en sus ojos.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
El asistente tragó saliva.
—Creen que es la señora Lockwood.
Por primera vez, Adrian soltó la mano de Valeria.
—Eso es imposible.
—Encontraron identificación.
—Entonces se equivocaron.
—Señor…
—¡Dije que se equivocaron!
Yo estaba frente a él.
A menos de un metro.
Nunca había querido tanto que pudiera verme.
No para que me salvara.
Era demasiado tarde para eso.
Solo quería preguntarle:
“¿Por qué ahora sí tienes miedo?”
Adrian agarró las llaves.
Valeria lo detuvo.
—¿Adónde vas?
—A comprobarlo.
—Nuestra boda empieza en dos horas.
Él la miró.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces Adrian retiró su brazo.
—Si no es Sofía, regresaré.
No dijo qué ocurriría si sí lo era.
Lo seguí.
En la morgue, un detective levantó la sábana.
Adrian dejó de respirar.
Mi rostro estaba pálido.
El cabello todavía húmedo.
Había pequeñas heridas en mis manos por haber sujetado la urna hasta el final.
—No.
Fue apenas un susurro.
—Señor Lockwood…
—No es ella.
El detective lo observó en silencio.
Adrian se acercó.
—Sofía.
Tocó mi mejilla.
Su mano comenzó a temblar.
—Despierta.
Casi me reí.
Cuántas veces había deseado escuchar desesperación en su voz.
Ahora no significaba nada.
—¿Qué ocurrió? —preguntó finalmente.
—Aparentemente entró voluntariamente al agua.
Adrian negó con la cabeza.
—No.
—Sus zapatos estaban colocados en la playa.
—No.
—Y llevaba esto.
El detective señaló una bolsa de evidencias.
Dentro estaba la urna.
Adrian la reconoció.
—¿Qué es?
El detective consultó la etiqueta.
—Cenizas de Luna Lockwood.
El mundo pareció detenerse.
Adrian miró el nombre.
—¿Luna?
—Su hija, según la documentación.
Adrian retrocedió.
—No.
Esta vez la palabra salió rota.
—Luna está…
No terminó.
Porque entonces recordó.
La intervención.
Los documentos que había firmado.
La decisión que había permitido.
Leo necesitaba urgentemente un tratamiento compatible.
Luna había sido compatible.
Y Adrian había autorizado procedimientos pese a mis súplicas.
—El médico dijo que sobreviviría —murmuró.
Yo lo miré.
No.
Los médicos habían dicho que existía riesgo.
Él simplemente había decidido escuchar únicamente la parte que necesitaba.
El detective abrió otra bolsa.
—Encontramos una carta dentro de la funda de la urna.
Adrian la tomó.
Reconoció mi letra.
Adrian:
No te culpo por amar a Valeria. Te culpo por decidir que su hijo merecía un padre dispuesto a salvarlo mientras nuestra hija merecía convertirse en el precio.
Sus manos empezaron a sacudirse.
Continuó.
Cuando Luna empeoró, te llamé diecisiete veces.
Adrian sacó inmediatamente su teléfono.
Buscó.
Diecisiete llamadas perdidas.
Todas aquella noche.
Su rostro se descompuso.
Porque esa noche estaba con Valeria y Leo celebrando que el tratamiento había funcionado.
Había silenciado mi número.
La última línea de la carta era breve.
Te pedí que salvaras a nuestra hija. Elegiste no escucharme. Ahora ya no queda ninguna de las dos para que puedas volver a elegir.
Adrian cayó de rodillas.
Yo permanecí frente a él.
Y entonces el sistema habló por primera vez desde mi muerte.
—Anfitriona.
Cerré los ojos.
—¿Qué?
—Se ha detectado una anomalía.
—Ya no me importa.
—Debería importarte.
Abrí los ojos.
La voz continuó:
—La misión no ha terminado.
Sentí frío.
—Estoy muerta.
—Sí.
Hubo una pausa.
—Pero Luna no.
Miré bruscamente hacia la urna.
—¿Qué dijiste?
—Las cenizas que abrazaste no pertenecen a tu hija.

Y mientras Adrian lloraba sobre mi cadáver, apareció ante mis ojos una nueva pantalla.
OBJETIVO LOCALIZADO: LUNA LOCKWOOD.
ESTADO: VIVA.