Mauricio volvió a llamar.
Nueve veces.
A la décima, contesté.
—Natalia, dime qué está pasando.
—Acabas de descubrirlo.
—¡Jamás compré esa casa!
—No.
Miré el mar desde la terraza del café.
—La robaste.
El silencio al otro lado de la línea duró varios segundos.
—¿Qué dices?
—La casa siempre fue mía. Tú y Bianca intentaron cambiar el registro usando documentos falsificados.
Respiró con fuerza.
—Eso es absurdo.
—Entonces explícale al funcionario por qué apareces como copropietario desde hace dos años.
No respondió.
Colgué.
Esa misma tarde, Mauricio y Bianca llegaron al Registro de la Propiedad.
Exigieron ver el expediente completo.
La funcionaria colocó una carpeta sobre la mesa.
—Aquí están todas las modificaciones realizadas.
Mauricio pasó las hojas una por una.
Su expresión cambió cuando encontró una solicitud firmada con su nombre.
Debajo aparecía otra firma.
La de Bianca.
—Esto… esto no puede ser.
Ella intentó quitarle los documentos.
—Déjame ver.
La mujer del registro habló con calma.
—Ambos comparecieron personalmente según el acta notarial.
Bianca empezó a sudar.
—Debe tratarse de un error.
—No lo parece.
La funcionaria giró otra hoja.
Había fotografías tomadas el día de la supuesta firma.
Los dos llevaban mascarilla.
Pero el sistema biométrico también registraba huellas dactilares.
Mauricio levantó la vista.
—Yo nunca estuve aquí.
La funcionaria frunció el ceño.
—Entonces alguien utilizó una identidad falsa… o una huella registrada de manera ilegal.
En ese instante sonó el teléfono de Bianca.
Era un número desconocido.
Contestó.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mauricio.
Ella bajó lentamente el celular.
—El notario…
—¿Qué pasa con él?
—Desapareció.
Al día siguiente regresé a la ciudad acompañada de mi abogada.
Nos encontramos directamente en la Fiscalía.
Mauricio ya estaba allí.
Cuando me vio entrar, caminó hacia mí.
—Natalia, yo no sabía nada de esto.
Lo miré unos segundos.
—¿De verdad?
Saqué mi tableta.
Abrí una conversación recuperada de la nube.
Era un chat entre él y Bianca.
“Cuando la casa esté a nuestro nombre, la venderemos y nadie volverá a relacionarla con Natalia.”
Mauricio palideció.
—Eso…
—Continúa leyendo.
Deslicé la pantalla.
“El notario dice que con una firma parecida basta. Natalia nunca revisa esos documentos.”
Bianca cerró los ojos.
—Mauricio…
Él la miró con desesperación.
—Me dijiste que todo era legal.
Ella rompió a llorar.
—¡Eso me dijeron a mí!
La fiscal tomó la tableta.
—¿Quiénes?
Bianca respiró hondo.
—No fue idea nuestra.
Toda la sala quedó en silencio.
—Un abogado nos buscó hace dos años. Dijo que conocía la forma de quedarse con la casa sin que Natalia se enterara.
Mi abogada intercambió una mirada conmigo.
Ese nombre nunca había aparecido durante el divorcio.
La fiscal abrió una nueva carpeta.
—¿Recuerda cómo se llamaba?
Bianca asintió lentamente.
Pronunció un solo apellido.

El mismo abogado que había representado a Mauricio durante nuestro divorcio.
La fiscal cerró la carpeta.
—Entonces este caso ya no se trata únicamente de una falsificación de propiedad.
Miró directamente al investigador que acababa de entrar.
—Parece que acabamos de encontrar al hombre que lleva años utilizando divorcios para robar inmuebles… y Natalia podría no ser su única víctima.