Mi turno terminó a las siete de la mañana.
Adrian seguía llamando.
Diecisiete llamadas.
No respondí ninguna.
Antes de salir del hospital, la doctora de obstetricia me encontró en el pasillo.
—Claire.
Me detuve.
—Isabella está estable.
Asentí.
—Me alegra.
Ella vaciló.
—Hay algo extraño en su historia clínica.
La miré.
—¿Qué cosa?
—Dijo que tiene siete semanas.
—Eso me dijo.
—Pero los datos clínicos sugieren que el embarazo podría estar más avanzado. Necesitamos confirmarlo con seguimiento.
Sentí que algo se movía dentro de mí.
No esperanza.
Una duda.
—Eso debe manejarlo su equipo —respondí.
Y me marché.
Cuando llegué a casa, Adrian ya estaba allí.
Estaba sentado en la cocina con la camisa arrugada.
—Tenemos que hablar.
Dejé mis llaves.
—Habla.
—Isabella y yo cometimos un error.
—¿Durante cuánto tiempo?
Silencio.
—Una vez.
Lo miré.
—¿Una vez?
—Después de que volvió de París. Yo estaba confundido.
—Qué conveniente.
Adrian se pasó las manos por el rostro.
—No quería hacerte daño.
—Entonces elegiste una estrategia bastante extraña.
Sus ojos se llenaron de culpa.
—Claire…
—¿El vestido también fue un error?
Se quedó inmóvil.
Eso bastó.
Subí al dormitorio.
Saqué una maleta.
Adrian me siguió.
—¿Vas a irte?
—Sí.
—Podemos arreglar esto.
—Tú puedes arreglar lo que hayas hecho. Yo decidiré qué hago con nuestro matrimonio.
Entonces llamó su teléfono.
Isabella.
Adrian rechazó la llamada.
Yo casi me reí.
—Ahora sí puedes ignorarla.
—Claire, por favor.
Seguí empacando.
Al abrir el cajón donde guardábamos documentos, encontré un sobre de una clínica privada.
Estaba a nombre de Adrian.
Fecha: cuatro meses atrás.
Me detuve.
—¿Qué es esto?
Él palideció.
Abrí el sobre.
No era una factura de consulta.
Era el comprobante de pago de un paquete de estudios médicos solicitado para Isabella Monroe.
Cuatro meses antes de aquella noche.
Tres meses antes de que, según Adrian, hubieran cometido su único “error”.
—Explícamelo.
—No es lo que parece.
—Entonces empieza.
Adrian miró el documento.
—Isabella me llamó cuando todavía estaba en París. Tenía un problema médico y necesitaba ayuda económica.
—¿Por qué ocultarlo?
No respondió.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje del hospital.
No contenía información clínica.
Solo una petición administrativa: debía corregir una anotación porque yo había registrado que Isabella afirmó tener siete semanas de embarazo.
Me quedé mirando esa frase.
“Afirmó tener siete semanas.”
Entonces recordé algo.
Cuatro meses atrás, Adrian había viajado tres días a París.
Supuestamente por una reunión.
—¿Cuándo regresó Isabella realmente?
—Hace un mes.
—Eso no pregunté.
Adrian apretó la mandíbula.
—Claire…
—¿Cuándo la viste por primera vez?
Silencio.
Demasiado largo.
Tomé mi maleta.
—Terminamos.
Cuando llegué a la puerta, él dijo:
—El bebé podría no ser mío.
Me detuve.
Me giré lentamente.
—¿Qué acabas de decir?
Adrian parecía destrozado.
—Isabella me dijo que era mío. Yo le creí.
—¿Y ahora?
—Anoche, mientras tú estabas trabajando, discutimos.
Tragó saliva.
—Le pregunté por las fechas.
Sentí un frío profundo.
—¿Qué respondió?
—Que no importaba quién fuera el padre.
—Claro que importa.
Adrian negó lentamente.
—Según ella, no.
—¿Por qué?
Entonces pronunció una frase que convirtió una infidelidad en algo mucho más extraño.
—Porque Isabella dice que nunca volvió de París por mí.
Lo miré.
—Volvió por ti.
Mi respiración se detuvo.
—¿Por mí?
Adrian sacó su teléfono.
Había un mensaje de Isabella enviado tres semanas antes.
Solo decía:
“Claire Hayes todavía no sabe quién pagó realmente su matrícula de medicina. Cuando lo descubra, entenderá por qué tuve que volver.”
Debajo había una fotografía antigua.
Dos mujeres jóvenes frente a una escuela de ballet.
Una era Isabella.

La otra era mi madre.
Y en el reverso alguien había escrito una fecha.
El día exacto en que mi padre murió.