A las seis de la mañana fingí que acababa de regresar del trabajo.
Teresa estaba preparando café.
—Llegaste temprano.
—Noche tranquila.
La besé en la frente.
Ella sonrió.
Y por primera vez en trece años sentí miedo de aquella sonrisa.
No mencioné las bolsas.
Tampoco le dije que Valeria me había contado nada.
Cuando Teresa salió hacia Guadalajara, llamé a mi hermano Mateo.
—Necesito que recojas a Valeria después de la escuela.
—¿Pasó algo?
—Todavía no lo sé.
Después llamé a un abogado.
A las once ya estaba revisando mis cuentas, documentos y movimientos recientes.
Encontré algo extraño casi inmediatamente.
Tres semanas antes alguien había solicitado un crédito a mi nombre.
Ciento ochenta mil pesos.
Yo jamás lo había pedido.
El dinero había entrado y salido de una cuenta que apenas reconocía.
La cuenta había sido abierta en la sucursal donde trabajaba Teresa.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
Pero aquello no explicaba por qué esperaba que “unas personas” vinieran por mí.
La respuesta apareció esa tarde.
Mi supervisor me llamó.
—Javier, necesito preguntarte algo delicado.
—Dime.
—Auditoría detectó faltantes en inventario.
Me quedé callado.
—¿Cuánto?
—Mucho.
Luego añadió:
—Y alguien está utilizando tu usuario para modificar registros de salida.
Tuve que sentarme.
—Yo no hice eso.
—Lo sé. Hay movimientos realizados mientras estabas registrado físicamente en otra zona.
Eso significaba que alguien quería que pareciera culpable.
—¿Cuándo van a presentar el informe?
—El sábado.
El sábado.
Miré las bolsas negras.
Teresa sabía la fecha.
Esa noche revisé discretamente el escritorio que compartíamos.
Encontré una carpeta escondida detrás de viejos recibos.
Había copias de mi identificación.
Estados de cuenta.
Mi contrato laboral.
Y una impresión de una póliza que yo casi había olvidado.
Seguro de vida.
Beneficiaria: Teresa Ramírez.
Pero entre aquellos papeles había algo todavía más extraño.
Una fotografía tomada desde lejos.
Yo saliendo de la tequilera.
Fecha: hacía seis semanas.
Detrás estaba escrito:
“Confirmado. Turno nocturno. Acceso B.”
No era letra de Teresa.
Guardé todo como evidencia y dejé la carpeta exactamente donde estaba.
A medianoche, Teresa recibió una llamada.
La escuché desde el dormitorio.
—No —susurró—. Javier no sospecha nada.
Mi respiración se detuvo.
—El sábado estará trabajando cuando lleguen.
Silencio.
Después:
—Sí. Yo ya preparé sus cosas.
Entonces escuché una frase diferente.
—Después de que se lo lleven, Valeria y yo desapareceremos unos días.
Esperé hasta que colgó.
A la mañana siguiente, llevé a Valeria personalmente con Mateo.
—¿Papá, estás en problemas?
Me arrodillé frente a ella.
—Estoy intentando descubrir la verdad.
Me abrazó.
Antes de entrar en casa de mi hermano, metió la mano en su mochila.
—Entonces necesitas esto.
Era un teléfono viejo de Teresa.
—Mamá dijo que estaba roto.
—¿Dónde lo encontraste?
—En su clóset.
La pantalla todavía funcionaba.
Había mensajes recientes.
No intenté acceder a nada protegido; lo guardé para entregarlo junto con el resto de la evidencia.
Pero una notificación visible en la pantalla bastó para cambiarlo todo.
“TERESA: El sábado Javier cargará con el faltante. Después podremos recuperar las barricas.”
Debajo aparecía el nombre del remitente.
Mauricio Salgado.
Me quedé sin aire.
Mauricio no era un desconocido.
Era el nuevo director de seguridad de la tequilera.

Y también era el hombre que había sido novio de Teresa antes de que ella me conociera.
Entonces comprendí que las bolsas de ropa no eran una despedida improvisada.
Teresa llevaba semanas preparándose para el sábado.
Y quizá el dinero desaparecido de la empresa nunca había sido el verdadero objetivo.