PARTE 2: LA ESTUDIANTE QUE QUISO EXPULSAR A LA RECTORA

Madison me miró durante dos segundos.

Luego se echó a reír.

—¿Mi caso?

Su amiga también rio.

—Dios mío, está loca.

Thomas Parker, el jefe de seguridad, perdió definitivamente la paciencia.

—Señora, tiene una última oportunidad. Coopere o será retirada del campus.

Miré mi reloj.

Faltaban nueve minutos para la ceremonia.

—Perfecto.

Saqué del bolsillo interior de mi bolso una tarjeta blanca.

No mi identificación personal.

Una tarjeta provisional de acceso ejecutivo.

Se la tendí.

Parker la tomó.

Su expresión cambió apenas vio el sello dorado.

—¿De dónde sacó esto?

—Me la entregó anoche la oficina del Consejo Universitario.

Madison puso los ojos en blanco.

—Seguro también la falsificó.

Entonces una voz masculina sonó detrás del círculo.

—No. No la falsificó.

Todos se giraron.

El presidente del Consejo de Harrison, Malcolm Reeves, venía caminando acompañado por la secretaria general, tres decanos y varios miembros del patronato.

Habían salido del edificio administrativo porque yo no había llegado a la ceremonia.

Reeves me vio.

Después vio el teléfono roto.

Los billetes en el suelo.

El guardaespaldas todavía sujetándose la muñeca.

Y finalmente a Madison.

—Doctora Laurent —dijo—. Llevamos diez minutos buscándola.

El silencio fue inmediato.

Madison dejó de sonreír.

Parker miró primero a Reeves.

Después a mí.

—¿Doctora… Laurent?

Reeves frunció el ceño.

—Sí.

Se volvió hacia los estudiantes.

—La doctora Evelyn Laurent.

Hizo una pausa.

—Nueva rectora de la Universidad Harrison.

Fue como si alguien hubiera desconectado el sonido del campus.

Nadie habló.

Madison palideció.

Su amiga bajó lentamente el teléfono con el que llevaba varios minutos grabando.

Parker abrió la boca.

—Rectora… yo…

—No todavía —dije.

Miré hacia una cámara instalada sobre la entrada de la biblioteca.

—Primero quiero conservar todas las grabaciones de los últimos treinta minutos.

Reeves hizo una señal al director de tecnología.

—Hecho.

Madison finalmente reaccionó.

—Esto es absurdo.

Se acercó a Reeves.

—Mi familia donó treinta millones a Harrison.

—Lo sabemos —respondió él.

—Entonces llame a mi padre.

—¿Para qué?

—Para explicarle quién soy.

Reeves la observó.

—Señorita Clarke, creo que el problema es precisamente que todos sabemos quién cree usted que es.

Varios estudiantes bajaron la cabeza para ocultar sonrisas.

Madison los vio.

—¡Esto no ha terminado!

—Correcto —respondí—. Apenas empieza.

Me agaché.

No para recoger el dinero.

Recogí mi teléfono roto.

—Daños a propiedad personal.

Después señalé a sus guardaespaldas.

—Intento de agresión.

Miré a Parker.

—Una orden de registro sin fundamento después de negarse a revisar las cámaras.

Finalmente miré a Madison.

—Y una exigencia pública para obligar a otra persona a desvestirse.

Su rostro se volvió rojo.

—¡Yo solo quería que se quitara el vestido!

—Eso acaba de decir.

No comprendió el error hasta que varias personas levantaron sus teléfonos.

Había repetido la frase delante de medio campus.

Entonces apareció otro hombre corriendo desde el edificio administrativo.

Charles Whitman.

El supuesto “tío vicerrector”.

—Madison.

Ella corrió hacia él.

—¡Tío Charles! Esta mujer está intentando destruirme.

Whitman me vio.

Se quedó congelado.

Nos conocíamos.

La noche anterior él había estado sentado frente a mí durante una reunión del Consejo.

—Rectora Laurent.

Madison soltó su brazo.

—¿Tú también?

Whitman empezó a sudar.

—Madison, vámonos.

—No.

Mi voz lo detuvo.

Saqué una carpeta del bolso.

No era gruesa.

No necesitaba serlo.

—Señor Whitman, ya que está aquí, podemos ahorrar tiempo.

Su rostro se vació.

—¿Qué es eso?

—Tres contratos de restauración de residencias.

—No sé de qué habla.

—Dos empresas adjudicatarias comparten dirección fiscal.

Pasé una página.

—Y una pertenece a su cuñado.

Parker dio un pequeño paso atrás.

Madison miró a su tío.

—¿Qué está diciendo?

Whitman intentó sonreír.

—Es una cuestión administrativa.

—Perfecto —respondí—. Entonces una auditoría independiente debería aclararlo fácilmente.

—Doctora Laurent, quizá deberíamos hablar en privado.

—Ayer tuvo oportunidad.

Su respiración cambió.

—Esto puede afectar a muchas personas.

—Eso suele ocurrir cuando alguien utiliza dinero universitario como si fuera familiar.

Reeves tomó la carpeta.

La había visto la noche anterior.

—El Consejo ya autorizó la auditoría.

Whitman dejó de hablar.

Entonces Parker comprendió que su protección también acababa de desaparecer.

—Rectora, quiero explicar lo ocurrido.

Lo miré.

—¿Habría pedido explicaciones si yo hubiera sido realmente una estudiante de primer año?

No respondió.

—Ese es el problema.

Le indiqué a seguridad que nadie tocara a Madison.

No quería una escena.

Quería procedimiento.

—La señorita Clarke será tratada exactamente como cualquier estudiante bajo el reglamento disciplinario.

Madison se quedó boquiabierta.

—¡No puede expulsarme!

—No he dicho que vaya a hacerlo.

—Entonces…

—He dicho algo peor para alguien como tú.

Me acerqué.

—Que no tendrás privilegios.

El expediente disciplinario se abrió ese mismo día.

Parker fue apartado temporalmente mientras se revisaba su actuación.

Whitman quedó fuera de decisiones contractuales durante la auditoría.

Y la donación de los Clarke siguió siendo una donación.

No compraba inmunidad.

La ceremonia de investidura comenzó treinta minutos tarde.

Subí al escenario con otro vestido que mi asistente había traído del despacho.

Cuando llegué al podio, cientos de estudiantes guardaron silencio.

Entre ellos estaba Madison.

No se había marchado.

La obligaron a permanecer como cualquier estudiante durante la bienvenida institucional.

La miré apenas un segundo.

Después dije:

—Una universidad no revela su carácter por cómo trata a quienes pueden donar treinta millones.

Hice una pausa.

—Lo revela por cómo trata a la persona que todos creen que no tiene nada.

Nadie rio.

Madison tampoco.

Y aquel fue su verdadero castigo.

No descubrir que había humillado a la nueva rectora.

Sino comprender que, incluso si yo hubiese sido exactamente la estudiante pobre que ella imaginó…

seguía sin tener derecho a tratarme así.

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