PARTE 2: LA ESPOSA QUE NUNCA FUI

—Nunca. Ella todavía nos sirve.

Las palabras de Adrian terminaron de matar lo poco que quedaba de mí.

Clara apoyó la cabeza en su pecho.

—¿Y si descubre nuestro matrimonio?

Adrian soltó una risa.

—Sofía confía demasiado en mí. Además, cuando reciba la herencia de su padre, invertirá una parte en Blake Industries. Después podremos arreglar lo demás.

Entonces entendí todo.

La boda falsa.

Los documentos falsificados.

Los seis años de cariño perfectamente calculado.

Yo no había sido su esposa.

Había sido su inversión.

Me fui del aeropuerto sin enfrentarlos.

Aquella noche Adrian llegó a casa con flores y la pulsera que había prometido.

Me besó la frente.

—Te extrañé.

Sonreí.

—Yo también descubrí cuánto significo para ti.

No entendió.

Todavía.

Durante los siguientes tres días actué normalmente mientras mis abogados trabajaban.

Cancelamos la transferencia destinada a salvar Blake Industries.

Congelamos cualquier autorización que Adrian tuviera sobre mis cuentas.

Y presentamos pruebas del certificado matrimonial falso.

El viernes, Adrian tenía una reunión decisiva con sus acreedores.

Necesitaba mi dinero.

Cuatrocientos millones de dólares.

A las nueve de la mañana me llamó.

—Sofía, la transferencia todavía no aparece.

—Lo sé.

Hubo silencio.

—¿Qué significa eso?

Miré por la ventana de la oficina de mi padre.

—Significa que no voy a salvar tu empresa.

Su respiración cambió.

—Sofía, no bromees. Sin ese dinero podemos quebrar.

—Entonces pídeselo a tu esposa.

Silencio absoluto.

—¿Qué dijiste?

—Clara Hayes. Tu esposa legal.

Escuché algo caer al otro lado.

—Puedo explicarlo.

—Seis años deberían ser suficientes para preparar una explicación.

Colgué.

Pero aquello apenas empezaba.

La demanda llegó esa misma tarde.

Fraude.

Falsificación documental.

Engaño patrimonial.

Y reclamación por cada dólar que Adrian había obtenido utilizando nuestra supuesta relación matrimonial.

Clara me llamó llorando.

No contesté.

Adrian apareció personalmente frente a mi oficina.

Seguridad intentó detenerlo, pero pedí que lo dejaran entrar.

Quería verlo.

Ya no llevaba aquella expresión segura que conocía.

—Sofía, por favor.

Dejó varios documentos sobre mi escritorio.

—Puedo divorciarme de Clara.

Casi me reí.

—¿Para casarte conmigo?

—Podemos empezar de nuevo.

Me levanté lentamente.

—Adrian, todavía no lo entiendes.

Empujé hacia él una copia del testamento.

—Mi padre dejó cuatro mil ochocientos millones a su hija y a su esposo legítimo.

Sus ojos bajaron hacia el documento.

Después me miró.

Y finalmente comprendió.

Si hubiera sido realmente mi esposo, habría tenido derechos sobre una fortuna gigantesca.

Pero su propia mentira lo había eliminado del testamento.

—Tú mismo te quitaste cuatro mil ochocientos millones —dije.

Adrian palideció.

—Sofía…

Abrí la puerta.

—Vuelve con tu verdadera esposa.

Dos meses después, Blake Industries fue vendida para cubrir sus deudas.

Clara solicitó el divorcio cuando descubrió que Adrian había hipotecado incluso el apartamento donde ella vivía.

La última vez que lo vi fue afuera del tribunal.

—¿Alguna vez me amaste? —me preguntó.

Lo pensé unos segundos.

—Sí.

Sus ojos se iluminaron.

Entonces terminé:

—Ese fue mi error.

Subí al automóvil y cerré la puerta.

Durante seis años creí haber perdido mi dignidad intentando conservar un matrimonio.

Al final descubrí algo mucho mejor.

Nunca había existido ningún matrimonio que salvar.

Y los cuatro mil ochocientos millones no fueron la verdadera herencia de mi padre.

La verdadera herencia fue descubrir la verdad antes de entregarle mi futuro al hombre que había construido toda su vida sobre una mentira.

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