Alejandro dejó caer las rosas sobre la mesa.
—¿Dónde está Valentina?
Marta negó con la cabeza.
—Me pidió que no se lo dijera.
—Te estoy preguntando dónde están mi esposa y mi hijo.
—La señora Valentina ya no es su esposa por mucho tiempo, si firma esos papeles.
Aquella respuesta lo golpeó.
—¿Quién vino a buscarla?
Marta dudó.
—Su padre.
Alejandro frunció el ceño.
Durante tres años de matrimonio, Valentina apenas había hablado de su familia paterna.
Él sabía que sus padres estaban separados.
Nada más.
—¿Dónde vive?
—No lo sé.
Alejandro llamó a su suegra.
Contestó al tercer intento.
—¿Ahora sí tienes tiempo?
—Necesito hablar con Valentina.
—Ella no necesita hablar contigo.
—Quiero ver a Mateo.
Hubo silencio.
—¿Recuerdas su nombre?
Alejandro cerró los ojos.
—Por favor.
—¿Dónde estabas cuando nació?
No respondió.
—¿Dónde estabas cuando mi hija despertó de la cesárea preguntando por ti?
—Cometí un error.
—Quince días no son un error, Alejandro.
La llamada terminó.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—¿Qué ocurre?
Isabel estaba en la puerta.
Había llegado en taxi.
Su mirada cayó sobre las rosas abandonadas y después sobre el acuerdo de divorcio.
—Se fue.
Alejandro no respondió.
Isabel se acercó.
—Quizá necesita unos días.
—Quince.
—¿Qué?
—Tuvo quince días para entender que podía vivir sin mí.
Por primera vez, Isabel pareció incómoda.
—Yo nunca te pedí que abandonaras a tu esposa.
Alejandro la miró.
Era verdad.
Isabel había llamado.
Pero él había elegido.
Cada llamada rechazada había sido suya.
Cada noche fuera de casa también.
Entonces sonó el teléfono.
Su abogado.
—Alejandro, acabo de recibir una notificación relacionada con el divorcio.
—Ya tengo los documentos.
—No hablo de eso.
El tono del abogado era extraño.
—Hay una cuestión societaria.
—¿Qué tiene que ver Valentina con mis empresas?
—Mucho más de lo que creíamos.
Alejandro quedó inmóvil.
—Explícate.
—¿Recuerdas la inversión que salvó Grupo Solís hace tres años?
Claro que la recordaba.
Su empresa estaba al borde del colapso cuando un fondo privado inyectó cuarenta millones.
Sin aquello, Alejandro habría perdido todo.
—Fondo Monteluna.
—Correcto.
—¿Qué pasa con ellos?
—Acaban de comunicar que revisarán toda su participación.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque Valentina es la beneficiaria principal del fondo.
Alejandro sintió que no había entendido.
—Eso es imposible.
—Su padre es Eduardo Ferrer.
El nombre lo dejó helado.
Ferrer.
Uno de los inversores más discretos y poderosos del país.
Alejandro miró hacia la puerta por donde Valentina había salido tres días antes.
Nunca había preguntado demasiado por su padre.
Había supuesto que si fuera importante, ella se lo habría contado.
Exactamente como había supuesto tantas cosas.
—¿Valentina sabía que su familia financió mi empresa?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Según los documentos, exigió permanecer anónima.
El abogado respiró.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—El fondo no puede retirar arbitrariamente su inversión, pero puede exigir una auditoría completa bajo ciertas condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Fraude, ocultación patrimonial o uso de activos empresariales para fines personales no declarados.
Alejandro miró a Isabel.
Después recordó el departamento.
La propiedad donde la había alojado durante quince días.
—¿Qué dirección figura vinculada a la revisión?
El abogado se la dio.
Era exactamente aquella.
Isabel palideció.
—Alejandro…
Él colgó.
—¿Usaste mi dirección para algo?
—¿Qué quieres decir?
—Isabel.
Ella bajó la mirada.
—Necesitaba recibir unos documentos.
—¿Qué documentos?
—No importa.
—Ahora sí.
Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.
Dos hombres de traje esperaban fuera.
El primero mostró sus credenciales.
—Auditoría externa de Monteluna Capital.
Alejandro sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué buscan?
—Documentación relacionada con varias transferencias efectuadas desde cuentas vinculadas a Grupo Solís.
—Yo no autoricé ninguna transferencia.
El auditor lo observó.
—Eso esperamos determinar.
Sacó una hoja.
Había seis movimientos.
Todos realizados durante los últimos quince días.
Todos dirigidos a una empresa llamada IBC Consulting.
—Nunca he oído hablar de ella.
Isabel retrocedió.
Alejandro lo vio.
—Tú sí.
—No.
—Mírame.
Ella comenzó a llorar.
—No sabía que utilizarían tus cuentas.
—¿Quiénes?
No respondió.
Alejandro se acercó.
—¿Por qué regresaste realmente?
—Porque necesitaba ayuda.
—¿Ayuda o acceso?
Isabel guardó silencio.
Y aquel silencio fue suficiente.
Entonces el auditor recibió una llamada.
—Entendido.
Colgó.
—Señor Solís, su esposa acaba de autorizar una revisión forense completa.
—¿Dónde está?
—No puedo revelar esa información.
—Tengo derecho a ver a mi hijo.
—Eso deberá resolverlo con sus abogados.
Alejandro apretó los puños.
El auditor añadió:
—Pero hay algo que debería saber antes de acusar a la señora Valentina de actuar por despecho.
Colocó otro documento sobre la mesa.
Era una alerta bancaria.
Fecha: siete meses antes.
Valentina había detectado transferencias sospechosas mucho antes de que Isabel regresara.
—¿Qué significa esto?
—Su esposa llevaba meses investigando una posible filtración dentro de su empresa.
Alejandro miró nuevamente a Isabel.
—¿La conocías antes de volver?
—No.
—Isabel.
—¡No!
Entonces Marta apareció desde el pasillo.
—Señor.
Llevaba un sobre que acababa de encontrar detrás de un cajón.
—La señora Valentina me pidió que se lo entregara únicamente si la señorita Isabel entraba otra vez en esta casa.
Alejandro rompió el sello.
Dentro había fotografías.
Isabel reuniéndose con su director financiero.
Isabel entrando en las oficinas de IBC Consulting.
Y una fotografía tomada siete meses atrás.
Mucho antes de aquella llamada desde el aeropuerto.
Valentina había escrito detrás:
“Si estás leyendo esto, significa que elegiste creerle antes de preguntarme.”
Alejandro levantó lentamente la mirada.
—Viniste aquí por mi empresa.
Isabel empezó a negar.
—No es así.
El teléfono de Alejandro vibró.
Un mensaje de Valentina.
El primero en quince días.
No decía nada sobre el divorcio.
Nada sobre Mateo.
Solo contenía un archivo.
Alejandro lo abrió.
Era una grabación de seguridad del hospital.
La fecha correspondía al día del parto.
En el vídeo, Isabel aparecía entrando por una puerta lateral cuarenta minutos antes de llamar a Alejandro desde el supuesto aeropuerto.
Y no estaba sola.
Caminaba junto al obstetra que había atendido a Valentina.
Debajo, ella había escrito:
“Antes de pedirme perdón, pregúntale a Isabel por qué estaba en el hospital antes de que naciera nuestro hijo.”
Alejandro levantó los ojos.
—Tú nunca me llamaste desde el aeropuerto.
Isabel dejó de llorar.
Y por primera vez desde que había regresado, su rostro mostró algo que no era fragilidad.
Era miedo.
