Alejandro pronunció el nombre casi en un susurro.
—Mateo.
Marta lo miró con una tristeza que dolía más que cualquier reproche.
—Sí, señor.
Alejandro apretó el anillo de Valentina dentro del puño.
—¿Dónde están?
—La señora me pidió que no se lo dijera.
—Soy su padre.
—También era su padre hace quince días.
Alejandro no respondió.
Su teléfono comenzó a sonar.
Isabel.
Lo dejó sonar hasta que se detuvo.
Entonces vio algo debajo del acuerdo de divorcio.
Un informe médico.
Lo abrió.
HOSPITAL SAN GABRIEL.
PACIENTE: MATEO SOLÍS.
Debajo había varias pruebas y una anotación marcada en rojo.
Alejandro sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Qué le pasó?
Marta bajó la mirada.
—El niño dejó de respirar la tercera noche.
El papel tembló entre sus dedos.
—¿Qué?
—La señora Valentina llamó muchas veces.
Alejandro recordó el teléfono apagado.
Recordó haberlo encendido aquella mañana.
Diecisiete llamadas perdidas.
No había devuelto ninguna.
—¿Está bien?
—Ahora sí.
Alejandro tuvo que apoyarse en la mesa.
—¿Estuvo hospitalizado?
—Dos noches.
—¿Y nadie me avisó?
Marta lo miró incrédula.
—Todos intentaron avisarle.
Aquello lo silenció.
Entonces apareció otra hoja.
Una factura.
Pagada íntegramente.
Nombre del pagador: Eduardo Ferrer.
—¿Quién es?
Marta dudó.
—El padre de la señora Valentina.
Alejandro frunció el ceño.
Durante su matrimonio, Valentina siempre había evitado hablar de él.
—Pensé que no tenían relación.
—No la tenían.
—¿Entonces por qué apareció ahora?
—Porque cuando usted no contestó, ella llamó a la única persona que juró que nunca volvería a necesitar.
Alejandro sintió una punzada de vergüenza.
Había conseguido que su esposa regresara a un padre del que llevaba años alejada antes que depender nuevamente de él.
Su teléfono volvió a sonar.
Esta vez era su abogado.
—Tenemos un problema.
—Ahora no.
—Tiene que escucharme.
Alejandro cerró los ojos.
—Habla.
—Valentina presentó el divorcio junto con una solicitud para separar formalmente sus activos empresariales.
—Eso era esperable.
—No entiende.
El abogado respiró.
—Grupo Solís recibió hace tres años cuarenta millones de euros de un fondo privado.
Alejandro abrió los ojos.
—Monteluna Capital.
—Exacto.
—¿Qué tiene que ver eso con Valentina?
Silencio.
—Ella controla el fondo.
Alejandro creyó haber oído mal.
—Valentina trabaja como diseñadora independiente.
—Eso es lo que usted sabía.
El abogado continuó.
—Monteluna pertenece a una estructura fiduciaria de la familia Ferrer.
El nombre finalmente encajó.
Eduardo Ferrer.
El empresario que rara vez aparecía en público y cuya firma controlaba inversiones por cientos de millones.
—¿Me estás diciendo que Valentina es hija de ese Ferrer?
—Única hija.
Alejandro se sentó.
Durante tres años había pensado que él había sido quien proporcionaba seguridad económica al matrimonio.
Y durante tres años, Valentina jamás lo corrigió.
—¿Ella financió mi empresa?
—Indirectamente.
—¿Lo sabía?
—Según los documentos, sí.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Por qué?
—Hay una carta adjunta al acuerdo original.
El abogado leyó:
—“Confío en Alejandro. No quiero que sepa que el capital procede de mi familia porque quiero que construya su empresa sintiendo que el mérito es suyo.”
Alejandro no pudo hablar.
Valentina había protegido su orgullo.
Él no había sido capaz siquiera de contestar cuando ella entró a cirugía.
—Hay algo más —dijo el abogado.
—¿Qué?
—El fondo solicitó una auditoría urgente esta mañana.
—¿Por qué?
—Detectaron movimientos sospechosos.
—Yo no he movido dinero.
—Alguien sí.
Le envió seis transferencias.
Alejandro abrió el archivo.
Todas habían ocurrido durante los últimos quince días.
El beneficiario era IBC Consulting.
No conocía aquella empresa.
Pero sí reconoció la dirección registrada.
Era el edificio donde había alojado a Isabel.
Alejandro quedó inmóvil.
En ese instante, alguien llamó a la puerta.
Era Isabel.
—Te he llamado cinco veces.
Alejandro levantó lentamente el teléfono.
—¿Conoces IBC Consulting?
La expresión de Isabel cambió.
Solo durante un segundo.
Pero bastó.
—No.
—Mientes.
—Alejandro…
—¿Por qué regresaste?
—Ya te lo expliqué.
—Dijiste que acababas de llegar del extranjero.
—Así fue.
Marta apareció desde la cocina.
—No.
Isabel giró la cabeza.
Marta sostenía un sobre.
—La señora Valentina dejó esto con instrucciones muy claras.
Alejandro lo tomó.
Dentro había fotografías.
Isabel entrando en el edificio de Grupo Solís.
Fecha: siete meses antes.
Otra mostraba a Isabel reunida con su director financiero.
Cinco meses antes.
Una tercera la mostraba frente al Hospital San Gabriel.
Dos días antes del parto.
Alejandro levantó los ojos.
—Llevabas meses aquí.
Isabel palideció.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
—No regresé por ti.
Aquellas palabras habrían destrozado al Alejandro universitario.
Ahora apenas significaban nada.
—Entonces ¿por qué?
Isabel comenzó a llorar.
—Porque necesitábamos acceso a tu empresa.
—¿Quiénes?
Ella guardó silencio.
—¿Quiénes, Isabel?
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Alejandro vibró.
Era un mensaje de Valentina.
El primero desde que se había marchado.
Solo contenía un vídeo.
Alejandro pulsó reproducir.
La grabación mostraba el pasillo de maternidad la noche en que Mateo nació.
La hora aparecía en una esquina.
19:42.
Alejandro había recibido la llamada de Isabel a las 20:17.
Treinta y cinco minutos después.
Entonces Isabel apareció en la grabación.
Llevaba la misma gabardina beige con la que supuestamente había bajado de un avión.
Pero no estaba en el aeropuerto.
Estaba dentro del hospital.
Hablando con el obstetra de Valentina.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
—Nunca estuviste en el aeropuerto.
Isabel retrocedió.
—Alejandro…
El vídeo continuó.
El obstetra le entregó una carpeta.
Isabel la abrió.
En la portada se leía claramente:
VALENTINA FERRER — INFORMACIÓN OBSTÉTRICA CONFIDENCIAL.
La respiración de Alejandro se detuvo.
—Sabías que Valentina estaba dando a luz.
Isabel empezó a negar.
—No entiendes.
—Me llamaste deliberadamente para sacarme del hospital.
Silencio.
—¿Por qué?
Isabel cerró los ojos.
—Porque Mateo no debía nacer contigo allí.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Entonces Marta soltó un pequeño jadeo.
Había otra página dentro del sobre.
Alejandro la sacó.
Era un informe de laboratorio solicitado la noche del nacimiento.
PRUEBA DE PATERNIDAD NEONATAL.
Miró el resultado.
PROBABILIDAD DE PATERNIDAD DE ALEJANDRO SOLÍS: 0,00%.
El mundo pareció detenerse.
—Esto es falso.
Isabel abrió los ojos.
—No.
—Valentina nunca estuvo con otro hombre.
—Lo sé.
Alejandro levantó la mirada.
—Entonces explícame cómo es posible.
La puerta volvió a abrirse.
Un hombre de unos sesenta años entró acompañado por dos abogados.
Alejandro lo reconoció inmediatamente por las revistas financieras.
Eduardo Ferrer.
El padre de Valentina.
El hombre se detuvo frente a Isabel.
—Porque alguien manipuló el tratamiento de fertilidad de mi hija.
Alejandro dejó de respirar.
—¿Qué tratamiento?
Eduardo lo miró.
—El que Valentina comenzó después de vuestra segunda pérdida.
Alejandro retrocedió.
Nadie excepto ellos y su médico debía conocer aquello.
—¿Dónde está mi esposa?
—A salvo.
—¿Y Mateo?
—También.
—Quiero verlos.
Eduardo negó.
—Primero vas a ayudarme a descubrir quién utilizó a Isabel para sacarte del hospital.
Alejandro miró nuevamente el informe.
—Si Mateo no es mío… ¿de quién es?
Eduardo dejó una segunda prueba genética sobre la mesa.
—Eso es precisamente lo que Valentina descubrió hace tres días.
Alejandro leyó el nombre.
Y sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
El padre biológico de Mateo figuraba como Daniel Solís.

Su hermano mayor.
El mismo hombre al que toda la familia había enterrado seis años atrás.