PARTE 2: LA ESPOSA QUE NUNCA EXISTIÓ

La investigación tardó cuarenta y ocho horas.

Fueron las cuarenta y ocho horas más largas de mi vida.

No regresé a casa.

Me instalé con Elena en un apartamento que mi madre me había dejado antes de morir.

Adrián llamó dieciséis veces.

Respondí únicamente por mensaje:

“La bebé está inquieta. Me quedaré unos días fuera.”

Contestó inmediatamente.

“Dime dónde estás. Iré a cuidarlas.”

Casi me reí.

¿Cuidarnos?

¿Antes o después de regresar con su esposa?

Apagué el teléfono.

A la mañana siguiente, el investigador llegó con tres carpetas.

—Señora Song, hay algo extraño.

Empujó la primera hacia mí.

—El matrimonio entre Adrián Xia y Mónica Mo existe legalmente.

—Eso ya lo sé.

—Pero quizá no sepa cómo ocurrió.

Abrió un documento.

La fecha era de siete años atrás.

Un año antes de que yo conociera a Adrián.

—Mónica estaba embarazada cuando se registraron.

Sentí un escalofrío.

—¿Adrián sabía que el niño era suyo?

—Sí.

La siguiente fotografía mostraba a Adrián entrando con ella en una clínica privada.

Otra, comprando artículos para bebé.

Otra, saliendo del registro civil.

Todo había ocurrido antes de conocerme.

Entonces llegó la pregunta que realmente importaba.

—¿Y mi matrimonio?

El investigador guardó silencio.

—No aparece en ningún registro civil válido.

Lo miré.

—Yo firmé documentos.

—Firmó documentos.

—Hubo funcionarios.

—Hubo una ceremonia.

—Tengo un certificado.

Él deslizó otra hoja.

—Falso.

Sentí que algo se vaciaba dentro de mí.

Nuestra boda había sido enorme.

Más de doscientos invitados.

Fotógrafos.

Abogados.

Empresarios.

Adrián había organizado personalmente el registro privado para evitar a la prensa.

Yo creí que aquello era protección.

En realidad, era el método perfecto para impedir que descubriera que ya estaba casado.

Seis años de relación.

Una boda.

Una hija.

Y legalmente yo jamás había sido la señora Xia.

—¿Por qué?

El investigador abrió la tercera carpeta.

—Creo que esto responde parte de la pregunta.

Dentro había documentos corporativos.

Cuando conocí a Adrián, su empresa estaba prácticamente quebrada.

Yo lo sabía.

También sabía que mi padre había invertido en ella.

Lo que nunca supe era cuánto.

El Grupo Song había aportado el capital que salvó a Xia Holdings.

Después llegaron contactos.

Licencias.

Terrenos.

Garantías bancarias.

Todo presentado como oportunidades que Adrián había conseguido gracias a su talento.

Pero detrás aparecía una y otra vez la misma firma.

La de mi padre.

Sentí frío.

—Se acercó a mí por mi familia.

—Eso parece.

Cerré los ojos.

Entonces comprendí por qué Adrián podía humillar a cualquier mujer que se acercara a él delante de mí.

¿Por qué no?

Ya tenía a la mujer que quería.

Yo era otra cosa.

Capital.

Contactos.

Reputación.

La hija de la familia Song.


Aquella noche Adrián me encontró.

Entró en el apartamento sin aliento.

—¡Vi!

Corrió hacia mí.

—¿Por qué cambiaste el nombre de nuestra hija?

Me quedé sentada.

Elena dormía en su cuna.

—Porque Clara Xia ya existía.

Adrián dejó de respirar.

No preguntó de qué hablaba.

No fingió.

Simplemente palideció.

Eso fue suficiente.

—Vi…

—¿Cuántos años tiene tu hijo?

Silencio.

—Contéstame.

—Seis.

—¿Mónica es tu esposa?

Su mandíbula se tensó.

—Legalmente, sí.

Aquellas dos palabras terminaron de enterrarlo.

Me puse de pie.

—Entonces, ¿qué soy yo?

Adrián intentó acercarse.

Retrocedí.

—No me toques.

Se detuvo inmediatamente.

—Puedo explicarlo.

—Tienes cinco minutos.

—Mi matrimonio con Mónica nunca significó nada.

Solté una carcajada.

—Tienen un hijo.

—Fue un error.

—¿Un error que llevas seis años criando?

—Yo nunca la amé.

—¿Y por eso pasas varias noches a la semana en su casa?

Su expresión cambió.

Ya sabía que lo había investigado.

—Vi, escucha. Cuando conocí a Mónica, yo estaba empezando. Ella quedó embarazada. Mi abuelo exigió que asumiera la responsabilidad. Nos registramos.

—Después te conocí.

Su voz se quebró.

—Y me enamoré de ti.

Lo miré.

Por un instante quise creerle.

Ese era el problema.

Incluso después de descubrir la verdad, una parte de mí todavía recordaba al hombre que había llorado en aquel hospital.

Entonces pregunté:

—Si me amabas, ¿por qué no te divorciaste?

Adrián guardó silencio.

—Porque Mónica tenía algo contra ti.

—No.

—Porque perderías algo.

Silencio otra vez.

Ahí estaba.

—¿Qué perderías, Adrián?

Su rostro se endureció.

—Las acciones.

Todo encajó.

Mi padre había colocado condiciones sobre algunas inversiones.

Adrián necesitaba mantener cierta estructura accionarial y familiar hasta completar la expansión del grupo.

Un escándalo matrimonial habría activado revisiones.

Y él quería conservarlo todo.

A Mónica.

A su hijo.

El dinero de mi familia.

Y a mí.

—Entonces nunca tuviste que elegir —dije.

—Construiste una vida donde podías quedártelo todo.

—Vi, nuestra relación fue real.

—¿Nuestra boda también?

No respondió.

—¿El certificado?

Nada.

—¿Los funcionarios?

Bajó los ojos.

Sentí que finalmente algo dentro de mí se apagaba.

—Sal de mi casa.

Adrián levantó la cabeza.

—No puedes apartarme de mi hija.

—Tu hija se llama Elena Song.

—También es mi hija.

—Entonces tendrás oportunidad de demostrarlo donde corresponde.

Le mostré la carpeta del abogado.

Por primera vez pareció asustado.

—¿Qué hiciste?

—Lo mismo que tú hiciste durante seis años.

Sonreí.

—Prepararme sin avisarte.


A la mañana siguiente, el Grupo Song convocó una reunión extraordinaria.

Mi padre entró apoyado en un bastón.

Adrián llegó veinte minutos después.

Mónica estaba con él.

Probablemente creyó que finalmente podría presentarse como la verdadera señora Xia.

Incluso llevaba al niño.

Cuando me vio, sonrió.

—Supongo que ahora ya sabes quién llegó primero.

La miré.

—Sí.

—Y también sé quién pagó todo lo que vino después.

La sonrisa desapareció.

Mi padre abrió la reunión.

Las garantías del Grupo Song quedaron suspendidas.

Dos licencias fueron sometidas a revisión.

Las acciones sujetas a nuestras condiciones regresaron al fideicomiso familiar mientras se investigaba el fraude.

Adrián se levantó.

—¡Esto destruirá Xia Holdings!

Mi padre lo miró fríamente.

—No.

—Solo retiraremos lo nuestro.

Aquella frase me recordó algo.

No estábamos destruyendo su imperio.

Estábamos descubriendo cuánto de aquel imperio jamás había sido suyo.

Mónica se volvió hacia Adrián.

—Dijiste que la familia Song ya no podía tocar la empresa.

Él la miró.

Y por primera vez vi miedo entre ellos.

Entonces mi abogado colocó mi supuesto certificado matrimonial sobre la mesa.

—También presentaremos una denuncia por falsificación documental y engaño patrimonial.

Adrián perdió el color.

Mónica dejó de sonreír.

Yo tomé a Elena en brazos.

Adrián dio un paso hacia nosotras.

—Vi, por favor.

Me detuve.

—No vuelvas a llamarme así.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Te amo.

Durante seis años habría dado cualquier cosa por escuchar aquellas palabras.

Ahora solo pregunté:

—¿A cuál de tus dos esposas?

No pudo responder.

Salí de la sala.

Mi hija despertó y cerró su pequeña mano alrededor de mi dedo.

Entonces comprendí finalmente cuál de aquellas dos vidas había sido mentira.

No había sido la de Mónica.

Tampoco la mía.

La mentira era el hombre que Adrián había interpretado en ambas.

Y esta vez no pensaba desperdiciar otros seis años intentando descubrir cuál de sus caras era la verdadera.

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