PARTE 2: La esposa que no debía existir

—¿Su qué?

La voz de Luz salió tan fuerte que varias personas en el restaurante voltearon al mismo tiempo.

La mochila térmica seguía en el suelo.

El pedido para los Takahashi estaba inclinado contra una silla.

Y Santiago acababa de convertir a una desconocida en su esposa frente a medio Polanco.

Durante unos segundos nadie respiró.

Ni los meseros.

Ni los inversionistas japoneses.

Ni el abogado Duarte, que parecía a punto de sufrir un infarto.

Santiago tragó saliva.

Por primera vez en años, el hombre que negociaba proyectos de cientos de millones no tenía un plan.

Solo una desesperación enorme.

—Luz —dijo despacio—. ¿Podemos hablar un momento?

—No.

—Por favor.

—Definitivamente no.

Kenji Takahashi observó la escena con curiosidad.

Su esposa Aiko ocultó una sonrisa detrás de la copa.

Luz recogió la mochila.

—Mire, señor, no sé quién es usted ni qué clase de broma enferma está haciendo, pero yo vine a entregar una cena.

Intentó irse.

Santiago reaccionó.

—Le pagaré.

Ella se detuvo.

Lo miró.

—¿Perdón?

—Por escucharme.

—¿Cuánto?

Aquello tomó a Santiago por sorpresa.

—¿Qué?

—¿Cuánto paga por escuchar mentiras?

Aiko soltó una pequeña carcajada.

Kenji sonrió.

Y por primera vez aquella noche alguien parecía disfrutar el desastre.

Luz cruzó los brazos.

—Tengo otros pedidos.

Santiago miró el reloj.

Luego a los Takahashi.

Luego nuevamente a ella.

—Cincuenta mil pesos.

El restaurante entero quedó en silencio.

Luz parpadeó.

—¿Cuánto?

—Por una conversación de una hora.

Ella lo observó varios segundos.

Después señaló una mesa vacía.

—Una hora.

—Una hora.

—Y después desaparece de mi vida.

—Hecho.


Treinta minutos más tarde estaban sentados frente a frente en una cafetería abierta toda la noche sobre Paseo de la Reforma.

Luz seguía mojada por la lluvia.

Santiago seguía sin saber cómo empezar.

—Necesito una esposa.

Ella levantó una ceja.

—Y yo necesito un unicornio que pague la renta. Los dos tenemos problemas.

Aquello lo hizo reír por primera vez desde la muerte de su padre.

Una risa real.

No una de compromiso.

No una de negocios.

Luz lo notó.

—Bueno. Ya se ve menos muerto.

Santiago se quedó inmóvil.

—¿Perdón?

—Cuando entré al restaurante pensé que era el tipo más triste que había visto en mi vida.

El comentario dolió.

Porque era cierto.

Luz tomó un sorbo de café.

—Ahora explique.

Y él explicó.

Todo.

Regina.

La traición.

El funeral.

El testamento.

Los noventa días.

Los primos.

Los Takahashi.

La empresa.

Las miles de familias que dependían de Grupo Arriaga.

Cuando terminó, Luz permaneció en silencio.

—¿Y por qué no contrata una actriz?

—Porque los Takahashi investigan todo.

—¿Y una modelo?

—Lo mismo.

—¿Y una amiga?

Santiago bajó la mirada.

—No tengo muchas.

Aquella respuesta la sorprendió.

Porque era honesta.

Demasiado honesta.

Luz apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Cuánto dinero tiene?

—Mucho.

—¿Y no tiene una sola persona a quien llamar?

Él no respondió.

Porque tampoco tenía respuesta.


A las dos de la mañana, Luz regresó a su departamento.

Era un pequeño cuarto en Iztapalapa.

Dos habitaciones.

Pintura descascarada.

Un refrigerador viejo.

Y una mujer dormida en una cama junto a la ventana.

Su madre.

Rosa Hernández.

Luz se acercó para acomodarle una cobija.

Entonces escuchó la tos.

La misma tos.

La que llevaba meses empeorando.

Sobre el buró había recetas médicas.

Estudios pendientes.

Y una factura hospitalaria que Luz todavía no podía pagar.

Ciento ochenta y tres mil pesos.

Suspiró.

Y recordó la oferta de Santiago.


A la mañana siguiente, Santiago recibió una llamada.

—Acepto.

Él casi deja caer el teléfono.

—¿Qué?

—Acepto escuchar su propuesta completa.


Tres días después firmaron un contrato.

No de matrimonio.

Todavía no.

Un acuerdo.

Luz recibiría un salario.

Atención médica para su madre.

Y ayuda legal para resolver algunas deudas familiares.

A cambio, acompañaría a Santiago durante varias reuniones sociales mientras evaluaban si podían sostener la mentira.

El abogado Duarte estuvo a punto de renunciar al leerlo.

—Esto es una locura.

—Lo sé.

—Esto terminará mal.

—Probablemente.

—Entonces ¿por qué lo hace?

Santiago miró por la ventana.

—Porque por primera vez alguien me habló sin querer algo de mí.

Duarte levantó una ceja.

—Le está cobrando.

—Sí. Pero me cobra de frente.


Las semanas siguientes fueron un desastre.

Luz no sabía usar cubiertos de siete piezas.

Confundió a tres empresarios.

Llamó “señora elegante” a una embajadora.

Y durante una cena en Las Lomas preguntó en voz alta:

—¿Por qué todos hablan de ayudar a los pobres mientras cenan algo que cuesta más que mi renta?

El silencio fue mortal.

Pero Kenji Takahashi sonrió.

Mucho.

Y tomó nota.

Porque Luz tenía algo que ningún asesor corporativo había logrado darle a Santiago.

Verdad.


Sin embargo, alguien observaba.

Ramiro y Octavio Arriaga.

Los primos.

Los hombres que heredaban la empresa si Santiago fracasaba.

Y estaban encantados con aquella situación.

—Una repartidora —se burló Ramiro.

—Esto será más fácil de lo que pensé —respondió Octavio.

Comenzaron a investigar.

Y encontraron algo.

Algo que cambió todo.


Una tarde, mientras Luz ayudaba a su madre con medicamentos, recibió una llamada.

Número desconocido.

—¿Luz Hernández?

—Sí.

—Habla el despacho Salazar & Asociados.

La joven frunció el ceño.

—Se equivoca.

—No.

La voz hizo una pausa.

—Tenemos información sobre su padre.

El mundo pareció detenerse.

Su padre.

El hombre que desapareció cuando ella tenía ocho años.

El hombre que supuestamente los abandonó.

Luz sintió que las piernas le temblaban.

—¿Qué sabe de él?

—No por teléfono.

Colgaron.

Y ella quedó inmóvil.

Porque aquella herida llevaba abierta toda la vida.


Esa misma noche, Ramiro entró al despacho de Santiago sonriendo.

Demasiado.

—Primo, creo que deberías conocer mejor a tu futura esposa.

Santiago levantó la vista.

—¿Qué hiciste?

Ramiro dejó una carpeta sobre el escritorio.

Dentro había fotografías.

Documentos.

Informes.

Y una hoja marcada en rojo.

Santiago leyó el nombre.

Luego volvió a leerlo.

No podía creerlo.

Porque el padre desaparecido de Luz estaba relacionado con un viejo caso de corrupción empresarial.

Un caso enterrado.

Un caso que involucraba directamente a Grupo Arriaga.

Y, peor aún…

un caso firmado años atrás por su propio padre.

Santiago levantó lentamente la vista.

Ramiro sonreía.

—¿Ves ahora por qué esa mujer apareció justo cuando la necesitabas?

Por primera vez, una duda terrible cruzó la mente de Santiago.

¿Y si todo aquello no había sido casualidad?

¿Y si la repartidora empapada no había llegado por accidente a aquella puerta?

¿Y si alguien la había acercado deliberadamente al imperio Arriaga?

Y mientras él intentaba entenderlo, Luz observaba una fotografía recién recibida por correo electrónico.

Una fotografía tomada apenas dos meses antes.

En ella aparecía un hombre canoso, más viejo, pero inconfundible.

Su padre.

Vivo.

Y parado frente a un edificio que llevaba un nombre imposible:

Grupo Arriaga Corporativo.

La mentira del matrimonio acababa de convertirse en algo mucho más peligroso.

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