PARTE 2: La esposa que dejó de esperar

Marcus golpeó la mesa con la palma.

—¿Ya terminaste con tu espectáculo?

Lo miré con una calma que incluso a mí me sorprendió.

—Sí. De hecho, terminé con muchas cosas.

Sophie intervino inmediatamente.

—Elena, yo puedo irme.

—No hace falta.

Dejé mi maleta junto a la puerta.

—La que se va soy yo.

Marcus soltó una risa incrédula.

—¿Otra amenaza de divorcio?

—Nunca te había amenazado con divorciarme.

Su sonrisa desapareció.

Saqué una carpeta del bolso.

Durante mi última noche en Noruega había hecho algo más importante que llorar: llamé a una abogada.

Dejé los documentos sobre la mesa.

—Ahora sí.

Sophie miró a Marcus.

—Creo que debería dejaros solos.

Él la detuvo.

—Quédate.

Aquella única palabra terminó de borrar cualquier duda.

Asentí.

—Perfecto. Así también puede escuchar.

Marcus abrió la carpeta.

Su expresión cambió.

—¿Ya firmaste?

—Esta mañana.

—¿Por una fotografía?

—No.

Me quité el anillo.

—Por un año entero sintiéndome como una intrusa en mi propio matrimonio.

Lo dejé junto a su plato.

Marcus se levantó.

—Estás actuando impulsivamente.

—Tuve una semana entera sola en Noruega para pensarlo.

Eso lo hizo callar.

Tomé mi maleta.

Entonces Sophie preguntó:

—¿Y la casa?

Me detuve.

Marcus la miró con irritación.

—Sophie.

Pero yo sonreí.

Qué interesante.

Ni siquiera había cruzado la puerta y ella ya preguntaba por la casa.

—¿Qué pasa con ella?

Sophie se apresuró a corregirse.

—Nada. Solo pensé que tendríais que decidir qué hacer con las propiedades compartidas.

—Esta no es compartida.

Marcus frunció el ceño.

—Claro que lo es.

—No.

La casa había pertenecido a mi abuela. Después pasó a mi madre y finalmente a mí, años antes de conocer a Marcus.

Él siempre lo supo.

Pero aparentemente había olvidado un detalle.

—Tienes treinta días para sacar tus cosas.

Marcus se quedó mirándome.

—¿Me estás echando de mi propia casa?

—Estoy pidiéndote que abandones la mía.

Sophie palideció.

Por primera vez desde que llegué, dejó de parecer cómoda.

Me marché aquella noche.

No porque Marcus tuviera derecho a quedarse.

Sino porque no quería dormir bajo el mismo techo que ellos.

A la mañana siguiente tenía diecinueve llamadas perdidas.

No contesté ninguna.

A las once, mi abogada me llamó.

—Elena, necesito preguntarte algo. ¿Marcus tenía acceso a tus documentos financieros?

—A algunos. ¿Por qué?

—Porque encontramos una solicitud de préstamo presentada hace dos meses.

Me incorporé.

—Yo no solicité ningún préstamo.

—Lo sé.

Sentí un frío desagradable.

—¿Cuánto?

—Casi tres millones.

—¿Con qué garantía?

Hubo una pausa.

—Tu casa.

Cerré los ojos.

Noruega.

Sophie.

Las cenas.

Las llamadas nocturnas.

De repente, todo parecía mucho más grande que una infidelidad.

—¿Quién firmó?

—Aparece tu nombre.

—No es mi firma.

—Eso imaginaba.

Entonces añadió:

—Hay algo más. El dinero no fue enviado a ninguna cuenta de Marcus.

—¿A dónde fue?

Escuché papeles al otro lado.

—A una empresa constituida hace seis meses.

—¿De quién?

Mi abogada guardó silencio un segundo.

—Sophie Blake.

Miré por la ventana.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Era un mensaje de Marcus.

“Elena, no firmes nada más. Sophie no es quien crees.”

Tres segundos después llegó otro.

“Y yo tampoco fui quien pidió ese préstamo.”

Entonces apareció una fotografía.

Marcus había abierto una caja fuerte que yo ni siquiera sabía que existía.

Dentro había copias de mi pasaporte, documentos bancarios y varias hojas con mi firma practicada decenas de veces.

Pero lo que me dejó helada fue la fecha escrita en la primera página.

Era de seis meses antes de nuestra boda.

Sophie no había regresado para recuperar a Marcus.

Había estado allí desde antes de que él se casara conmigo.

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