Los policías llegaron siete minutos después.
La ambulancia entró primero.
Una paramédica limpió la sangre que corría por mi sien mientras otro revisaba mis pupilas.
—Necesita puntos de sutura —dijo.
Mauricio intentó acercarse.
—Mi esposa exagera. Solo fue un accidente.
El oficial levantó una mano.
—Permanezca donde está.
Miré alrededor.
Los veinte familiares seguían inmóviles.
Ninguno quería convertirse en testigo.
Hasta que Mariana, la esposa de mi cuñado, dio un paso al frente.
—Yo vi todo.
Las miradas cayeron sobre ella.
Tomás le sujetó el brazo.
—Mariana…
Ella se soltó.
—No fue un accidente. Mauricio le lanzó el plato.
El silencio volvió a caer.
El oficial tomó nota.
Después pidió las identificaciones de todos.
Graciela intervino inmediatamente.
—Oficial, esto es un asunto familiar.
—No, señora.
Respondió él sin levantar la vista.
—Una agresión deja de ser un asunto familiar cuando alguien termina herido.
Mientras los paramédicos terminaban de vendarme, un segundo policía comenzó a fotografiar la mesa.
Los platos rotos.
Las manchas de sangre.
Los pedazos de porcelana.
Y los documentos que seguían abiertos junto al asiento de Graciela.
—¿Qué son estos papeles?
Mauricio reaccionó demasiado rápido.
—Nada importante.
Intentó recogerlos.
El oficial fue más rápido.
Tomó la carpeta.
En la primera hoja aparecía el título:
“Cesión gratuita de derechos de propiedad.”
Mi nombre figuraba como cedente.
Graciela como nueva propietaria.
El policía pasó varias páginas.
—¿Ya estaba firmado?
—No —respondí.
—Porque me negué.
Entonces encontró la última hoja.
Había una firma.
Mi firma.
Solo que yo nunca la había hecho.
Observé aquella rúbrica durante varios segundos.
Era parecida.
Pero no era mía.
El oficial levantó la vista.
—¿Reconoce esta firma?
—Es falsa.
Mauricio dio un paso adelante.
—Seguro imprimieron un borrador antiguo.
—¿Con una firma incluida?
Nadie respondió.
El policía pidió otra carpeta.
Dentro había copias de mi identificación oficial.
Mi CURP.
Mi acta de matrimonio.
Recibos del predial.
Estados de cuenta.
Documentos que solo podían haber salido de mi despacho privado.
Sentí un escalofrío.
—Esos papeles estaban en la caja fuerte de mi casa.
El oficial miró directamente a Mauricio.
—¿Quién tenía acceso?
—Los dos.
Mi respuesta bastó.
Un perito comenzó a guardar todo como evidencia.
Graciela perdió la compostura.
—Eso no demuestra nada.
Solo queríamos facilitar el trámite.
—¿Facilitar qué?
Preguntó el oficial.
—¿Una transferencia de propiedad usando una firma presuntamente falsificada?
Nadie volvió a hablar.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era Sofía Andrade.
Mi socia desde hacía doce años.
Contesté en altavoz.
—Elena, acaban de intentar presentar un poder notarial con tu nombre para vender el departamento.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Qué dijiste?
—La notaría detectó irregularidades y me llamó antes de aceptarlo.
Dicen que el documento fue elaborado hace dos semanas.
Miré lentamente a Mauricio.
Después a Graciela.
Luego la vista cayó sobre la carpeta que la policía acababa de asegurar.
Ya no querían convencerme de regalar el departamento.
Llevaban semanas preparándose para quitármelo aunque yo nunca aceptara.
El oficial cerró la carpeta con calma.
—Señor Mauricio Cárdenas…
Su voz sonó completamente distinta.

—A partir de este momento, además de la denuncia por violencia familiar, existe una posible investigación por falsificación de documentos, fraude y tentativa de despojo.
El color desapareció del rostro de Mauricio.
Y por primera vez desde que comenzó aquella cena, comprendió que el plato que me lanzó no había destruido mi resistencia.
Había destrozado el plan que su familia llevaba años preparando en secreto.