PARTE 2: LA ESCRITURA QUE CAMBIÓ TODO

Fernanda soltó una carcajada.

—¿Quién manda?

Se cruzó de brazos y miró a Sergio.

—Díselo tú, tío.

Sergio suspiró con fastidio.

—Valeria, ya basta.

—Solo es ropa.

—No conviertas esto en una guerra.

Valeria no respondió.

Tomó la bolsa de ropa sucia.

La llevó hasta la puerta principal.

La dejó cuidadosamente sobre el tapete de entrada.

Después regresó al dormitorio.

Fernanda sonrió con aire victorioso.

—¿Ves? Sabía que al final ibas a hacerlo.

Pero Valeria no volvió con la ropa.

Regresó sosteniendo una carpeta azul.

Era gruesa.

Muy gruesa.

La colocó sobre la mesa del comedor.

—Ahora sí podemos hablar.

Sergio frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Los documentos del departamento.

Fernanda rodó los ojos.

—¿Y eso qué?

Valeria abrió la carpeta lentamente.

Sacó la escritura original.

Luego el certificado del Registro Público de la Propiedad.

Después los comprobantes del impuesto predial de los últimos ocho años.

Todo estaba a un solo nombre.

Valeria Gutiérrez.

Nadie más.

Sergio tragó saliva.

—Ya sé que la casa es tuya.

—Entonces explícame algo.

Valeria levantó otra hoja.

—¿Por qué hace tres semanas llevaste a un notario mientras yo estaba en Monterrey por trabajo?

El rostro de Sergio perdió color.

Fernanda dejó de sonreír.

—¿Qué notario? —preguntó ella.

Valeria colocó sobre la mesa una impresión de las cámaras del edificio.

En la imagen aparecían Sergio, Adriana y un hombre con portafolio entrando al departamento.

La fecha coincidía exactamente con el viaje de Valeria.

—El administrador me llamó creyendo que yo había autorizado una valuación.

Sergio comenzó a sudar.

—Solo era…

Una consulta.

—Qué casualidad.

Valeria sacó otra hoja.

—Porque el mismo notario presentó una solicitud para obtener una copia certificada de esta escritura.

Fernanda miró confundida a su tío.

—¿Qué pasa?

Nadie respondió.

Valeria abrió el último separador de la carpeta.

—Como soy contadora, tengo una costumbre.

—Siempre reviso cualquier movimiento relacionado con mi patrimonio.

Deslizó un documento hacia Sergio.

Era una solicitud de inscripción de copropiedad.

No llevaba su firma.

Pero sí un espacio preparado para ella.

Y abajo aparecía un nombre.

Fernanda Ruiz Hernández.

El silencio fue absoluto.

La joven abrió mucho los ojos.

—¿Mi nombre?

Miró a Sergio.

—¿Qué significa eso?

Sergio respiró con dificultad.

—No era…

No era como parece.

Valeria soltó una risa breve.

—Entonces explícamelo.

—Porque alguien intentó convertir a tu sobrina en copropietaria de mi departamento.

Fernanda dio un paso atrás.

—¿Qué?

—Yo no sabía nada.

Valeria la observó fijamente.

Por primera vez desde que llegó al departamento, la muchacha parecía realmente asustada.

En ese momento sonó el teléfono de Sergio.

En la pantalla apareció un nombre.

Adriana.

Valeria respondió antes de que él pudiera impedirlo.

Activó el altavoz.

La voz de su cuñada llenó el comedor.

—¿Ya firmó la tonta?

—Dile que si acepta poner a Fernanda en las escrituras, después será más fácil convencerla de vender el departamento.

Nadie respiró.

Adriana siguió hablando sin imaginar quién escuchaba.

—Cuando la propiedad esté a nombre de las dos, Fernanda podrá obligarla judicialmente a vender.

—Así por fin tendremos dinero para comprar la casa que vimos.

La llamada terminó en un silencio devastador.

Fernanda miraba a su tío como si acabara de descubrir que no conocía a su propia familia.

—¿Eso era lo que planeaban?

Sergio no respondió.

Valeria cerró lentamente la carpeta.

—Ahora entiendes por qué nunca discutí contigo.

Tomó la bolsa con la ropa sucia.

La dejó nuevamente junto a la puerta.

Después abrió la puerta principal.

—Tú puedes llevarte tu ropa.

Y tu tío puede llevarse sus maletas.

Porque ninguno de los dos volverá a vivir en mi casa.

Antes de que Sergio pudiera reaccionar, sonó el timbre.

Al abrir, encontró a dos policías acompañados por el administrador del edificio.

Uno de los agentes levantó una carpeta.

—¿Señor Sergio Morales?

—Venimos por una denuncia relacionada con un presunto intento de fraude patrimonial mediante documentación notarial.

Y el administrador añadió una frase que terminó de hundirlo.

—Además, las cámaras del edificio grabaron toda la reunión con el notario hace tres semanas.

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